2.7.06

La mística en la Iglesia. Nuevas perspectivas no racionalistas.

La mística como impulso religioso
El término mística, místico, deriva del griego mysteia o mystes, que originalmente aludía tanto a una iniciación en misterios como a una ascética interior de cierre al mundo exterior para llegar a Dios, el totalmente otro.
Inicialmente se tomó prestado el término mística en el gnosticismo paleocristiano, pero previo al cristianismo la actitud mística ya se daba en las religiones mistéricas paganas.
El término, como vemos de origen precristiano, hizo fortuna en la ortodoxia cristiana de la mano del llamado Pseudodionisio, y de publicaciones llamadas de teología mística, como la “nube del no saber” de autor anónimo inglés, obras bien vistas por los grandes pensadores teológicos de la Edad Media, hasta el punto de convertirse en alimento de Santa Teresa y San Juan de la Cruz, (como el abecedario espiritual de Francisco de Osuna que sería preceptor espiritual de Santa Teresa).
Hoy el término se usa en la Iglesia y por los estudiosos preferentemente para designar a personalidades como la de los santos carmelitas con una espiritualidad de recogimiento más que de acción, así como una cierta literatura y teología, y en general a aquellas personas de cualquier religión dadas a la vivencia espiritual interior.
Extensivamente se habla de misticismo en relación con otras religiones como la hebrea, la hindú, el sufismo, el budismo, etc.
Entender la práctica hacia lo místico en el mundo, requiere anticipar unas premisas de partida: El ser humano y Dios se encuentran en relación permanente, íntima, pero tácita, advertida con más o menos intensidad por el ser humano. El tiempo del mundo es un tiempo de probación por parte de Dios. Lo sobrenatural oscila en su importancia en las diversas sociedades humanas. En las antiguas es muy relevante, y es reconocida públicamente su existencia y su valor, en la sociedad moderna que se inicia en occidente desde hace unos siglos declina el reconocimiento público al tiempo que vive en las catacumbas de grupos y conciencias. Pero no toda acción sobrenatural proviene de Dios, existe la influencia infernal, que opera mediante parodias y contradicción de lo divino. El hombre está situado ante lo místico desde la incertidumbre o bien desde la seguridad, pero no puede transmitir automáticamente la seguridad. A menudo no se trata de auténtica incertidumbre sino de una inseguridad al modo del agnosticismo, voluntaria, para no tener que aceptar todas las consecuencias de la acción divina, como un cambio de vida, de esquemas de pensamiento y de rutinas basadas en el interés.
La mística es un área que correspondería a los contemplativos, los que basan su existencia en la contemplación de Dios, o bien en los signos exteriores de una vida contemplativa. Hay una tradición de considerar místicos por antonomasia a los místicos literatos, siendo recurrente la mención de Santa Teresa y San Juan de la cruz en el catolicismo.
Para que se den la contemplación y la mística no son requisito las visiones, epifanías, o mariofanías y las diversas manifestaciones extraordinarias, pero éstas son formas habituales en la práctica divina hacia los seres humanos y generalmente se da una o más personas con este tipo de dones en los habitats humanos, tanto del pasado como del presente, y cualquiera que sea la geografía. Los dones extraordinarios son una parte de la manifestación divina y la otra parte son las comunicaciones ordinarias, bien a través de la conciencia interior o bien a través de hechos externos que enseñan.
Dada la mezcla que existe entre las comunicaciones buenas, las ocurrencias humanas y las del submundo no celestial, resulta una inseguridad de discernimiento, que sólo puede darse en un clima de transparencia muy poco frecuente de la conciencia interior y del ambiente exterior.
En realidad, propiamente hablando, el misticismo no es sino la inquietud interior de todo ser humano que naturalmente quiere llegar a Dios, y ésta es su parte correcta y lógica. Cuando empieza el problema es cuando el hombre quiere llegar por su cuenta hasta Dios, pues simplemente así no puede llegar, por más que sea un asceta y utilice perfeccionados métodos de oración, o doctrinas y “caminos” de expertos espirituales.

Los criterios de discernimiento. El “método” de Jean Gerson
Melquíades Andrés dice que se produjo un degradación de la teología mística cuando se convirtió en asignatura universitaria (hacia 1600), pero desde mucho antes se produjo su banalización o reducción a criterios de conocimiento racional, lo que había venido teniendo lugar en la praxis espiritual desde los tiempos de Gerson (1400) y todavía antes desde Ockham.
La medida de la influencia de Gerson en su época, que forjó a su vez buena parte de la conciencia religiosa posterior de las iglesias, la puede indicar que sus obras fueron las más editadas con diferencia en el tiempo de invención de la imprenta, y llegaron a constituir la fuente principal del saber teológico nuevo para la época. Una de sus obras escrita hacia 1400 es De distinctione verarum visionum a falsis, donde plantea los criterios para establecer la verdad o falsedad de visiones y visionarios. Precisamente en esta obra se pone en juego la criteriología racional que se había hecho poco a poco dominante en la teología, en este orden: el saber sobre la certeza de las visiones provendría de las “pruebas”: la forma de vida del vidente, en concreto si se daba virtud y humildad en él, considerar los motivos psicológicos, y sobre todo cargaba las tintas en la duda debido a que no era fácil distinguir si se trataba de la acción de espíritus buenos o malos.
El criterio racionalístico era típicamente de escolástica teológica, con respecto a visiones y otras formas revelatorias místicas se debía investigar el “tu, quis, quid, quare, cui, qualitater, under, requiere” es decir: el quién, el qué, el por qué, el a quién, de qué clase y de dónde”. Es decir, de nuevo es la razón, por muy teológica que sea, la que debe juzgar. Se había olvidado que en materia de mística el conocimiento no lo da la razón simplemente, sino la propia capacitación espiritual del juez, y sobre todo, que el juez o jueces debían tener ellos mismos un carisma del Espíritu Santo que es el discernimiento de espíritus, que no se otorga automáticamente por el hecho de un nombramiento eclesiástico.
La praxis de la iglesia en los siglos anteriores no había sido esa, sino la que ejemplificó el obispo de Worcester, Egwin en el año 709, a quien le llegó la noticia de que unos pastores habían visto una dama de brillante esplendor, el obispo siguió este método de certificación: se preparó con ayuno y oración y después fue al lugar de las apariciones con tres testigos, donde finalmente la Virgen se le mostró llevando en sus manos un libro y una cruz de oro; de aquí surgió el gran santuario de Evesham, que concentró la piedad mariana de Inglaterra, y que a pesar de haber sido destruido en tiempos de la reforma anglicana, ha vuelto a rehacerse en el siglo XIX y sigue hoy en pie.
Aunque Gerson ha desaparecido de las preferencias teológicas actuales, no así ha ocurrido con sus criterios, que han llegado a nosotros como disposiciones conciliares y praxis de la iglesia. Debemos hacer ya una caución hacia Gerson, y es sobre su historial teológico y su praxis eclesial: Gerson se había forjado en la época de extrema reacción contra la era de las grandes madres espirituales de la iglesia de la edad media, como fueron la propia santa Brígida, Mechtild de Marburg, Santa Hildegard de Bingen, y el esplendor místico de los monasterios de monjas beguinas. Se vió en todo ese movimiento un peligro, y se comenzó a acuñar el temor a que el legado escriturístico, la revelación primigenia de Jesucristo pudiera ser eliminada a manos de las nuevas revelaciones místicas.
De hecho Gerson utilizó un argumento tomado de San Pablo en la carta segunda a Timoteo, con la que fomentaba la desconfianza hacia las mujeres visionarias o soñadoras: “Tanto más si estas mujeres, picadas de curiosidad son como las que describe el apóstol: mujerzuelas cargadas de pecados y agitadas por toda clase de pasiones, que siempre están aprendiendo y no son capaces de llegar al pleno conocimiento de la verdad” (2, tim 3,7) (De probatione spirituum). No era el único, antes y después, esta opinión de la facilidad de la mujer en creerlo todo y en imaginarse cualquier cosa, por tanto la esencial desconfianza como actitud prudente, ha sido dominante y ha llegado a nuestros días. Poco importaría la aparición de santas del calibre de Catalina de Siena, Catalina de Génova, Santa Teresa, Magdalena de Pazzis, y tantas otras. El prejuicio antifemenino será muy grave porque la mayoría de los portadores de carismas extraordinarios han sido y son mujeres.
Con los criterios de Gerson se condenó a Juana de Arco, dado que aparentemente la santa no llevaba buena vida: utilizaba ropa de hombre, saltó de manera suicida desde una torre, se había casi escapado de casa de sus padres, aunque bien es verdad que el propio Gerson tenía simpatía por Juana (no fue llamado para condenarla porque estaba en el bando político contrario a los condenantes); pero en el concilio de Constanza intentó por todos los medios la condena de las visiones de santa Brígida de Suecia. Los teólogos que condenaron a Santa Juana, con el material de discernimiento de Gerson siguieron siendo respetados docentes en las universidades y desaparecieron simplemente con el tiempo.
Gerson tenía actitudes como las siguientes: fue defensor de la superioridad del concilio sobre el Papa, fue perseguidor sangriento de herejes (mandó a la hoguera a Huss), tuvo una actitud de rigorismo ante las costumbres de su tiempo y en materia de espiritualidad aunque se posicionó contra los abusos del ascetismo y del misticismo, acabó defendiendo un misticismo teológico de una lógica formal y un fondo de hechos más bien psicológicos en la conciencia. En lo formal practicaría las clasificaciones típicas de la escolástica, la observación de los estados del alma, y el esfuerzo del alma por elevarse a Dios, con una teología afectiva que enseña cómo la voluntad humana renuncia a ella misma para identificarse por amor al querer de Dios, pero quedándose en una enseñanza de preceptos de orden moral y ascético; desde aquí alcanzarán los piadosos la contemplación, pero eso sí advirtiendo que la contemplación verdadera no se basa en éxtasis ni en visiones. Esta como decimos será la línea dominante en los siglos que vendrán dentro de la, llamémosle, piedad católica.
Influencia de la devotio moderna
La práctica de la iglesia puede ser de aceptación, de evitación o de condena expresa de la manifestación extraordinaria. Pero la práctica devocional más enseñada en los últimos siglos ha sido la que se originó con el nombre de devotio moderna, en el siglo XIV, que es la que han enseñado en los círculos más dedicados de la fidelidad cristiana. Un problema fundamental de la devotio moderna es que quiere ser una devoción para la vida cotidiana, a la que busca estructurar espiritualmente, y una formulación centrada en la letra de los evangelios, con aceptación de aquellos hechos y carismas relatados históricamente en los textos bíblicos, y con una puesta en cuarentena de todo carisma sobrevenido posteriormente. En su tiempo pudo tener una justificación como reacción a una religiosidad en la que el profetismo tenía un peso superior en la vida cristiana a la que tenían las jerarquías ordinarias, lo que había sido la forma común hasta la edad media. En los países católicos la devotio moderna ha sido la forma habitual de práctica religiosa hasta bien entrada nuestra época y aún sigue siendo dominante en muchos grupos, pero igual que ocurrió en el siglo XVI ha inspirado espiritualidades de signo incluso contrario, estando en la base tanto del luteranismo como de la piedad de grupos católicos de vida intensa. “La existencia de las iglesias reformadas sirvió no sólo de permanente estímulo para discutir con ellas política y teológicamente, también influyó, y no poco, en la piedad y teología de los católicos, aun cuando estos no cayeran en la cuenta inmediatamente” (Historia de la iglesia, t. III p. 259). Igual que ocurrió con movimientos de reforma, fácilmente ha degenerado en instituciones y regímenes de fe gobernadas por la letra y el rigorismo.
La devotio moderna, esta espiritualidad nacida cien años antes de la reforma, influiría tanto en San Ignacio como en el propio protestantismo. La devotio moderna, cuyo texto fundamental es la Imitación de Cristo, o Kempis (del nombre de su autor) sería la fuente de la que viviría la devoción católica durante siglos, hasta hoy, y todavía sigue marcando las pautas espirituales entre los fieles más dedicados.
Era sin duda una mística que fue preparada por los grandes teólogos místicos, como Eckhart, Suso, Tauler, y a la que habría de sumarse, como queda dicho, San Ignacio con sus Ejercicios, aunque entran también aquí los autores de Itinerarios espirituales como Osuna, y los caminos de subida espiritual. Esta mística, aun dentro de sus muchos valores, que pueden resumirse, en la vigilancia diaria, en el metodismo espiritual, en la ascesis, en el centramiento en la figura de Cristo, tiene también sus puntos débiles, como es la insistencia en la fase de la abnegación, con sus secuelas de culpabilismo y pesimismo por no alcanzar la perfección después de tanta ascesis (podemos ver ahí la crisis personal de Lutero, que será la de tantos cristianos de primera, después de él). Pero sobre todo es una mística que tiene como principio la religiosidad diseñada para la cotidianeidad, donde la iniciativa divina ha de ceder ante el programa espiritual humano, y donde la epifanía se considera ya francamente inadecuada, casi superflua, y propia para espíritus poco avanzados, que necesitarían consuelos divinos, de los que pueden prescindir los que están más adelantados.

El control místico en el sistema del cordón sanitario antiiluminista
Para Melquíades Andrés, místicos no son específicamente quienes tienen dones extraordinarios, sino que lo son los contemplativos en general y en especial los vocacionales de las órdenes religiosas, quienes han sido históricamente los que extendieron el influjo espiritual desde los conventos a las poblaciones. Dice que Marcel Bataillon, con su obra “Erasmo y España” habría sido responsable de haber creado una opinión común acerca de que los únicos místicos serían los iluminados españoles, dejando a un lado a los místicos comunes, que serían los religiosos conventuales, y a partir de esta tesis se consagrará y reforzará la opinión negativa hacia los místicos posteriores a las dos únicas figuras aceptadas universalmente como Santa Teresa y San Juan. Pero es porque aquellos daban poco que hablar y los otros resultan más intrigantes para un historiador, como todo lo que rodea a la inquisición. La inquisición sentará doctrina, a menudo haciendo causa común con los intereses políticos, por ejemplo, con el encarcelamiento de la madrileña Lucrecia de León, no tanto por considerar falsos sus sueños revelatorios, como por haberlos hecho públicos, suscitando la atención de personalidades relevantes y alterando la paz de los espíritus, así como por tener un fuerte contenido crítico contra Felipe II.
Incluso si no hay un impacto en el terreno político y ni siquiera una violación de la verdad teológica, también se dan azotes a visionarios, como escarmiento, y para evitar una proliferación de místicos populares que puedan agitar a los pueblos.
El conjunto de estas persecuciones, sin duda bienintencionadas desde el punto de vista de mantener el cordón sanitario en el interior de los países católicos, frente al iluminismo protestante, produjo un temor y un rechazo hacia los visionarios en los mismos pueblos donde surgían, y no tenían claras las diferencias entre ellos y los obradores de artes mágicas (poco más o menos a como ocurre en la actualidad) Con la condena de Miguel de Molinos, muerto en la cárcel inquisitorial de Roma, el imaginario eclesial tiene un chivo expiatorio para los excesos del misticismo, consistentes en la “dejadez” o pasividad espiritual; poco le había faltado a San Juan de la Cruz para correr su suerte, y no se puede decir que los expertos de la época estaban en condiciones de distinguir diferencias entre uno y otro; Molinos había existido unas décadas después, y para entonces según opinión de Melquíades Martín ya no estaban los tiempos para ninguna tolerancia sobre la mística o mejor dicho para ninguna insistencia en la contemplación, máxime cuando parecía ya cosa establecida que los místicos propendían –olvidando a los genuinos- a crear organizaciones y tener pretensiones seculares. La influencia de Molinos fue internacional, siendo recibido bien en los ambientes protestantes gracias a las numerosas ediciones de sus obras, y daría origen a una versión posterior más moderada, la de Fenelon y la señora De Guyon, igualmente calificados heterodoxos –y condenados- en el siglo XVII francés. Estas condenas estaban unidas a procesos político-eclesiásticos poco edificantes, y su vena persecutoria fue abandonada como praxis poco tiempo después, pero dejó una importante huella en la enseñanza católica de la piedad, de manera que lo místico quedó igualado a la contemplación interior, dejándose fuera los elementos sensitivos propios de muchas de las manifestaciones divinas, visiones, éxtasis, raptos, etc. como impropios de espíritus avanzados, o bien con una tolerancia dentro de una estrecha vigilancia si se daba dentro de las órdenes religiosas (naturalmente con excepciones muy notables a esto como las de fundadores de órdenes Don Bosco o el padre Claret, de una fuerza espiritual arrolladora). En lo que nos importa, hemos de observar que la corrección teológica de las condenas del misticismo quietista crearía la opinión duradera por mucho tiempo de los peligros de la mística, como espiritualidad por exceso. Los místicos, entre ellos los santos fundadores de órdenes, con recepción expresa de mandatos y apoyo celestiales para sus fundaciones, en general silenciarán sus mensajes y visiones, que serán aceptados no por sí mismos sino por sus frutos, en forma de órdenes religiosas serias y eficaces.
Los estudios sobre mística en el renacimiento han sido abundantes no sólo a causa de Juan y Teresa, los santos carmelitas, sino también por los procesos de la inquisición, gracias a los cuales conocemos personas e interioridades de los grupos de iluminados, que sorprendentemente tenían planteamientos muy similares al misticismo actual de ciertas líneas católicas, por ejemplo, el antiformalismo (contra la supuesta rigidez de los ritos y los gestos de culto), el antiteologismo, contra el exceso intelectualista en la explicación divina, la reducción comunitaria (el cristianismo como espacio de conventículos y no como espacio integrador de todas las personas, que es lo que ha sido siempre la parroquia), la superioridad del Cristo místico comunitario frente al eucarístico, y sobre todo la religión como emanación interna pasiva en la que Dios es el que tiene toda la iniciativa, sin que sea necesario ningún tipo de ascesis y sin que sea necesario en absoluto el recogimiento interior.
Precisamente el recogimiento, en cuya defensa sobresalen los franciscanos reformados, será la vía mística válida, en él el hombre tiene que preparar el terreno mediante ascesis y recogimiento de sentidos internos y externos, para que en este terreno acondicionado Dios pueda obrar sus maravillas.
Por tanto la cuestión no es la de un sí o un no a la mística, sino cuál es el adecuado camino, y vemos que hay muchas respuestas que son místicas todas ellas, pero no basta que sean eso, sino que sean místicas en el Señor. Un misticismo contraproducente será aquel que cree poder elevarse a Dios por las fuerzas humanas, o bien el de la dejadez, el de que no es preciso sino dejarse interiormente, con poca o ninguna colaboración del espíritu humano. Es en definitiva el viejo problema que ya se vivió con la reforma protestante, que es ahora reactualizado, o mejor que es siempre vuelto a proponer, el de los excesos rigoristas y los abandonistas. En general toda espiritualidad centrada en el ataque a los fallos espirituales de personas, métodos, pasado y estructura eclesial, y que defiende una reforma de la iglesia de orden evangélico, volviendo a las supuestas fuentes de las primeras comunidades cristianas (como si hubieran sido puras y perfectas) ha constituido en la práctica una equívoca promesa de autenticidad y renovación. El ejemplo eximio de esta actitud fue la de Erasmo, mucho más característica para nuestros tiempos que la de Lutero, pues en Erasmo la diplomacia y el ingenio dispersador constituyen maneras eficazmente evasivas de la contradicción con el poder eclesiástico. Así pues, la tentación básica en las élites intelectualizadas de la iglesia será siempre la del reformismo que fracasará necesariamente generando movimientos pseudohumanistas.
Todo es mucho más sencillo, incluso en el campo católico ha existido mucha mística de ascesis y recogimiento, pero combinada con una prevención (residuo de la combustión imperfecta de la inquisición renacentista) en absoluto conforme a la elemental apertura de San Pedro y San Pablo hacia las epifanías divinas, que además ha sido acompañado de un purismo de ortodoxia persecutoria, como vía de salvaguarda contra la corrupción, dando una negativa a la intervención divina cuando es expresa, y prefiriendo un inspiracionismo sin ninguna garantía, que no puede superar la permanencia en el “gemido por las propias insuficiencias”; todo esto en la práctica ha conducido a la generación de grupos de elegidos, que paradójicamente malviven espiritualmente y se encuentran en un auténtico purgatorio. Solo la expresa intervención divina, en estos tiempos, preferencialmente por medio de María, puede sacar al católico de su pesimismo plúmbeo, típico resultado del continuo y dedicado acoso demoníaco, de manera que sea elevado a Dios, que es alcanzable sólo en los brazos de María, como expresaba tan sencilla como brillantemente santa Teresa de Lisieux. Pero ello es posible si el católico quiere salir de la prevención hacia las epifanías, y primero de todo, claro está, si hay quien se decida a enseñarle esta en extremo necesaria y fundamental ascesis, la primera de todas.
Porque en el fondo está el miedo a la presencia de Dios, es la reedición continua del miedo al Dios del paraíso, de cuya presencia, de cuya epifanía queremos estar apartados. Y la principal ascesis ha de ser ésta, perderle el miedo a Dios, y sólo es posible perderlo por medio de su transparencia en María, cuya maternidad nos resultan del todo familiares. En María, Dios se hace Madre, pero sólo en Ella, y así puede llegar mejor a nuestros corazones.
San Juan de la Cruz y Santa Teresa, visiones complementarias
Buena parte de la precaución hacia visiones y revelaciones, como elementos místicos, utiliza como argumento las palabras de San Juan de la Cruz que proponía una praxis de indiferencia: “No perder el tiempo en indagar si vienen o no de Dios, ni darles una importancia inútil”, sin embargo Santa Teresa pondrá el acento en que se trata no de precaución sino de remilgos espirituales por completo infundados El padre Arintero advertiría la existencia de la actitud anticontemplativa en su libro Cuestiones místicas con anotaciones muy precisas de la misma, aunque sin salir del marco teológico-devocional ni aludir expresamente a experiencias de místicos. Dice que se oscureció la doctrina tradicional a partir del siglo XVI y que se fijó en la forma que hoy la conocemos en el siglo XVIII, de manera que ha llegado hasta nosotros en la doctrina de los grupos más cultivados espiritualmente de la iglesia católica. Cita a san Juan de la Cruz, al mismo que es utilizado como fuente de la doctrina proascética en la espiritualidad y en el antivisionarismo, quien decía que son innumerables los que por culpable ignorancia apartan a las almas de la contemplación a la que Dios les está invitando y porque no sabiendo sino martillar como herreros con el ejercicio de las potencias todo lo demás lo tienen por ociosidad y engaño. Con respecto a los ejercicios de San Ignacio claramente destinados a principiantes, todavía no versados en los caminos del espíritu, un ideario antimístico o cuando menos preventivo contra la mística, cuando el propio san Ignacio era un gran místico y llevaba a sus discípulos por el camino de la mística verdadera. Autoridades espirituales del calibre de San Alfonso María de Ligorio o el padre Rodríguez en su ejercicio de perfección, a más del propio San Juan de la cruz, san Bernardo o Blosio han sido y son propuestos, mediante una selección parcial de afirmaciones en sus obras, como fuentes de una actitud antimística es decir, contraria a los caminos extraordinarios y claves para una ortodoxia y seguridad espiritual.

Responsables eclesiásticos y su relación con la mística
Los encargados de lo divino, según el modo ordinario, son los responsables sacerdotales o eclesiásticos en sus distintos niveles. El conflicto con las personas con carismas extraordinarios ha sido permanente a lo largo de la historia de la iglesia, aunque en algunas ocasiones se han dado colaboraciones fecundas, como en la era de santa Brígida o santa Catalina de Siena, pero no es esto lo común, sino una relación mutuamente crítica entre responsables-carismáticos. La relación de los sacerdotes con las personas de dones extraordinarios tiene distintas calidades, desde la implicación en su guía, lo que es muy poco habitual, hasta la evitación, pasando en los tiempos de poder social fuerte de la iglesia por la condena mediante uso de fuerza civil frente a carismas exteriorizados, que son objeto rápido de manipulación y politización. Santa Teresa a su vez en el capítulo 8 de su libro de las Fundaciones expondrá: “hace espanto a algunas personas sólo el oír nombrar visiones o revelaciones, no entiendo la causa por qué tienen por camino tan peligroso el llevar Dios un alma por aquí, ni de donde ha procedido este pasmo... porque a pocos confesores irá que no la dejen atemorizada más que si les fuese con grandísimos pecados. Si hay humildad ningún daño podrá hacer aunque sea demonio, y si no la hay aunque sea de Dios, no hará provecho”. Aunque para muchos tenía este temor su parte de justificación, a la vista de la experiencia de los alumbrados y posteriormente de los molinistas, en cuyos círculos la contemplación interior era elevada a la máxima categoría, en detrimento de la piedad objetiva litúrgica, de la eclesialidad como comunión de los santos, y también de la desestima de las devociones seguras con requerimiento de signos externos, como el rosario y otras de repetición oracional litánica. Pero los sacerdotes tienen ellos mismos carismas extraordinarios, y es eso lo que constituye su tarea específica, si bien es ritualmente normalizada, bien en cuanto operadores de milagros ocultos, como en la consagración del Cuerpo del Señor, y en la práctica sacramental, o bien de una manera más dialéctica, como en la lucha contra las manifestaciones de espíritus maléficos en la vida cotidiana de personas, hogares y poblaciones. En la actualidad, estas formas extraordinarias no forman parte de los bienes positivamente reconocidos por muchos sacerdotes, debido a que constituyen una fuente de problemas en sus diferentes entornos, y si aparecen en los laicos tienen un seguro problema de credibilidad debido a la falta de “profesionalidad” religiosa de éstos. Estos bienes son seguro signo de contradicción. Las manifestaciones siguen volens-nolens en relación con los responsables de la fe, y muchas de ellas se inician como acción maligna, que deriva en una petición de socorro a la iglesia por personas inicialmente sin gran sentido religioso, o bien se inician como una acción celestial, que puede derivar igualmente en contrario si no hay fidelidad y crecimiento espiritual. Las manifestaciones se pueden dar en zonas católicas o no católicas, y lo celestial e infernal puede aparecer alternativamente cualquiera que sea la zona, ahora bien, lo infernal es más fácil que aparezca cuando lo celestial ha sido arrinconado e ignorado de diversas formas, y en épocas históricas precristianas o en lugares no evangelizados o excristianos la presión maligna es notable (normalmente los dioses paganos, es decir, demonios, han sido en extremo crueles en todas las culturas), y puede condicionar las formas completas de vida personal y social, aunque siempre subsiste como escondida la acción divina, salvadora y misericordiosa.
Las beatas, su rechazo
El jesuita Scaramelli en el s.XVIII ejemplifica las sorprendentes paradojas de los tratadistas de mística: al inicio de su directorio místico hace una defensa de la necesidad de tratar rigurosamente de la mística, considerando que como le decía su experiencia de misionero popular casi en cada población por pequeña que fuera había una persona con visiones y revelaciones, pero enseguida da un quiebro y entra a crear una enciclopedia de fenómenos supranaturales, entremezclada con el saber psicológico escolástico, y fuera por completo de la capacidad de comprensión de los no culturalmente superdotados. Esas personas que siempre encontraba eran las beatas, mujeres que llevaban una vida entre seglar y conventual, frecuentemente integradas en las llamadas órdenes terceras, sobre todo de San Francisco, y en bastantes de las cuales se daban fenómenos místicos extraordinarios, como arrobamientos o ataques infernales, así como don de profecía, visión de conciencias, y conocimiento del estado de las almas de difuntos. La inmensa mayoría de las beatas seguían el modelo de santidad que desde el siglo XII se había extendido: renuncia al mundo material, mortificación de sentidos, vida de recogimiento y recato, en la parte activa, atención a pobres y enfermos, y naturalmente una unión con Cristo sufriente y desede luego la aceptación de los dones carismáticos que el Cielo tuviera a bien otorgarles (fue el modelo de Santa Rosa de Lima y más tarde de Santa Gema Galgani) La imagen que se hará pública de ellas será sin embargo negativa, de un lado la inquisición intervendrá ante algunos casos de beatas vinculadas al movimiento de los alumbrados, y legará para la historia los únicos casos documentados, la mayoría de las causas serán beatas sujetas a sospecha y condena, sin duda por causa justa, pero los casos desviados, como ocurre con la prensa hoy día, forjan, si son lo único que se publica, la imagen pública y el juicio social. Los libros que se publican tienden también a la negatividad, incluso el mayor experto y defensor de la vida beateril, hará una descripción con un juicio durísimo (sin duda fruto de experiencias muy negativas), Perez de Valdivia en su Aviso de gente recogida dice de ellas: son cerriles, no tienen otra santidad que confesar, comulgar, parlar, salir de casa andar inquietas, juzgar, murmurar, con afanes de milagrería buscando interés y que lo sepan todos, tener cabida y entrada con grandes personas y quieren negociar y poder y valer mucho y dar consejo, predicar, y no quieren hacer su oficio ni cumplir la obligación que tienen”. A la vez son mujeres temidas, porque no se deja de ver que las acompañan dones espirituales, y que Dios podría castigar a quien intentara hacerles algún mal, así como se teme caer bajo su influencia que conduciría a una pésima imagen social. La imagen de la gente popular es también muy negativa, el diccionario de autoridades de 1726 describe el término beata según el prejuicio popular, que en este caso insiste en la faceta de santidad afectada, de fingido recogimiento y virtud, y como tapadera para ejercicios “indecentes y perversos”. Las propias beatas, o en términos más actuales, las personas de manifestaciones místicas exteriores, pueden dividirse por tanto en dos campos: las que siguen rectamente el camino y las que lo utilizan para fines propios; éstas en cualquier caso, han desprestigiado el conjunto de la manifestación divina en este ámbito y extendida la sospecha preventiva contra las primeras. Pero también ha de decirse que el juicio social negativo instalado duradera y tenazmente es también el fruto de la autodefensa contra la manifestación divina, es decir, es ni más ni menos que el rechazo que el profetismo tiene en la vida social sea cual sea la época, los tiempos prebíblicos, la época terrena de Jesús, y la era cristiana y excristiana.
La mística del modernismo

El modernismo fue un vasto y difuso movimiento de autores eclesiásticos que pretendió dar un rostro actualizado a la iglesia para ponerla al día sin contrastes con la ciencia y la razón de las que se había hecho un mito durante el siglo XIX. Con tan buenas intenciones, de las que sin embargo está el infierno lleno, pusieron en tela de juicio los quicios mismos de la Iglesia: la fe, las sagradas escrituras, la autoridad magisterial, y en fin, la supremacía de la revelación sobre todo orden de conocimiento. Dieron por buena la ley de las dos verdades, la espiritual y la humana, y se pusieron a practicar una metódica revisión de todas las verdades.
El Papa san Pio X desveló sus criterios y métodos, condenándolos en la encíclica Pascendi, hace ahora 100 años. En lo que nos interesa destacaremos el punto relativo a la espiritualidad implícita en el modernismo, que en lo esencial, a pesar de las condenas ha llegado hasta nosotros. Pone el acento en el momento del impulso religioso, el inmanentismo que decía el Papa, de manera que la fe no sería sino una racionalización a posteriori de ese primer impulso nacido del corazón o subconsciente humano. Doctrinas deudoras del protestantismo liberal y de Kant, que sumadas al complejo de inferioridad eclesial ante el arrogante y fanfarrón ateismo llamado científico del siglo XIX y XX, se colaron en la iglesia por obra de miembros que estaban en diálogo con el llamado mundo moderno y no soportaban más ser vistos como pobres infelices entre los grandes del pensamiento y la ciencia.
Solo el impulso interior, y la experiencia interna, sentimental, serían los componentes de la espiritualidad; hoy se sigue viendo la influencia del modernismo en que se habla mucho de la experiencia interior en los foros y publicaciones de un supuesto progresismo católico. Todos serían místicos porque a ninguno faltan esas experiencias interiores, que se recuerdan mucho en la vida de cada cual cuando ha descubierto los goces de la oración; pero se deja a un lado la colaboración del hombre, la necesidad de colaborar "desescombrando" el interior.
El Dios del modernismo al final no es un Dios personal, ni menos un alguien que se revela, dado que la revelación debe ser mirada desde la óptica científica y la ley de las dos verdades, donde la verdad espiritual no es más que agnosticismo en la práctica. Y no siendo Jesús realmente Cristo queda fuera toda posibilidad de una relación sin dudas con El, si bien, en muchos escritores se aprecia la contradicción de no ser tan radicales en su espiritualidad como lo exigirían sus ideas, y mantienen cierta capacidad de dirigirse al Señor. Un ejemplo de este modernismo hoy ya arcaico, pero que se mantiene en ciertas islas de la iglesia humana, es el libro de uno de los más populares teólogos del País Vasco, "Jesús, aproximación histórica", de J.A. Pagola.
El modernismo aunque condenado se reinventaría a sí mismo durante el siglo XX, haciéndose mucho más ambiguo, y encerrando numerosas verdades a medias, una de ellas estimable a pesar de todo, la necesidad de hablarle al mundo de hoy de forma inteligible para él, de manera que nunca pudiera decirse que sólo por una cuestión de lenguaje el mensaje de la iglesia no hubiera podido ser aceptado. Una revolución formidable se produjo en la iglesia sólo por esta cuestión en el fondo muy secundaria, aunque necesaria. Y la iglesia se puso a hablar de todos los temas humanos, con acentos comprensivos, de los temas humanos con un horizonte finito, para que no pudieran decir los hombres que la iglesia no hablaba de sus cosas.
Y en todo este proceso y neomodernismo, el mundo interior quedó reservado de algún modo para el magisterio directo de Dios, en medio de todo el alboroto eclesiástico, con masas de consagrados y colaboradores dedicados a revoluciones políticas, llenando Dios los espacios con místicos modernos, la inmensa mayoría de ellos desconocidos, que cuentan con muchos seguidores, siquiera sea en sus escritos, y que sirven de instrumentos humanos para la guía directa del Señor mientras se mantiene esa acción en secreto con relación a los foros públicos, en un misterio de silenciamiento muy conveniente, a pesar de toda culpa humana de marginación, arrinconamiento y persecución, creando un clima de verdadero Reino de Dios, realmente transformador (por usar estos términos que tanto gustan al actual neomodernismo).


Mística imposible sin infancia espiritual
Muchos movimientos místicos han difundido un grandioso horizonte de unión con la divinidad, y de esponsalicio con el Dios omnipotente y supraíntimo, como hizo patente la llamada mística renana, con las figuras de Eckhart, Suso, Tauler y antes que ellos Ruysbroek, (que hoy está siendo revisitada) pero dejaron sorprendentemente en la oscuridad algunas realidades fundamentales de la unión con Dios como es la infancia espiritual, según se revela en este sencillo texto, cercano a nuestro tiempo: “Aquí hay un pequeño lugar, pequeñas cosas, casi inadvertidas por la mayoría, sin embargo, aquí, y no en otro lugar, hoy está mi presencia. Aun hoy quiero revelarme a mis hijos en lugares semejantes a aquellos en que viví con mi Hijo Jesús, Belén, Nazaret, Oh, aún hoy escojo la pobreza, la sencillez, la pequeñez, la normalidad para manifestarme¡ Sé que esto puede ser una dificultad para muchos, sin embargo es necesario para quien me quiere encontrar. Es necesario ser pequeños, sentirse sólo aquello que todos son delante de Mí: sólo niños
Precisamente la manifestación extraordinaria divina ha tenido lugar para combatir ese rigorismo, y ha sido el caso del Sagrado Corazón y modernamente de la devoción de la misericordia de santa Faustina Kowalska, y en general de las mariofanías auténticas.
Parece que el signo extraordinario moderno más insistente es el de las mariofanías, y el balance de su recepción positiva en la institución eclesial ha sido muy pobre, con excepciones notables de todos conocidas (Fátima, Lourdes y otros). La inmensa mayoría de santuarios y mariofanías aceptadas lo fueron en siglos muy anteriores a los nuestros.
La intervención de María en la actualidad parece ser un signo in extremis dado por Dios, significa la necesidad de María para poder llegar a Cristo adecuadamente, sin falacias, ni desviaciones rigoristas, y desde Cristo al Padre. Sin embargo, las cauciones humanas hacia las mariofanías son también enormes, así como las decepciones, que serían una de sus causas. Pero el balance final, con buenas o falsas razones, es el no reconocimiento del nuevo papel de María, como Madre de todos, no dogmáticamente, sino en su aceptación de facto.
Movimientos místicos tras el Vaticano II
La llamada renovación carismática o pentecostalismo católico y las comunidades neocatecumenales, ambos en el fondo movimientos místicos, están muy ensamblados con el espíritu conciliar desatado tras el Vaticano II. La Nueva enciclopedia católica señala que la renovación carismática ha sido recibida por la jerarquía católica de modo más favorable que por los líderes de cualquier otra iglesia. El Vaticano II providencialmente habría afirmado los principios esenciales de la Renovación Carismática incluso antes de que el propio movimiento se iniciara (Lumen gentium 4,7,12,15,34) Y las comunidades neocatecumenales surgen contemporáneas al propio concilio, con un misticismo no vinculado programáticamente a las manifestaciones extraordinarias del Espíritu, pero sí a una combinación entre mística comunitaria escriturística y ascética, y rasgos místicos de la ortodoxia oriental. La aceptación e imbricación de ambos movimientos en la vida de la iglesia contemporánea, canalizando muchas de las nuevas conversiones a una vida más dedicada a la fe, de alguna manera supone una novedad respecto de la praxis de la iglesia tradicional en la que lo místico había quedado confinado a las grandes figuras, los indiscutibles doctores de la iglesia, y como vocación particular dejado en el abstencionismo o en la puesta en cuarentena. Esta novedad habría sido sancionada por el máximo teólogo moderno Karl Rahner en su conocida sentencia: “el cristiano del futuro o será místico o no será cristiano”, una frase que sin embargo, soslaya ante el que la escucha la ambigüedad del término místico, que más arriba hemos probado. Lo que sí parece cierto es que la vocación particular carismática posconciliar sólo puede ser aceptable dentro de un movimiento regulado, que –como ocurriera con las grandes fundaciones de órdenes religiosas- a su vez haya sido aceptado por la gran estructura eclesial gracias a su volumen numérico y su expresa declaración de fidelidad jerárquica. Sin este envoltorio, la vocación particular sigue estando sujeta a las grandes reglas históricas del abstencionismo pastoral. El misticismo de estos movimientos es diferente del histórico, caracterizado por una comunicación directa entre Dios y el profeta, a menudo aislado social y eclesialmente, ahora es la organización, con su vía espiritual reglada y uniformada la mediadora entre Dios y la persona, si bien probablemente sea mejor eso que nada, sobre todo porque incluye elementos muy positivos como un real amor al Señor y al evangelio, pero que no va a poder sacar a los seguidores de la inevitable desolación y sentimiento de fracaso vital, resultado de no seguir la vía que Dios plantea para cada uno, una vez se han dejado atrás los numerosos escollos del amor propio.
Mística en las barriadas. Religiosidad popular.
La humanidad se va concentrando en grandes extensiones urbanas, con barrios inmensos. La presencia de la Iglesia es muy reducida. Tras el Vaticano II, muchos representantes humanos de la iglesia habían asumido la crítica del mundo sobre su alienación para los intereses de este mundo, y se lanzaron a difundir un evangelismo del compromiso y de la liberación social, que confinó manifestaciones religiosas como devociones, procesiones, cultos, en la marginalidad, sin embargo esa religiosidad siguió siendo asumida por las clases populares como lo había sido siempre. El liberacionismo degeneró en un cansancio inmenso como no podía ser menos en todo movimiento pelagiano, basado en la acción y la voluntad, y no pasó la barrera generacional.
Las clases humildes de las inmensas barriadas siguió manteniendo los cultos a la Virgen, Jesús y los santos, pero faltando la guía de los sacerdotes, florecieron manifestaciones místicas heterodoxas, y lo siguen haciendo. El vacio místico fue ocupado por el pentecostalismo, que es más una red tipo new age, que se multiplica por autocefalia, y probablemente se confunden buenas manifestaciones con experiencias místicas que habían sido típicas en el protestantismo.
Hay una progresión exponencial de las apariciones marianas, y junto a ellas o bien fuera de ellas, hay mucho movimiento de carismas de profecía, interpretación, visión, curación, con una multiplicación de personas con carismas imposible de calcular, que hacen su labor en redes locales de relación, mediante el boca-oído, y que evitan toda publicidad fuera de ese marco, como aceptando el estatus-quo de una ilegitimidad de visibilidad, que queda para los poderes públicos, los personajes mediáticos y las instituciones públicas reconocidas, como la medicina y la enseñanza. Sólo Dios sabe realmente lo que está ocurriendo, y muy probablemente está pastoreando El mismo su grey, trabajando directamente a falta de operarios.
El movimiento carismático presenta en cuanto a otras manifestaciones con carismas exactamente la prevención clásica eclesiástica con tradición de siglos, que ellos no padecen extrañamente, es decir, no se aceptan visiones ni mensajes procedentes de mariofanías o teofanías, a las cuales se les aplica la sistemática objeción de no haber sido aprobadas por la iglesia en sus instancias vaticanas y recomendándose su evitación sistemática, tanto de mensajes como de videntes, exactamente igual que se ha venido haciendo en la historia anterior de predominio ascético

Cauciones en el discernimiento
Como ya se ha dicho fueron acuñados como lex práctica a partir sobre todo de Gerson en el s. XIV y luego se extendieron una vez asumidos por el concilio de Trento y se siguen mencionando hoy. Se basan sobre todo en la índole moral del carismático y en la coherencia entre revelaciones particulares y Gran revelación. Son criterios sin embargo, cuya correcta aplicación requeriría no sólo de su lectura, sino de una experiencia, porque ellos solos no garantizan el acierto, y sobre todo de buena voluntad en quienes deben examinar. La falta de este segundo criterio se hace patente en dos casos que mencionamos, el primero tomado del mismísimo evangelio, en el pasaje en el que los fariseos, escribas y sacerdotes preguntan a Jesús con qué autoridad enseñaba en el templo, poco antes ya de su prendimiento, ante lo que el Señor les preguntó a su vez sobre qué autoridad creían ellos que se basaba el bautismo de Juan, razonaron entre sí los opositores y dijeron no saber, por un lado por miedo a la opinión pública que tenía a Juan por profeta, y por otro lado para evitar que sus propias palabras les condenaran ya que no habían creído en Juan, en suma se producía la abstención, el “no sabemos” como “método” político ante la verdadera mística. Otro caso es el de la condena de Juana de Arco, un juicio con condena preestablecida, que utilizó los mismísimos criterios de la ortodoxia teológica, a priori sumamente razonables, pero tergiversando las pruebas de la índole moral de la santa para poder condenarla, por las conveniencias políticas y militares de los que la habían capturado. Una condena aparentemente legal que en realidad había violado casi todas las reglas del buen juicio eclesiástico, ni más ni menos a como le ocurriera a Jesús ante el tribunal judío del sanedrín.
Contraste con la fe y la práctica sana de la Iglesia
De las relaciones místicas con Dios, la Virgen, Jesús, los santos, los ángeles, surgen conocimientos que van más allá de la Fe históricamente definida pero también de un cierto pseudosentido común, hecho de modos humanos de entender, que no pertenece a esa fe, pero que a veces se confunde con ella; la censura de lo no común se produce tanto en la iglesia como fuera de ella, y en la iglesia ilusiones de falsa certeza son de curso habitual. Se prefiere una supuesta seguridad de la fe definida eclesialmente, de la que se toma pie a veces para ir contra lo querido por Dios, sólo porque la acción divina no ha sido oída anteriormente, en palabras o en hechos, y entonces se atreve a juzgar que Dios no puede manifestarse de esta o de aquella forma, tomándolo por aberración del beneficiado místico. Por ejemplo, la creencia de que un ángel o la Virgen María no podrían dar la comunión porque eso sería propio sólo de un sacerdote, o de que si hay torsiones inverosímiles en partes del cuerpo en estado místico, eso es indicio maléfico.Mientras lo que suceda en la experiencia mística no vaya contra la fe y la práctica de la iglesia sana y bien establecida, nada en ella puede ser objetado.Pero tanto hay creencias falsas fuera como dentro de los grupos de experiencia mística. En el caso de los grupos "internos" a menudo se desarrollan interpretaciones falsas, simplemente humanas, de textos del evangelio (como ocurre igualmente fuera de ellos) y claro está de las palabras del Cielo que oyen inmediatamente (ni más ni menos a lo que le ocurría a Jesús); cuando los grupos de relación mística entran en creencias de elegidos, más perfectos, salvados, etc. -y eso es facilísimo- por encima del común de los creyentes o de las gentes, entonces es prácticamente segura la génesis de creencias absurdas, torpemente fanáticas e incluso de promiscuidad sexual, como les ocurrió a los alumbrados de Llerena (Badajoz) en el s. XVI.La ascensión es querida por Dios, más aún, es necesaria, porque si no hay profecía, el pueblo degenera, pero los que quieren subir deben cuidarse mucho de la jactancia y pedir humildad todos los días, si no quieren caer y hacer cosas que a nadie en su sano juicio natural se le ocurriría. Y por otro lado, si no hay ascensión, sino quedarse en los inicios, entonces incluso si se mantiene la pertenencia a grupos de fe, si cae en el rigorismo, y en la práctica de deberes sin corazón. No hay posibilidad de ascender y no caer, y tampoco de mantenerse en la "zona segura" de los inicios sin caer en el fariseísmo, si no hay dirección expresa de María Santísima. Si es posible iniciarse en la comunión divina sin María, nunca se puede mantener el camino del ascenso sin Ella, o con una mera devoción o amor difuso, enredado en confusiones de si Jesús más arriba, más abajo, si María más arriba o más abajo que su Hijo. Ya el sentimiento de querer caminar con Jesús porque María sería "menor", cierra por completo las vías del camino superior, y lleva a un fin de la vida en extremo penoso, angustiado y de incierta salvación.

En suma, la mística sigue siendo tan actual hoy como ayer, pero la experiencia histórica hace que los místicos propendan a una existencia de catacumba, llevando los dones y exigencia divina con suma discreción, y a menudo sin el apoyo de guías humanos, a los que falta experiencia espiritual y temporal, pero seguramente eso es designio providencial, según lo exponía el padre Arintero, es como si el Señor se reservara para sí justamente en este ámbito un magisterio directo. Pero en último término, nada, ni siquiera la historia de los místicos desviados, ni el inmenso vacío tendido en torno a los místicos de ayer y hoy, podrá invalidar lo que anunciara Pedro cabeza de la iglesia: “En los últimos días (repetía san Pedro el texto del profeta Joel aplicándolo de manera próxima al momento en que él mismo estaba hablando en el gran discurso pentecostal, y de manera profética a toda la era cristiana) derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños. Y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días y profetizarán. Y haré prodigios arriba en el cielo y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y nubes de humo. El sol se tornará tinieblas, y la luna sangre, antes que llegue el día del Señor, grande y manifiesto. Y todo el que invocare el nombre del Señor se salvará” .

2 comentarios:

DaVe dijo...

Bueno, quizás parezca absurdo lo que voy a decir. Le enseñé a mi padre a hacerse un blog...y bueno...Es como usted... no solo "creyente de puertas hacia dentro", también fiel a su fe y a su Amor a Dios nuestro Señor...Y por ésto, sus entradas de Blog (Está comenzado y aún no llega ni a una mínima parte de lo que escribes) van dedicadas a Él. Te escribo ésto (sin que el lo sepa) porque no creo que reciba demasiados comentarios a aquello que dice...puesto que por acá donde vivimos, la gente es muy...mmm en fin, no sabría decir. Mi preocupación es que al pensar que nadie lee lo que hace...deje de escribir...y me da mucha pena por él (Que andaba ilusionado hace unos dias cuando lo comenzó) , y también por nuestro Señor...que tiene en sus palabras a otro hijo fiel que por desgracia a veces parecemos escasear y bueno...

Quizás parezca muy tonto ésto, pero...por favor (y sin que le diga nada de mí...) MM me haría mucho bien y mucha ilusión igual que a él...que si es posible le pusieras algún comentario o leyeses lo que escribe. Puede que estas palabras se las lleve el viento y que no sirvan de mucho Je je...pero lo quería intentar. Su dirección es " http://www.jgutig.blogspot.com/ "
Gracias por su tiempo.. y perdóname si se lo hice perder...Un abrazo. Que Dios te bendiga va?!! :)

Daniel Maria dijo...

etapas de la mistica

Segun los misticos de las diferentes religiones, el encuentro con dios que llevamos dentro,requiere de tres etapas fundamentales, cada una con diferentes partes normalmente de 3 a 5.
Tambien es normal en esta busqueda de dios en el interior de uno mismo, saltar de una etapa a otra sin pasar por la anterior y esto es debido normalmente a un purgatorio en vida.Asi tenemos la primera etapa que es la meditativa, donde alimentamos nuestro conocimiento de busqueda de dios en nuestro interior, tratando de despertar el ojo espiritual, el corazon espiritual, a esto los misticos busdistas y hinduistas le llaman chacras y los catolico y cristianos organos espirituales.La primera etapa tiene la funcion de despertar estos organos, para poder ver y sentir a nuestro dios interior, por ello en esta fase se hacen ejercicios espirituales y se alimenta el despertar estos organos espirituales.Una vez acabada esta etapa pasamos a la etapa contemplativa, que unos llegan por haber superado la meditativa y otros por purgacion en vida( enfermedad grave, epilepsia, migrañas con aura,etc.....).En la fase contemplativa ya no se trata de meditar, sino de ver y sentir con los organos espirituales, de dejarnos llevar por ellos para que nos lleven a la siguiente etapa, en la primera parte de la etapa contemplativa unos mas y otros menos se sufre la parte del purgatorio, por lo que a esta primera parte la podiamos llamar la fase uno del purgatorio de la etapa contemplativa, la segunda fase la podiamos llamar la fase de unificacion de todos los organos inferiores y la cuarta y 5 fase la union de los superiores y la ascension.
Una vez terminada la ascension se disuelven poco a poco todos los organos espirituales en uno solo, es la etapa unitiva, donde la compasion y el amor se apodera de nosotros y nuestro egoismo desaparece del todo y nos unimos en vida a dios, esto es la santidad