26.3.07

Un ejemplo de sí pero no a María

El siguiente texto del superior general de los hermanos maristas, es correcto y bonito en su mayor parte, hasta que llega al final e introduce la propuesta de "humanizar" a María, de arreglar la lejanía con la que la percibimos con un quitarle atributos, usa el término "hermana María" que es el propio de los protestantes, haciéndola una más. No, señores, no podrán eliminar que Ella es la Madre de Dios. Ella no es dios, pero es que es la mismísima Madre de Dios.
Dice que no sabría leer, esto no se corresponde con lo que sabemos por los santos místicos, que la Virgen estuvo residiendo en el Templo, ofrendada por sus padres, y allí fue donde necesariamente tuvo que aprender a leer las Escrituras. Dice también que la Virgen comprendió que su Hijo era el Redentor durante la Pasión, imposible que pudiera estar ciega ante esta realidad; es desconocer por completo todos los testimonios de los místicos y la fe de todos los siglos sobre la Vida totalmente compartida con su Hijo. Esto es un efecto de las modernas teologías de la autocomprensión progresiva de Jesús, en el esfuerzo sibilino por apagar su divinidad en la conciencia humana, a cuya respuesta se está aplicando la congregación para la doctrina de la fe. También dice que tenemos que bajar a María del pedestal al que la hemos subido, pero ¿a qué pedestal se refiere? Es Dios el que la ascendió a los cielos en cuerpo y alma, el que la ha hecho Madre de su Hijo primogénito. Los hombres no la podemos subir a ningún pedestal como si estuviera en él por nuestra voluntad.


UNA REVOLUCIÓN DEL CORAZÓN Espiritualidad de Marcelino Campagnat e identidad de sus Pequeños Hermanos de María en el tiempo presente Roma 2003. Hermano Seán Sammon, Superior general:

El fundador estaba estrechamente unido a la madre de Jesús. Quiso darnos el nombre de María, la tuvo por Primera Superiora del Instituto y la llamó Buena Madre. La colocó en el centro de nuestra herencia espiritual.
Marcelino fue ahondando en su relación con María progresivamente. La confianza que tenía en su protección se fue convirtiendo en una unión íntima y profunda. María llegó a convertirse en su confidente.
Su devoción a María se manifestaba externamente a través de sermones, novenas y cartas. El mensaje que envió el 4 de febrero de 1831 a los hermanos Antoine y Gonzague, no es sino un ejemplo de este aspecto de su vida espiritual: “Interesen a María en su favor, díganle que, después de haber hecho ustedes todo lo posible, ella será la responsable si sus cosas no van bien”. Marcelino tenía fe ciega en la intercesión de María. Una vez que sus hermanos habían hecho todo lo humanamente posible, era ella quien tenía que responder para que las cosas salieran adelante.
El fundador quería que los primeros hermanos siguieran sus pasos en la devoción a María. Les pedía que colocaran un cuadro o una imagen en las dependencias y deseaba que llevasen siempre consigo algo que la recordara. Más tarde introdujo la conmovedora práctica de ofrecer a María las llaves de la casa. “Ella es la que manda, – decía – es nuestra patrona y protectora”.
También recomendó a sus discípulos que acogiesen a María como madre. Que vieran en ella un modelo a imitar. Que recurrieran a ella con la confianza de un hijo. En la Anunciación, la respuesta de María fue sencilla y entregada. El fundador quería que nosotros tuviéramos la misma disponibilidad al dar nuestro “Sí”. En la Regla de 1837 incluyó una oración especial, “Abandono en las manos de la Santísima Madre de Dios”.
¿Qué podemos aprender sobre la personalidad de Marcelino a partir de su devoción a María? Mucho. Era un hombre consciente de sus limitaciones. Se dio cuenta de que los dones requeridos para la aventura en la que se embarcaba excedían sus capacidades naturales. ¿Cómo podríamos explicar el éxito que tuvo? Siempre atribuyó sus logros humildemente a María. Se acogió bajo su protección constantemente y siguió sus inspiraciones con fidelidad.
María de los anawim, de Nazaret, del Nuevo Testamento, de hoy ¿Y qué decir de nosotros? ¿Qué lugar tiene María en la espiritualidad de nuestro Instituto, en tu vida, en la mía, en la de todos, en esta aurora del nuevo milenio? Primeramente haremos bien en reconocer la rica diversidad que existe entre nosotros respecto a la figura de María. Países diferentes y culturas distintas han generado sus propias imágenes de ella, con una variada geografía de lugares de peregrinación y múltiples formas de celebrar su devoción.
Debemos admitir, de todos modos, que el conocimiento y el aprecio que tenemos hoy por esta mujer de fe extraordinaria ha cambiado poco respecto a la devoción propia del siglo XIX. Ese hecho puede explicar por qué la devoción a María se ha debilitado desde el Concilio Vaticano II, tanto en el Instituto como en la Iglesia. La madre de Jesús ha quedado congelada en el tiempo, atrapada en imágenes creadas por los artistas del Renacimiento, colocada en un pedestal, alejada de nuestro alcance.En los albores del siglo XXI, nos hace falta en el Instituto un nuevo acercamiento a María que siga las enseñanzas conciliares y, paralelamente, respete y acoja las valiosas tradiciones que florecen en los ambientes donde nos encontramos. No es preciso repetir que esta mujer decidida y fuerte, que tanto significó para Marcelino, ocupa un lugar privilegiado en nuestra vida y en nuestra espiritualidad.
Nuestro reto
Las circunstancias del siglo XIX era muy distintas de las de hoy. Por ejemplo, hoy somos mucho más conscientes de la multiculturalidad y de la diversidad que existe entre nosotros. Al mismo tiempo sentimos, paradójicamente, que estamos más cercanos que nunca y que tenemos más posibilidades de conocernos que en anteriores períodos de la historia de la humanidad. Éste es el escenario del mundo y de la Iglesia para el cual debemos desarrollar un lenguaje nuevo a la hora de describir la persona de María. Dicho simplemente, lo que necesitamos hoy es una mariología adaptada a estos tiempos. Y, para marcar la diferencia, ha de ser una doctrina profunda, que nos fortalezca espiritualmente y nos desafíe éticamente.
El Concilio nos enseñó que la santidad y la libertad frente al pecado no se oponen, ni mucho menos, a la historia cotidiana y a los acontecimientos que constituyen la vida sobre esta tierra. Al contrario, la gracia de Dios nos empuja directamente al corazón del mundo.
La vida de María fue un itinerario auténticamente humano. Negar este hecho y pretender sacarla de los parámetros de la humanidad sería injusto, para ella y para nosotros. Esta mujer de fe nunca fue, ni será jamás, divina. Empeñarse actualmente en aplicar a María títulos que parecen asimilarla a la divinidad, contribuye más a confundir que a clarificar las cosas.
La verdad es que María fue una mujer judía de su tiempo, que observaba el sábado y las demás prácticas comunes a los anawim, los pobres de Yahveh, entre los cuales se contaba. Su vida era corriente, sin mayor relieve, propia de una mujer que buscaba, ansiaba, reía y lloraba, que no lo entendía todo y tenía que encontrar su camino de etapa en etapa por la senda de la vida. Y la vida no trató a María de modo especial, pues ella compartió con nosotros la heredad que le corresponde a los humanos: lágrimas, aflicción, amargura, coraje y grandeza, agonía y muerte.
Y aunque los artistas durante siglos la han pintado mientras supuestamente leía el último libro del Antiguo Testamento en espera ansiosa de Gabriel y de la noticia que le aseguraría un lugar en el primer libro del Nuevo Testamento, María era, con toda probabilidad, analfabeta, incapaz de leer, como la inmensa mayoría de los hombres y mujeres de su tiempo. Teresa de Lisieux afirma que amamos a María, no porque la madre de Dios recibiera privilegios particulares, sino porque vivía y sufría humildemente, como nosotros, en la noche oscura de la fe. María era hija de esta tierra, tenía pasiones humanas, gozos humanos. Compartía las preocupaciones íntimas que seguimos compartiendo hoy todos nosotros.
María estaba a la espera del Mesías. Y porque miraba siempre el mundo con los ojos de la fe, fue capaz de reconocerlo, llegado el momento, en el Siervo Sufriente, su hijo. Le tocó tomar decisiones difíciles en la vida y lo hizo con valentía. Con el paso de los años, su presencia llegó a ser respetada en la naciente Iglesia. Por eso, si bien abrazamos la imagen de la Buena Madre, propia de Marcelino, hoy más que nunca vemos en ella también a nuestra hermana en la fe, que nos sigue acompañando con su testimonio profético en la Comunión de los Santos.
Personalmente espero que, al liberar a María del peso que significa ser la mujer ideal y bajarla del pedestal en el que la hemos subido, podrá manifestarse al fin tal como es, en el seno de la Iglesia y del Instituto.

3 comentarios:

Javier García Calleja dijo...

No estoy en absoluto de acuerdo con tu planteamiento.
María es la Madre de Jesús,la Madre de Dios, pero es también nuestra hermana en la fe.
Dice el evangelio "Meditaba todas estas cosas en su corazón".
Personalmente me inspira más devoción una figura de María cercana, "humana" COMO LO ES SEGÚN LA IGLESIA, que los "cromos" que hemos hecho a menudo en sus interpretaciones... María no es una semidiosa, es corredentora, porque dijo SI, por su decisión personal. Si quitamos el componente de libertad eminentemente humana, seríamos poco menos que marionetas en manos de un Dios que nos mueve y manipula a su antojo.
Si María sabía todo, si entendía todo, qué ejemplo puede ser para mi, sería una supermujer, una diosa.
No. Mi Dios es Padre, Hijo y Espíritu. Se manifiesta en la Iglesia y en los creyentes. María, madre de Jesús y por lo tanto de Dios es la primera en cuanto a ejemplo para nosotros. Y es nuestra Madre.

El superior general está en esta línea. Lo sé. Soy laico marista.

Marc Vincent dijo...

El comentario está lleno de sobreentendidos. ¿Por qué María deja de ser cercana por el hecho de ser Madre de Dios? ¿Qué le quita a su real y verdadera humanidad?¿Qué le quita a que haya tenido total libertad?
Yo también voy a interpretar; tras esta defensa con apariencia de no tener fisuras de la "humanidad" de María se esconde precisamente el intento de proponer un Jesús no divino, magnífico, pero simplemente humano.
El Jesús que están difundiendo es simplemente falso, es un Jesús superhombre, pero líder nada más. Y este Jesús lo deben acompañar de una falsa maternidad, la de una mujer en vaqueros (como se atreven a decir algunos).
María sabía todo lo que tenía que saber, porque Dios moraba en Ella de un modo como no ha morado en ningún ser humano. Sabía todo en el Espíritu y no deja de ser un ejemplo, pues mi aspiración, la de todos debe ser saber tanto como Ella, es decir, saber a Dios, que es el Todo.
Ama a Dios, luego lo sabe todo en realidad, aunque no sepa quién llama a la puerta. Qué oposiciones capciosas se hacen para separar a la Madre de los hijos, y todo encima bajo la capa de una orden histórica. Si el padre Champagnat levantara la cabeza, pero en fin, estamos en tiempos apocalípticos y esto al fin es una prueba más de ello.

JRB dijo...

Me topé con tu blog de casualidad.
Estoy completamente de acuerdo con tu post. La "mariología" del Hermano Sean Sammon poco tiene que ver con lo que sabemos de María por la fe. Es cierto que es una persona humana y no divina. Pero es cierto también que fue concebida sin pecado original, que es Madre del Verbo Encarnado, que es omnipotencia suplicante, etc., y que por lo mismo se le debe una devoción especialísima, mayor a la de cualquier otro santo. ¡Qué diría San Marcelino de este comentario de un sucesor suyo! Creo, sin temor a equivocarme, que esta concepción mariológica es solo una manifestación de una crisis más profunda que azota a los hermanos maristas. Me parece que la congregación marista se ha alejado profundamente del espíritu de su Fundador.

A propósito, ¿tienes otros textos como éste?

Saludos,
JRB
www.catequesismarista.blogspot.com