29.4.08

La falsa mística del modernismo

El modernismo fue y sigue siendo una gran corriente que pretende eliminar a la iglesia desde dentro. Localizado como un cáncer difuso por San Pío X sigue hoy con más vitalidad que entonces. Pero nos atendremos ahora a sus enseñanzas místicas, aunque no encontraremos ningún texto cándidamente explícito al respecto, como ya ocurriera en 1907 año de publicación de la encíclica Pascendi sobre el modernismo.
Enseña sobre todo la llamada experiencia religiosa, como fundadora de la búsqueda de Dios, lo que proviene del romanticismo y de los tiempos de Schleiermacher, filósofo y teólogo protestante. Hoy oiremos mucho hablar de experiencia en publicaciones y foros diversos de la iglesia. En realidad no remiten a algo más que al sentimiento religioso, único espacio espiritual. Lo intelectual quedaría como inapropiado para el objeto religioso y para el tratamiento de Dios (y sin embargo los que escriben son intelectuales).
En el fondol Dios del que hablan no es distinguible del impulso inmanente, del subconsciente, que aspira a lo sublime, al ideal; Dios no se distinguiría de este fondo humano, sería una proyección. Ahora bien, si se plantea explícitamente esto, el modernista hará una rápida finta y declarará su ortodoxia, declarará de corrido los dogmas, los catecismos y lo que haga falta, como diciendo "aquí me vas a pillar a mí, que vengo de dos mil años de fintas al magisterio".
Destruye toda credibilidad de las escrituras, señalando su origen humano, y los diferentes estratos constructivos de las mismas, así como impone la exigencia de atenerse a los criterios históricos, excluyendo la acción divina como racionalizable. Su agnosticismo es básico: lo único que puede saberse de Jesús, es que fue personaje histórico, dentro de parámetros humanos, fuera de eso no se trataría de historia, por tanto no sería cuestión científica, y por tanto habría un dilema entre fe e historia, que ha de resolverse según la ciencia, que exige la no fe. De la fe no podría saberse según un método científico, único válido conforme al ser humano, por tanto la fe ha de dejarse a un lado, como una irracionalidad, propia de los ignorantes.
Y del agnosticismo se pasa enseguida al ateismo, solo que como siguen hablando de Dios o de Jesús, parece que no se han salido de la casa común. En realidad su Jesús ya no es Cristo, y no se puede-debe comunicar con él que es historia, y lo que es historia ya no es hoy.
Y así bonitamente birlan a los católicos su fe y su todo, dejándoles sin Dios, y con la sensación de haber sido víctimas de un gran engaño; si son personas ancianas les dejan la sensación de que fueron unos cándidos llevados por malas artes todo el tiempo que en el pasado vivieron su fe consoladoramente.
Se dedican también a simplificar la historia de la iglesia, repitiendo hasta la saciedad la corrupción derivada de la gloria que dio a la iglesia Constantino, el emperador romano. Y luego quieren retrotraernos a los tiempos de las primeras comunidades cristianas.
El modernismo promete a sus seguidores ser figuras egregias, como dijo San Pío X, se presentan como reformadores, profetas, perseguidos por la autoridad y el poder de la iglesia, filósofos y sabios del máximo nivel. Recorran las estanterías de las librerías religiosas y ahí los verán a todos reunidos. Así es también ahora y desde hace cien años. Y se escudan en que quien los critica es un ignorante y un fundamentalista.
Han caído más bajo que el clásico protestantismo, muchas de cuyas escuelas no aceptan el relativismo del modernismo, sus ataques a la credibilidad de las escrituras y su reducción de la fe a activismo solidario como dicen ahora.
La iglesia pretende hacer frente al relativismo y a la secularización de la sociedad moderna, pero ante todo debiera poner orden en su propia casa; en realidad sigue siendo la iglesia Una la que combate, con muchas ramas muertas en su seno; y no se trata de rehacer viejas persecuciones que acaban siempre desprestigiadas por su carácter indiscriminado y escándalo en su violencia inseparable de los motivos humanos.
Si quieren llegar a Dios no deben escuchar ni un minuto más a esas gentes, a no ser que sean los muy contados que tengan misión como "detentes" entre ellos, para signo de contrtadicción de cara a los incautos por ellos arrastrados.

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