11.6.08

Un santo en Madrid, el Padre Rubio

Carlos Valverde S. J. en Alfa y Omega:


Cómo ser santo en Madrid


Madrid es una macrourbe, así se dice ahora. Como París o Marsella, o Frankfurt. En Madrid hay sitio para todo. Desde luego, para todo lo malo. El que quiera ser ladrón, drogadicto, adúltero, terrorista etc., en Madrid encontrará mil oportunidades y muchos compañeros de viaje. Lo que a veces no se ve es que haya también sitio para todo lo bueno. Y, sin embargo, lo hay. En este Madrid babilónico, violento, ruidoso, burgués, opulento y miserable a la vez, han vivido y viven el Evangelio mujeres y hombres que han ido, o van, o podrían perfectamente ir, camino de los altares. Dolores Sopeña, Luz Casanova, José María Escrivá, Pedro Poveda, Claudio López Bru, Josefa Segovia, Teresa González Quevedo, María Micaela del Santísimo Sacramento, Vicenta López y Vicuña, Soledad Torres Acosta han sido algunas de las personas madrileñas, al menos en adopción, que, en Madrid y entre madrileños, se han santificado y han santificado a otros. Esto para no hablar de una legión de santas y santos anónimos, cuyos nombres sólo Dios conoce, y escritos están en el libro de la Vida. Pero ahora hablamos solamente del jesuita padre José María Rubio.No era madrileño de nacimiento el padre Rubio, sino andaluz de Dalías (Almería). La Providencia le trajo a Madrid cuando era seminarista, y como sacerdote secular ejerció el ministerio pastoral en Chinchón y en Estremera, provincia y diócesis de Madrid. Arreciaba la persecución de tea y pistola contra la Iglesia. El padre Rubio había nacido el 22 de julio de 1864. La Gloriosa Revolución de 1868 había enviado al exilio a aquella Isabel II, reina de los tristes destinos. Se desataron las furias antirreligiosas: lo primero, supresión de los jesuitas (por cuarta vez en menos de un siglo). En 1901 estrena Pérez Galdós, en el teatro Español, su Electra. En plena orgía anticlerical, se oye un grito que sale del gallinero: «¡Mueran los jesuitas!» Lo repitió a voces el respetable público. A los jesuitas se les acusaba de ser los autores del crimen y suicidio de un sacerdote en Murcia, de haber preparado el atentado de Mateo Morral contra Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, en el día de su boda (31 de mayo de 1906), de haber secuestrado a tres niñas. Se decía que eran los dueños de la Trasatlántica y del Metro de Madrid. Y, por supuesto, que eran hipócritas, avaros, orgullosos, temibles.¿Como se explica que el sacerdote diocesano don José María Rubio, buscando más posibilidades de santificarse y glorificar a Dios, eligiese la Compañía de Jesús? Después de la moción interior del Espíritu Santo, la doctrina y la vida de los jesuitas lo explican. La verdad es que eran hombres de fe y de oración, austeros, disciplinados, observantes de sus Reglas, trabajadores apostólicos infatigables, que sabían juntar acción y vida interior. El pueblo los amaba y los buscaban porque transmitían a Dios.Sacerdote jesuitaEn 1906, pudo, al fin, realizar su sueño de siempre: hacerse jesuita. Convivía en la Compañía de Jesús con hombres admirables, como los padres Tarín, Arnáiz, Coloma, Fita, Alfonso Torres. Vivía casi siempre en la residencia que los jesuitas tenían en la calle de la Flor en Madrid, que en mayo de 1931 perecía incendiada por las turbas marxistas. Y allí y desde allí entregó su persona, con dedicación exclusiva al trabajo evangelizador: el confesionario al que no era fácil acceder por las largas colas que le sitiaban, la predicación, los Ejercicios Espirituales, las Horas Santas, las Asociaciones de Juanes y de Marías, la atención a los enfermos, la obra en el Cerro de los Ángeles, la colaboración con las religiosas, etc. Aquellas tareas que hoy nos parecen anticuadas, pero que, de hecho, vivificaban la fe y el amor de las personas y de las familias. Quien experimentaba sed de Dios sabía que en el padre Rubio encontraba alivio. Un sacerdote que vive su sacerdocio como una mística de amor siempre tiene a su lado personas que le necesitan.Cuando comprobó que existía un suburbio miserable, La Ventilla de Tetuán, entendió que aquella era su obra. Allí iba, allí se hizo acompañar de personas que le ayudaran, allí levantó escuela e iglesia, allí dio de comer al hambriento, allí pervive su recuerdo en una nueva parroquia, en el colegio y en las Escuelas Profesionales que regentan los jesuitas de hoy.Pero por este Madrid donde todo es posible, se han comentado siempre los hechos extraordinarios del padre Rubio. ¿Fueron todos verdad? Profecías, lectura de conciencias de los penitentes, fenómenos de bilocación. El biógrafo Carlos María Staehlin, S. J. garantiza el rigor historiográfico de los hechos que narra. He aquí uno: una señora se acerca al confesionario del padre Rubio. Le ruega que por la tarde vaya a confesar a un señor que va a morir. Le da la calle y el número. Fue, llamó, abrió un señor. El padre preguntó por el nombre que le habían dado. «Sí, soy yo, pero yo no he mandado a nadie a que le avisase. Pero bien, pase usted, ya que está aquí». En el salón vió el padre una ampliación fotográfica de una señora: «¡Ésa es la señora que me ha avisado!» –«¡Esa señora es mi madre y hace años que murió». Impresionado aquel hombre, rogó al padre que le confesase. Era media tarde. A la mañana siguiente amaneció muerto en la cama.Lo cierto es que ante los restos mortales del padre Rubio, en la calle de Maldonado, 1, siempre hay flores y personas arrodilladas.

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