22.2.09

A vueltas con los pecados capitales

Los pecados capitales se practican como se practica la prosa, con muy poca consciencia. De ahí que sean tan perniciosos: de lo que somos poco conscientes nos defendemos poco o nada. A esto se le ha llamado también falta de conciencia de pecado.
Los carnavales de este año en una ciudad del norte han tenido como slogan los 7 pecados capitales; un sondeo entre la gente, para ver si sabían cuáles eran, ha revelado una ignorancia no por previsible menos aguda.
Los sermones y textos de la iglesia humana de los últimos tiempos han evitado hablar de los pecados capitales, no les parecía conveniente dentro del programa de quedar bien con el mundo y de echar por la borda al niño con el agua sucia, el método practicado para renovar la iglesia desde dentro. Pero no queriendo hablar de los pecados tienen que hablar los hechos, la historia que sucede, los propios pecadores como sea, por ejemplo, ahora con sus canavales y sus glorias al pecado, recuerdan a todos aquello que la iglesia no quiere recordarles, no vaya a ser que se arrepientan.
Los pecados capitales son los siguientes: soberbia, ira, lujuria, envidia, avaricia, pereza, gula.
Un anciano sacerdote italiano de más de 90 años ha publicado un libro de confesiones sobre sus confesiones y ha mostrado cuáles son los pecados preferentes en los hombres y en las mujeres. Los pecados favoritos de los hombres tienen que ver con las distintas facetas del placer de la carne, como la gula y la lujuria, así como la pereza, o dolce far niente. Las mujeres se inclinan a los pecados más mentales, preferentemente la soberbia y la envidia, y su pecado menos habitual es la pereza. Bienentendido que todos se dan en mayor o menor medida al margen de la condición de genero.
Pero en último término hay una tríada de pecados capitales que los resumen todos: la ambición o codicia (recoge a la envidia y la avaricia), la concupiscencia de la carne (que recoge la lujuria, la gula) y la soberbia de la vida.
Cada pecado capital remite a los demás y los llama para enredarse juntos. La mujer que pasea esplendidez no tiene tanto un motivo de lujuria, como de poder personal (es que me siento poderosa suelen decir, porque se le someten las miradas) es una soberbia que concita la lujuria del varón, y a la vez al varón que luce mujer espléndida ésta le sirve para agrandarse a sí mismo ante los demás.

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