17.2.09

Porqués del freno humano a Santa María

De Isidro Juan Palacios, en su obra (agotada) sobre apariciones de la Virgen:

Al filosofo y al teólogo les agrada especular; son intelectuales que «piensan sin el cuerpo», como dijera Yukio Mishima; son pensadores que desligan las ideas de la carne o de la efímera y pesada materia, para dejarlas volar libres y etéreas hacia la abstracción, ese espacio que el filósofo y el teólogo pretenden dominar, aunque nos les lleve a parte alguna. Esa es la razón por la que, ambos, son bastante reacios a la hora de aceptar o reconocer una aparición. No es casual que ni siquiera las reciban; y si las tienen, nolas experimentan por ser filósofos o teólogos, sino por sencillos. ¿Quiere esto decir que nos encontramos ente el marco de un nuevo analfabetismo? Es indudable que, para estos dos tipos humanos, la respuesta es afirmativa. Pero, ¿se puede uno enorgullecer de tanta civilización conquistada? Los pensamientos independientes, autónomos, levantan murallas que aíslan y estrechan la ciudad, en tanto que la aparición permanece fuera, en la amplia extensión de la campiña donde, sin fronteras, junto a la sombra y la luz, se asienta la barbarie. No hay puertas en el muro par la Virgen, o al menos, si las mantiene abiertas, ella no las atraviesa. Decía Plutarco en el Poder de los Numa que la aparición rompe con el principio de «aprehender a la Deidad por medio del intelecto». el filósofo o el teólogo pueden, si cabe, amar a la diosa o a la doncella; pero la comparten con sus ingenios o la supeditan a sus pensamientos. Y por eso ella, dama de un solo amor, no se les muestra. Además, ya desde Platón, están demasiado acostumbrados a diseccionar la realidad, a distinguir y a separar las cosas. Diferencian y enfrentan el alma del cuerpo, el espíritu de la materia, el cielo de la tierra, lo sobrenatural de lo natural. Elaboran leyes, decálogos, categorías con que armar todo ese artificio... En una palabra: abstraen. Y no se dan cuenta de que la aparición es, justo al contrario, algo muy concreto, palpable, cabal y real. Como sólo el amor auténtico puede ser, el amor que expresa una aparición, es amor de encarnación. Nada tiene aquí que ver con las ideas amadas por el sistema platónico, desencarnadas. En las antípodas, la imagen de una aparición no distingue ni escinde alma y cuerpo, espíritu y materia, cielo y tierra, lo sobrenatural y lo natural. Unos expresan a los otros. Los pies, las manos o la cara de la Virgen son vitales para quienes los han besado; sus lágrimas también, para quienes las han tocado; son piedras preciosas, sus joyas, y buenas sedas coloreadas las telas de sus vestidos. Muy diferente es una aparición de lo que concibe el mundo del filósofo y del teólogo, pues el cuerpo y la materia de la Virgen que tocamos es su alma y su espíritu; del fondo de la gruta, en la tierra, brota el cielo, aparece el ser celestial; y el árbol, la piedra, el agua y el Sol -algunos de sus símbolos-, la creación divina y entera, lo natural, es lo sobrenatural.

Por eso, lejos de fundar una sola forma religiosa mundial para todos los hombres -otra abstracción-, como les gustaría a los filósofos y a los teólogos, anulando etnias, modos de ser, raíces e identidades, la aparición se diversifica. Sin dejar de ser unitaria, se hace varia, esto es, universal. Da vida, por tanto, a hechos sagrados diferentes entre los pueblos y las épocas; e incluso, dentro de una misma religión, como la cristiana, la misma aparición, la misma Virgen, da ocasión a miles de advocaciones, con diferentes bellezas: aquí habla en español o en portugués, y allí en náhuatl o en eslavo; allá se dejó ver rubia y con ojos azules, y cerca se ha aparecido con el cabello y ojos castaños.

Escribe Jünger en La tijera que la aparición es instauradora, fundadora. Es más, afirma Jünger en su citado ensayo: «Ninguna religión puede prescindir de las apariciones. La fortaleza de éstas determina la duración de los cultos...»

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