24.3.09

Espíritu Santo: verdades oscurecidas en algunas actualizaciones

Se ha producido en los últimos tiempos una revalorización de la figura del Espíritu Santo; sin entrar en juicios sobre la calidad de esa innovación, hemos de señalar lo siguiente que debe ser tenido en cuenta:

Dios es Trinidad y está en perpetua comunicación consigo mismo en sus Tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los ciclos del tiempo litúrgico son eso, ciclos, y muestran una sucesión: Adviento, tiempo de la intervención del Padre, que nos da a su Jesús, cuyo ciclo va desde su Nacimiento hasta Pentecostés y desde aquí se produce el tiempo del Espíritu Santo justamente hasta el nuevo adviento, porque el tiempo del Espíritu Santo prepara al de la acción del Padre que es el Hijo, y así sin cesar. No conviene por tanto una espiritualidad separada donde las otras figuras del Padre y el Hijo quedan en segundo plano.
El Espíritu Santo infunde sus siete dones, pero hoy se destacan los dones como carismas entregados, pero quedan oscurecidos esos siete, que son Sabiduría, Entendimiento o inteligencia, Ciencia, Consejo, Temor de Dios, Fortaleza, Piedad. Algunas prácticas de intensificación del culto al Espíritu santo destacan la sanación, el don de lenguas y de profecía, que están al servicio de aquellos, y que son subordinados.
El Espíritu Santo es el esposo divino de la Santísima Virgen y Ella no puede quedar en un lugar secundario, como en los márgenes; se da la contradicción de que la Santísima Virgen, fuente de los carismas por excelencia que se resumen en su Hijo, y que los ha derramado en numerosísimos lugares, padece por parte de los intensificadores del culto al Espíritu Santo de la misma marginalización que ha sido moneda común desde el final de la Edad Media.
Esa dejación en los márgenes no impide la acción del Espíritu Santo pero conlleva -y es conveniente que lo sepan- una espiritualidad de endurecimiento, que es análogo, aunque a distancia claro está, del psiquismo los niños que padecen la ausencia de su madre. Esto es, una aspereza en la vivencia espiritual y una sujeción a numerosos errores y desvaríos; el espiritu judaico que revivió en los reformadores se caracterizó por esa exhibición de dureza en el sostenimiento de las convicciones que tan perjudicial es para los hombres y mujeres en los que se refuerza su miedo a Dios; de modo que ejerciendo de guardianes del orden espiritual se convierten en atemorizadores de las almas. Ese espíritu judaico o de zelotismo espiritual fue el que se aplicó contra Jesús y se actualiza una y otra vez en la historia, y de él no se escapa si no es con la entrada en el eón de María que nos devuelve al verdadero Jesús. Se queda fuera de ese eón cuando se acepta por principio o por práctica la marginalidad mariana, y como sólo María conduce al Jesús de verdad, sin pasar por su umbral se alcanza un Jesús incierto, el Jesús de la dureza, y desde luego un Jesús incierto no es aquel con el que se vincula el verdadero Espíritu Santo.

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