31.5.09

El pequeño lama en Europa, el pequeño pescador.

Un niño español, granadino, hijo de padres que se habían hecho budistas fue seleccionado hace años como reencarnación de un lama tibetano y vivió hasta su mayoría de edad en un monasterio del país de las altas nieves. No era el único, era uno más entre un grupo de niños que una vez fuertemente programados luego serían "soltados" para que hicieran un servicio propagandístico en occidente. Hoy aquel niño vive libre en lo exterior, pero sujeto interiormente a todo lo que ha vivido. Quiere ejercitar su libertad y con sus 24 años ha adoptado los gustos, moda y justicialismo propio de los jóvenes antisistema. Estudia cine, quiere extender la conciencia libertaria, vive la música, usa moda entre hippie y rapp y ha vagabundeado por el mundo viviendo en la calle. Es lo que un joven entregado radicalmente ala cultura progre de las últimas décadas habría elegido. Sería un chico normal pero simbiótico entre ese occidentalismo hedónico-liberacionista y el budismo mahayana, que difícilmente podrá desprogramarse después de estar en un monasterio budista toda su vida. Su papel plenamente integrado con las modas juveniles occidentales más su origen étnico no tibetano, permitirá captar a muchos jóvenes. Y tras un tiempo de diez años de apostolado juvenil occidental se volverá a su patria religiosa, seguramente con muchos tras él que se irán quizá para siempre fuera de este mundo nuestro.
El problema de cuantos sean arrastrados es que lo harán bajo una fascinación, propia de los jóvenes que quieren un mundo perfecto ya. Despreciando todo lo de aquí, no se darán cuenta de que con lo malo perderán también lo bueno, que no han valorado, padres, familia, tradiciones, modo de vivir tolerante. Se irán a un lugar extraño de costumbres extrañas, sólo para caer en la depresión vital mortífera que aquí se ha conocido de siempre cuando la religiosidad ha caído bajo la autopersecución de la persona contra sí misma, que es lo que al final ofrece el budismo, una vez agotado el impulso de fascinación inicial e impulso juvenil idealista.
Es un programa muy inteligente de captación juvenil, con toda una experiencia de décadas de penetración en EE.UU.
Todo quiere elegirnos, el budismo como la cultura progre y justicialista, y un espiritualismo sin dogmas ni prácticas. Al joven le han dicho que es una reencarnación y seguramente se trata de que los lamas han identificado una presencia en el que fuera niño, que toman por reencarnación conforme a sus creencias, cuando en el caso más crédulo debe ser considerado como la simple invasión de un ser difunto, que entre nosotros católicos se ha solucionado siempre con sacramentos y oración para que el muerto deje en paz al vivo. Dice también que ha vivido en una farsa y que no soporta que al tenerle como divino dejen de tratarle como un igual, incluso se queja de excesiva disciplina en los conventos. Extraña confusión, que la instalación de un difunto convierta al vivo en divino, es desde luego un sarcasmo de parodia del Hijo de Dios hecho hombre, que aquí se transmuta en hombre hecho dios.
Y el budismo conventual sigue los mismos mecanismos que toda religión sin conocimiento de la misericordia divina: un suma y sigue de imposiciones que se toman por virtud, una ascesis, una negación falsa de sí mismo, el momento de ascenso de la mística, que nunca va a llegar a Dios si El no baja. Una religión que no es en realidad religión (religación con Dios) puesto que es solo una ascesis.
Y bien, el chico dice que ha prometido volver, que se tomaría diez años y que volvería. Cree tener obligación moral, pero no la tiene. Los monjes budistas deben convertirse de su camino, reconocer que su sistema es sólo una exasperación, su serenidad una exhibición, su moralidad una falacia, porque nadie es bueno por más que suba en la escala espiritual, y si no lo es no debe poner apariencia de grandeza moral. Este mal ocurre por desgracia en cualquier religión, budismo, islamismo y cristianismo. El gran objetivo es dejar de presentarnos como falsos santos y caminar no por las rutas de los frutos de nuestra imaginación intelectual y falsamente mística, sino por los del Señor, en una sucesión de experiencias vitales que él cree y programe, y no nuestro sistema propio con sus fachadas para sugestionar a quienes quieren una vida superior y todavía están en la ignorancia.

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