16.9.09

Meditación de los dolores de la Madre de Dios

MEDITACION DE LOS DOLORES DE NUESTRA SEÑORA

(Texto extraído de las revelaciones a María Valtorta, alma víctima).

Primer Dolor

El primer dolor no fue tan sólo para mi amor de Madre de Dios. Conocía mi suerte. La sabía porque no ignoraba el destino del Redentor. Las profecías hablaban de sus grandes sufrimientos. El Espíritu de Dios, que me envolvía, me iluminaba mucho más de lo que pudieran decir las profecías. Por eso, desde el momento en que dije: "He aquí la esclava del Señor" me abracé al Dolor a la vez que al Amor.
Ahora bien, era ya un gran dolor ver cómo los hombres habrían de tomar el Bien hecho Carne para hacer de El un Mal. En las burlas dirigidas a Simeón yo vi las infinitas burlas y las sacrílegas negaciones de un número incalculable de hombres. Vino Jesús a traer la paz, mas los hombres, en su nombre y contra su nombre, habrían de hacer para El y entre sí la guerra. Todos los cismas, todas las herejías, todos los ateísmos teníalos a la sazón delante… y como una alfombra erizada de espadas estaban a la espera de lacerarme el corazón.

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Segundo Dolor

El segundo dolor no fue únicamente por las incomodidades de la fuga, sino que se hallaba penetrado de la amargura de ver cómo el pobre poder humano, que lo es hasta que Dios lo permite, en lugar de constituirse en escudo del verdadero Poder y ad¬quirir grandeza haciéndose servidor de Dios, por ambición de poder hacíase asesino y deicida. Hacerse asesino de los inocentes era ya un gran pecado; pero hacerse asesino de Dios era un pecado, sin parangón posible, muchísimo mayor. Y si el Eterno no lo permitió, ello no quita para que la culpa fuese igualmente real, ya que el deseo de hacer el mal y el intento de realizarlo apenas si son una décima de grado inferior a la culpa consumada.
Así pues, ¡cuántos grandes a partir de entonces y hasta el fin de los tiempos, habrían de imitar a Herodes pisoteando a Dios para hacerse "dioses"! Pues bien, yo iba viendo a todos estos chacales que matan con ánimo de destruir a Dios y, a la par que a mi Hijo, estrechaba contra mi corazón a todos los perseguidos por la Fe y oía sus ayes santos mezclados con las blasfemias de los prepotentes y, al no saber maldecir, lloraba... El camino de Belén a Egipto estuvo marcado con mi llanto.

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Tercer Dolor

Mira, yo buscaba a Jesús, extravia¬do, no por mi culpa ni por la de mi esposo. Mi Niño quiso hacer aquello para lanzar su primera llamada a los corazones diciéndoles: "La hora de Dios ha llegado". Mas de entre los millones de seres que habrían de existir, ¡cuántos no habrían de perder a Dios! Se le pierde, bien por culpa propia o por un querer suyo. Cuando muere la gracia se desvanece Dios; y cuando Dios quiere llevar a un alma a una Gracia mucho mayor, entonces El se esconde. En uno como en otro caso, esto es la desolación.
El pecador muerto a la Gracia no es feliz. Parece que lo sea, pero no lo es. Y si bien tiene momentos de embriaguez que no le dejan conocer su estado, nunca faltan horas en las que un suceso de la vida le hace sentir su condición de separado de Dios. Entonces es cuando le llega la desolación, esa tortura que Dios hace gustar a sus predilectos para que sean como su Verbo: salvadores.
¡El abandono de Dios! ¡Un horror más grande que la muerte! Y si es horror para aquellos en los que únicamente consti¬tuye una "prueba", piensa y medita qué haya de ser para quienes constituye auténtica realidad. Mi tercer dolor fue por ver cómo tantos habrían de tener que beber de este cáliz para perpetuar la obra redentora y, aún más amargo que esto, por ver a muchísimos perecer en la desesperación.
¡Si los hombres supiesen buscar siempre a Jesús...! Entonces la planta de la desesperación dejaría de rezumar su tóxico, desapareciendo para siempre.

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Cuarto Dolor

Era Madre y, naturalmente, ver a mi Hijo bajo el peso de la cruz consittuía un dolor. Mas, sobrenaturalmente, era un dolor muchísimo mayor ver cómo el odio más tor¬turante que el madero, oprimía a mi Hijo.
¡Cuánto odio! ¡Era un mar sin confines! De aquella turba vociferadora de blasfemias y denuestos habrían de derivarse todos los odiadores del santo Mártir. De haber podido arrebatar a mi Jesús la cruz poniéndola sobre mis hombros de Madre, habría sufrido menos que no viendo con los ojos del espíritu a todos los futuros crucifixores de su Salvador. Aquellos que pretenden quitarle de en medio para no topar con su trono de Juez, no saben que únicamente para ellos El ha de ser Juez, siendo por el contrario, para los demás Amigo.

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Quinto Dolor

La quinta espada fue por el conocímiento que tuve de que aquella Sangre, corriendo como otros tantos ríos de salud de sus miembros lacerados, habría de ser siempre blasfemada. Con todo, aquella Sangre hablaba y habla. Grita dando voces amorosas y llama sin que los hombres la quisieran ni la quieran escuchar. Se arremolinaban en torno al Mesías pidiéndole la curación de sus enfermedades y que les dirigiera algún palabra. Mas desde que El ya no hacía uso del tacto de sus dedos ni del polvo y la saliva sino de su Vida y de su Sangre que las entregaba para curarles de la verdadera, de la única e incancelable enfermedad que es la culpa, ellos le huyeron más que si fuese un leproso.
Sí, le huyeron. "Caiga esa Sangre sobre nosotros". ¡Oh! Cierto que recaerá en el último Día para pedirles explicación de su odio y, puesto que no le quisieron amar, los maldecirá. Y yo, Madre, ¿cómo no habré de sufrir viendo que tantos hijos míos merecieron ser maldecidos y separados para siempre de la familia espiritual del Cielo en el que yo soy la madre y mi Jesús el Primogénito y primer Hermano?

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Sexto Dolor

Cuando recibí el despojo exánime de mi Dios e Hijo y pude ir recorriendo una por una sus heridas, sentí lacerarse mi seno, ¡Oh!, no conocí el dolor de la generación, mas este sí que lo conocí y no hay dolor de madre que pueda comparársele. Todo mi dolor de creyente se fundió en uno con mi dolor de madre. Esta fue la base de mi cruz como el Calvario lo fue de la cruz de mi Señor. He aquí mi Dolor.
Vi, no a Jesús muerto en vuestros corazones, pues El no muere, sino a vuestros corazones muertos en El. Vi en cuántos corazones habría de estar El depositado como frío despojo y para cuántos habría de imperar en balde su: "¡Levántate!". Los hombres que no quieren vivir, que se niegan a levantarse; el Sacramento de Vida rechazado o recibido sacrilegamente hasta cuando ya se hallan contados los momentos de vuestra existencia; y los innumerables Judas, a los que su arrepentimiento les sanaría, que no saben hacerse dignos, con una recta conversión, de recibir a su Dios herido.
Todo es preferible a ser de los noveles Iscariotes. Con todo, es el pecado que con mayor indiferencia se comete, no sólo por los grandes pecadores sino también por muchos que parecen y se tienen por fieles a mi Hijo. El los denomina "los fariseos de ahora". Por sus obras los puedes reconocer: El contacto con mi Hijo no los hace mejores antes, por el contrario, su vida es la antítesis de la Caridad, y por ende, de Dios. Son muertos, si no a la Gracia, a los frutos de Ia misma. Carecen de vitalidad y nada puede hacer Jesús en ellos al no poner nada de su parte.
Son aquellos que gustan de una sola medida, aquellos que de cristianos no tienen más que el nombre. Templos desconsagrados y profanados con la podre de todos los vicios, en los que en el nombre, tan sólo el nombre de Cristo está del modo que el cuerpo de mi Jesús estuvo en el sepulcro: sin vida. Y si en el Getsemaní el conocimiento de todos aquellos para los que su Sacrificio habría de resultar baldío fue el martirio espiritual de mi Hijo, esta misma visión, al besar a Jesús en el último adiós, fue mi desgarro.

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Séptimo Dolor

Mi desgarro no termina, no, ya que las espadas están siempre atravesando mi corazón al continuar los hombres proporcionándole sus siete dolores. Hasta tanto no se complete el número de los salvados y quede completada la gloria de Dios en sus bienaventurados, yo seguiré sufriendo en mi doble dolor de Madre que ve cómo se le ofende a ofende a su Primogénito y de madre que ve cómo tantos, tantísimos de sus hijos prefieren el destierro eterno a la morada del Padre.
Cuando en tus palabras te dirijas a mí como Dolorosa, piensa en estas palabras mías. Y en tus dolores, para imitarme, desecha todo egoísmo. Yo extendí mis dolores de Madre de Jesús a todos los nacidos. Para eso soy la nueva Eva. Tú ofrece los tuyos para todos tus hermanos. Llévalos a Dios, a mí.

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