14.2.10

Cerco a los portadores de la causa de la Virgen

Las personas que muestran un interes por la presencia concreta de la Virgen en nuestros momentos históricos han de enfrentarse a una especie de protocolo de procedimiento entre los mismos católicos, un protocolo de aislamiento y prevención. Obrando así éstos en realidad les hacen un favor, que es el impedir su contaminación pero también los martirizan psicológicamente.
Automáticamente cuando entienden que hay un interés fuera de lo "normal" en las cosas de la Virgen es como si levantaran su mano y dijeran "hasta aquí hemos llegado" y desde entonces por nunca jamás condenan a quien ha osado mostrar ese interés a la condición de sujetos potencialmente peligrosos por muy equilibrados que se muestren.
En el espíritu de la Virgen sin embargo se hacen elecciones de los portadores de su causa precisamente entre aquellos que ni han tenido ni podrán tener popularidad en los medios de "entendidos" católicos. Gentes espontáneas que hablan libremente y que descubren a la Virgen, también gentes de rudeza y tosquedad física y moral, nada delicatessen en sus maneras y apreciaciones. Es un mundo de separados, y no se nos oculta que es una marginalidad que tiene su función providencial. Una especie de Predicadores del desierto en nuestro tiempo y cultura, que los hombres y mujeres del tiempo, incluso católicos de compromiso, no pueden aceptar y desean mantener alejados de sus círculos.
Ahora bien estos nuevos profetas del desierto no deben caer en el resentimiento, sino apreciar el don de la Virgen que les da visiones o inteligencias especiales y mantener su marginación con el espíritu del Señor en el calvario: no entiendo porqué me hacen este daño pero no saben lo que hacen, y así perdónales Padre.
Nadie puede presumir de estar muy elevado en el espíritu, siempre hay una altura de vuelo que nos parece ya excesiva y nos da vértigo, para algunos se sitúa a escasos centímetros, otros aguantan el metro, otros el kilómetro, alguno se deja elevar unos cuantos kilómetros de altura, pero entrar en la nave de Jesús es ya dejarse llevar y confiar en El como conductor del vuelo estratosférico más asombroso. Esto se alcanza cuando no somos ya los que conducimos la nave sino cuando nos damos cuenta de quién es el conductor y le dejamos los mandos, pero ese viaje es entrar ya en el espacio de la eternidad. La inmensa mayoría tenemos miedo a semejantes altura, pero algunos eximios del espíritu, santos, nos consuelan en nuestra impotencia, porque ellos sí han sido capaces de dejarse llevar a la máxima altura dentro de la máxima vulnerabilidad de nuestra carne y razón mortales, y nos permiten seguir esperando que nosotros también podemos llegar como ellos llegaron.

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