3.4.10

Dios mismo sobre la iglesia y sus elegidos

Libro Primero, Capítulo 5 Revelaciones de Santa Brígida:

Yo soy el Creador de todas las cosas. Soy el Rey de la gloria y el
Señor de los ángeles. He construido para mí una noble fortaleza y he
colocado en ella a mis elegidos. Mis enemigos han perforado sus
fundamentos y han prevalecido sobre mis amigos, tanto que les han
amarrado a estacas con cepos y la médula se les sale por los pies. Les
apedrean los huesos y los matan de hambre y de sed. Encima, los
enemigos persiguen a su Señor. Mis amigos están ahora gimiendo y
suplicando ayuda; la justicia pide venganza, pero la misericordia
invoca al perdón.
Entonces, Dios dijo a la Corte Celestial allí presente: “¿Qué
pensáis de estas personas que han asaltado mi fortaleza?” Ellos, a una
voz, respondieron: “Señor, toda la justicia está en ti y en ti vemos
todas las cosas. A ti se te ha dado todo juicio, Hijo de Dios, que
existes sin principio ni fin, tú eres su Juez. Y Él dijo: “Pese a que todo
lo sabéis y veis en mi, por el bien de mi esposa, decidme cuál es la
sentencia justa”. Ellos dijeron: “Esto es justicia: Que aquellos que
derrumbaron los muros sean castigados como ladrones; que aquellos
que persisten en el mal, sean castigados como invasores, que los
cautivos sean liberados y los hambrientos saturados”.
Entonces María, la Madre de Dios, que al principio había
permanecido en silencio, habló y dijo: “Mi Señor e Hijo querido, tú
estuviste en mi vientre como verdadero Dios y hombre. Tú te dignaste
a santificarme a mí, que era un vaso de arcilla. Te suplico, ¡ten
misericordia de ellos una vez más!” El Señor contestó a su Madre:
“¡Bendita sea la palabra de tu boca! Como un suave perfume, asciende
hasta Dios. Tú eres la gloria y la Reina de los ángeles y de todos los
santos, porque Dios fue consolado por ti y a todos los santos deleitas.
Y porque tu voluntad ha sido la mía desde el comienzo de tu juventud,
una vez más cumpliré tu deseo”. Entonces, él le dijo a la Corte
Celestial: “Porque habéis luchado valientemente, por el bien de
vuestra caridad, me apiadaré por ahora.
Mirad, reedificaré mi muro por vuestros ruegos. Salvaré y sanaré
a los que sean oprimidos por la fuerza y los honraré cien veces por el
abuso que han sufrido. Si los que hacen violencia piden misericordia,
tendrán paz y misericordia. Aquellos que la desprecien sentirán mi
justicia”. Entonces, Él le dijo a su esposa: “Esposa mía, te he elegido y
te he revestido de mi Espíritu. Tú escuchas mis palabras y las de los
santos quienes, aunque ven todo en mí, han hablado por tu bien, para
que puedas entender. Al fin y al cabo, tú, que aún estás en el cuerpo,
no me puedes ver de la misma forma que ellos, que son mis espíritus.
Ahora te mostraré lo que significan estas cosas.
La fortaleza de la que he hablado es la Santa Iglesia, que yo he
construido con mi propia sangre y la de los santos. Yo mismo la
cimenté con mi caridad y después coloqué en ella a mis elegidos y
amigos. Su fundamento es la fe, o sea, la creencia en que Yo soy un
Juez justo y misericordioso. Este fundamento ha sido ahora socavado
porque todos creen y predican que soy misericordioso, pero casi nadie
cree que yo sea un Juez justo. Me consideran un juez inicuo. De
hecho, un juez sería inicuo si, al margen de la misericordia, dejara a
los inicuos sin castigo de forma que pudieran continuar oprimiendo a
los justos.
Yo, sin embargo, soy un Juez justo y misericordioso y no dejaré
que el más mínimo pecado quede sin castigo ni que aún el mínimo
bien quede sin recompensa. Por los huecos perforados en el muro,
entran en la Santa Iglesia personas que pecan sin miedo, que niegan
que Yo sea justo y atormentan a mis amigos como si los clavaran en
estacas. A estos amigos míos no se les da gozo y consuelo. Por el
contrario, son castigados e injuriados como si fueran demonios.
Cuando dicen la verdad sobre mí, son silenciados y acusados de
mentir. Ellos ansían con pasión oír o hablar la verdad, pero no hay
nadie que les escuche ni que les diga la verdad.
Además, Yo, Dios Creador, estoy siendo blasfemado. La gente
dice: ‘No sabemos si existe Dios. Y si existe no nos importa’. Arrojan
al suelo mi bandera y la pisotean diciendo: ‘¿Por qué sufrió? ¿En qué
nos beneficia? Si cumple nuestros deseos estaremos satisfechos, ¡que
mantenga Él su reino y su Cielo! Cuando quiero entrar en ellos, dicen:
‘¡Antes moriremos que doblegar nuestra voluntad!’ ¡Date cuenta,
esposa mía, de la clase de gente que es! Yo los creé y los puedo
destruir con una palabra. ¡Qué soberbios que son conmigo! Gracias a
los ruegos de mi Madre y de todos los santos, permanezco
misericordioso y tan paciente que estoy deseando enviarles palabras
de mi boca y ofrecerles mi misericordia. Si la quieren aceptar, yo
tendré compasión.
De lo contrario, conocerán mi justicia y, como ladrones, serán
públicamente avergonzados ante los ángeles y los hombres, y
condenados por cada uno de ellos. Como los criminales son colgados
en las horcas y devorados por los cuervos, así ellos serán devorados
por los demonios, pero no consumidos. Igual que las personas
atrapadas en cepos no pueden descansar, ellos padecerán dolor y
amargura por todas partes.
Un río de fuego entrará por sus bocas, pero sus estómagos no
serán saciados y su sed y suplicio se reanudarán cada día. Pero mis
amigos estarán a salvo, y serán consolados por las palabras que salen
de mi boca. Ellos verán mi justicia junto a mi misericordia. Los
revestiré con las armas de mi amor, que les harán tan fuertes que los
adversarios de la fe se escurrirán ante ellos como el barro y, cuando
vean mi justicia, quedarán en vergüenza perpetua por haber abusado
de mi paciencia”.

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