12.10.10

El autobús conducido por San Miguel

Esta historia fue recogida en los periódicos y la completamos aquí con informaciones de algunos testigos del hecho, creemos que de principios de los años 80:
Volvía a León un autobús de peregrinos que había ido a Fátima; algunos de ellos en realidad no lo eran sino que habían ido por el placer de viajar y su actitud era en todo momento burlona y de molestia para el resto de viajeros devotos. El conductor se sumió en la inconsciencia y en ese momento unas manos diferentes a las suyas gobernaban el autobús, girando el volante y moviendo la palanca de cambios, yendo a una gran velocidad; pronto todos se dieron cuenta del hecho extraordinario, con el conductor inconsciente a quien no había manera de despertar; pero dos muy distintas fueron las sensaciones de los viajeros, los que fueron por devoción sentían que el autobús marchaba como una seda, iba siempre en recto por más que fueran evidentes las curvas, mientras los otros estaban aterrorizados porque para ellos todo eran giros brutales y a cada momento pensaban estrellarse.
Finalmente el autobús quedó como en suspenso al borde de un precipicio, de modo que no había manera de bajar sin riesgo, y en éstas el conductor, llamado Juan, despertó de su letargo, vio la situación y teniendo alguna experiencia sobrenatural comprendió que su sustituto al volante era el arcángel San Miguel y le dijo: Tú que nos has traído hasta aquí, sácanos de aquí.
Iba con los peregrinos un canónigo de León ya fallecido, don César Trapiello -tío del conocido escritor Andres Trapiello- quien redactó un escrito para memoria del hecho a dar a todos los viajeros, pero este escrito fue divulgado a la prensa, por alguno de los viajeros sin devoción, nada más llegar a León y enseguida se difundió la información copiándola varios diarios. No es que los medios de comunicación creyeran en ello naturalmente, pero estaban en sequía informativa y trataron el caso como quien informa de avistamientos ovnis. Fue tal el acoso periodístico que el canónigo don César tuvo que salir de la ciudad a escondidas, y sobre él se cargaron las culpas de todo el alboroto así como le llovieron las más severas reprimendas eclesiásticas. No era un hecho para ser difundido, sino una lección privada, pero quedó como aleccionadora experiencia, premio para los buenos y castigo para los malos peregrinos.

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