28.10.10

Las apariciones bajo el esquema de la Pasión del Señor

El evangelio es historia y profecía a la vez. En él destaca la Pasión del Señor y en ésta se registran las pautas de reacción de las gentes y los poderes que son las mismas que podemos detectar en cuanto a las apariciones, mariofanías y epifanías. Primero, el pueblo en sus dos ramas, el arrastrado por los dirigentes y el pueblo bueno, el que comprende que todo lo que se le hace al Señor es malicia y se compadece de él, pero está impotente para hacer nada sino gestos compasivos precarios. Luego están los poderes civiles y eclesiásticos, ellos se dividen en tres ramas, los buenos, una exigua minoría, pero también impotentes y sólo capaces de actuar en secreto, como Nicodemo, luego los cómodos que no quisieran molestias de ningún tipo, ni a favor ni en contra de las apariciones, pero que se ven instados por los malvados y toman decisiones contrarias intentando salvar la cara y ocultando como pueden su cobardía ante las gentes, y en tercer lugar, los agentes del mal directos perseguidores y azuzadores de todos los demás que tienen algo de poder para arrastrarles a la condena por acción u omisión.
Este esquema se dio también  perfectamente en el caso de Santa Juana de Arco. Los poderosos malvados, los poderosos cobardes cómodos y los buenos impotentes, y en la lejanía el pueblo, dividido entre los ingratos olvidadizos y los compasivos que no pueden tampoco hacer nada directo.
Las jerarquías eclesiales se dividen así también según este esquema, igual que las autoridades civiles. Los nicodemos que deben actuar en secreto por miedo a aquellos colegas prepotentes, implacables contra las apariciones y lo que ellas significan.
Pero todo esto no es para hacer nacer resentimientos, de algún modo hay aquí un guión sobrenatural, en esas reacciones tan predecibles y reiteradas. Pensando en qué razones positivas puede haber para algo tan desagradable como es la inconcebible oposición de los directamente servidores del templo, no se nos ocurren otras sino generar en los buenos una superior adhesión, aquella que resulta de la compasión, de ver a la justicia perseguida, humillada, arrinconada, y no a cualquier justicia y figura, sino a la mismísima suprema bondad divina que se manifiesta. El fruto de las a primera vista reacciones que tanto anonadan es el del amor a Dios y a su Madre, un amor que no sería el mismo si sólo los viéramos triunfantes; sólo los de corazón cierto se acercarán a quien sufre, los demás quedarán detenidos, y se hará una criba de almas.
Pero lo dicho no significa que sin más los que entran a la aceptación del don celestial manifestado públicamente, quedan justificados; en ellos trabajará el infierno no menos que entre las jerarquías opositoras, e incluso mucho más; ante todo hay que seguir el mandamiento de la caridad, no al resentimiento que surge por haber hecho causa propia con el Cielo perseguido, negado, humillado por sus mismos sirvientes directos, y atender a la manera de ver de Cristo: sólo son ciegos, aturdidos, inconscientes que no saben lo que hacen, en el plano de la conciencia sobrenatural en ese espacio donde sólo vale la inteligencia celestial. Y desde luego, evitar a toda costa reproducir el esquema farisaico, crear un nuevo poder que marca límites y se apropia de la poshistoria de los hechos divinos.

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