22.10.10

Vida cristiana sin epifanía: de cabeza al pelagianismo

Las gentes de militancia eclesial y muchos clérigos, incluidos los de mayor ortodoxia, tienen un programa de exclusión de las epifanías del presente, aunque acepten las del pasado. Esto lleva siendo así desde el final de la era de las grandes madres de la iglesia del siglo XIII, como Santa Matilde o Santa Hildegard. La epifanía debe quedar confinada al secreto más escondido, alguna vez, rara vez es admitida. Pero lo que tiene todo el clamor de validez es el espiritualismo sacrificial, sin preguntarse nunca si sus aplicaciones que dependen de cada cual, o del movimiento u orden, se realizan conforme al mínimo buen sentido sobrenatural. Y así todo se va en que hay que comprometerse, en que estamos acomodados, en que no hacemos lo que tenemos que hacer, en que es nuestra la culpa de todo lo que pasa. El efecto es una vida cristiana del todo deprimida, donde los únicos que no parecen deprimidos son los que tienen suficiente narcisismo para reinar sin complejos sobre los otros. Es ni más ni menos que el efecto malísimo del pelagianismo, o activismo como totum. Y estos jefes reinantes son los que martillean en sermones al pueblo, a las monjitas, a los grupos de activismo el pelagianismo, el culpabilismo, la desmoralización.
No se ve por ningún sitio un programa eclesial que haya sido elaborado desde el Cielo, simplemente se supone que si nace de la reunión eclesial sin más ya está santificado. Ahora mismo se quiere activar la nueva evangelización de los países casi excristianos. Pero eso a la vez que se mantienen amordazada de cara al pueblo las voces del Cielo.
Primero hay que evangelizar a estos pobres del interior de la iglesia conducidos al desierto por malos pastores, que quitan de su vista y oído las voces celestiales y las ensordecen con pelaganismo y fariseismo muy biblista pero antiJesús (por antonomasia están aquí las sectas evangélicas, claro está, que son las que estrenaron esta tristísima espiritualidad hace ya quinientos años, como fruto de aquella primera era de exclusión de las manifestaciones celestiales de final de la edad media).
Ciertamente es muy cómodo excluir las voces celestiales, voces que suenan con la voz humana; esas voces nos ponen por delante un modo de acción por completo distinto al nuestro; recordemos el caso de San Francisco y cómo de inmediato los seguidores desviaron al fariseismo su fundación, el franciscanismo. Parece que la desviación pelagiana y la supresión de las voces celestiales sean parte ineludible del guión del sobrenatural, sin duda tienen su función, como el demonio tiene la suya, que es primero venir a consecuencia de nuestras iniquidades y luego contribuir con su persecución a santificar a las voces y a quienes las aceptan.
Es cómodo hacer caso omiso de las voces y es cómodo estar del lado de los perseguidores de las mismas; mensajes duros de oir y portavoces de una gran rudeza y fallas difíciles de asumir. Pero si se quiere el mensaje, si se quieren sobre todo sus frutos que es la guía directa del Cielo, indispensable para no obrar rematadamente mal, hay que pasar por la puerta estrecha, que son los portavoces de humanidad indigesta. Al fin y al cabo los portavoces del pelagianismo, tan dulces a la vista y a la mente, tan aceptables y aportadores de prestigio, son mucho más amargos y llevan a un desierto lleno de cardos y espinas y cuidado si no llevan a la muerte.

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