7.4.11

La Virgen clandestina en su propia iglesia

Se ha dicho que la Virgen es la gran desconocida en la mismísima Iglesia, de sobra conocida y en el fondo desconocida. Cierto que ahí están la multitud de santuarios, con siglos de historia, pero ninguno de ellos hubiera sido levantado en el presente, porque todos ellos tuvieron origen en apariciones que hoy hubieran sido desestimadas por completo siempre sujetas a serios reparos si no es por unos es por otros, mucho menos para implicarse ningún órgano eclesial en su construcción.
Ni los más exquisitos ámbitos espiritualistas dan la menor oportunidad a la Virgen de la manifestación fuera de las cuatro apariciones clásicas aceptadas. Todo debe ser confinado a la conciencia, a la subjetividad, nada debe ser emitido, prefiriéndose a todas luces el moralismo, el discurso humano basado en el deber hacer, bien en sacrificio ascético o bien en sacrificio altruista.
En estas condiciones se condena a la mismísima Madre de Dios a la clandestinidad en su propio Reino, el de la iglesia. No le estorba esto en absoluto ya que tiene libertad para ir y venir como no podía ser menos ya que está más allá del escrutinio humano -algo bueno tenía que tener nuestra crasa materialidad- y queda abierta a la percepción del sufriente.
Pensamos que el mundo católico de antes era el mejor de los mundos, sin embargo ya entonces estaba bien cerrada la puerta, a cal y canto, a la manifestación de María y que haya habido excepciones de reconocimiento no obsta a que el conjunto de ellas que se cuentan por miles hayan sido confinadas a grupos de seguidores abandonados a su suerte, condenados a vivir un clima de clandestinidad práctico con respeto al mainstream eclesial.
Los sacerdotes tienen vedado mostrar ningún interés, serían apartados de sus puestos por celosos obispos guardianes de la clandestinidad mariana; y en consecuencia los sacerdotes tienen por peligrosísimas las manifestaciones marianas y a sus testigos. Defenderían el diálogo interreligioso pero nunca el diálogo marial. Y cuentan además con la frecuente precariedad de los testigos, en cultura, prestancia física e incluso cualificación moral. La negación es facilísima y decirle al testigo que se quite esas "cosas" de la cabeza. Ninguna persona más eficaz hoy para combatir la manifestación marial que el sacerdote, no por teología o racionalidad, sino por la amenaza a su modus vivendi. Y esto no es serio. No merece la pena ser sacerdote si no se tiene este mínimo de honestidad de conciencia. Vivir esta dualidad es dañino, la dualidad de tener la profesionalidad sacerdotal que incluye la fe en María, y a la vez ser el mejor obstaculizador del acceso a Ella.
No dejan de servir a la economía divina desde luego, ya que nada escapa a ello. Sirve para que el espacio de María esté libre de pretenciosos de la honra humana, también de la eclesial (aunque siempre queda la honra intragrupal fuera de lo jerárquico) y que esta clandestinidad sea tan coherente con la vida de desprecio que llevan la mayoría de quienes acuden a María, que acuden precisamente porque la sienten una como ellos, la gran marginada, la gran despreciada, la confinada fuera de las murallas por los selectos, por los grandes, por los tenidos socialmente en cuenta, socialmente, esto es por las organizaciones eclesiales.

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