1.6.11

Qué hacer ante el silencio u oposición sacerdotal ante los carismas

Es necesario en primer lugar reconocer que los sacerdotes tienen el máximo de los carismas, que es el de hacer presente por la consagración al mismo Dios en la persona de Jesús, gracias a ellos El tiene en nosotros una nueva encarnación. Y además de esto la grandeza de todos los sacramentos y sacramentales es operativa gracias a ellos, ahí es nada la confesión o el bautismo.
Ahora bien, la libertad de Dios actúa con sus carismas en personas no consagradas, y esto que es teóricamente aceptado por la teología, no es aceptado en la práctica cuando el sacerdote tiene ante sus ojos al carismático; hay mucho que se opone a que lo acepte, al fin y al cabo el sacerdote es persona común y tiene miedo al sobrenatural que no pasa por la vía sacramental, que es con la que Jesús se apiada de nuestro temor y se puede hacer presente sin que echemos a correr. El sacerdote tiene miedo de sus superiores, que pueden truncar su carrera, que le pueden dañar, pero también tiene miedo a las propias personas carismáticas, siente repulsión por ellas, una repulsión de orden humano, porque a menudo son escogidas por Dios como "puertas estrechas", donde se une lo sublime y la tosquedad extrema, personas que no serían admitidas en ningún circulo de cristianos amables, cultos, "sensatos" y por supuesto bien pertrechados de la prevención total contra el carismático.
Hay casos en que ciertamente sacerdotes admiten al carismático y colaboran con él o por él e incluso en estos casos no se sabe muy bien quién es más cruz para quién (pensemos sólo en Santa Teresa y sus confesores). Lo bueno sería una relación de caridad, algo tan simple como esto. El sacerdote tiene función de acrisolar al carismático una vez que no tiene caridad hacia él, convirtiéndose en una más de las instancias de persecución vinculadas a la misión profética, lo que de todos modos no autoriza en modo alguno a faltarle al respeto que Dios quiere para con sus ministros.
Un resonante efecto del maltrato de exclusión que se dirige a los místicos populares es el de hacerles pensar que puesto que los representantes de la iglesia se apartan de ellos, en repulsión manifiesta, piensan que quizá tengan razón al fin y al cabo y que lo suyo sean "cosas" de psiquiatra o malignidad sobrenatural. Es por eso que Santa Teresa pudo exclamar muy contenta en sus últimos momentos: "al fin muero hija de la iglesia"; claro, no lo hubiera dicho si no se le hubiera negado el pan y la sal teológica. Pues del mismo modo, los místicos populares deben superar el temor de que se encuentren fuera de la iglesia. La iglesia es del Señor, El es la Iglesia, y los demás son representantes, dejando de ser maestros de la verdad cuando atienden a miras humanas y a celos de emulación, sin querer entrar por la puerta estrecha.
María Valtorta es muy inspiradora sobre la relación con los sacerdotes-vaya por delante que aceptarla no es ir contra el juicio de la Iglesia, argumento por el cual muchos la repudian- En el libro "Libro de Azarías", que debiera ser libro de cabecera de todo carismático extraordinario, escrito al dictado de su ángel custodio, éste dice lo siguiente: "Por más que a fuerza de insistir en querer que se reconozca el origen sobrenatural de la obra, llegases a conseguir que ya nadie la pusiera en tela de juicio, me refiero a los sacerdotes, déjales hacer. De tres cosas habrán de responder ante Dios, de no haber reconocido la Palabra, de haber escandalizado a muchas almas y de haber faltado contigo a la caridad y faltado igualmente con los que tienen hambre de la Palabra para quienes usando con ellos de misericordia, dictó la obra Jesús Santísimo. Por lo que a ti respecta, al querer hacer lo que Dios quiere, ya has cumplido por más que no se te haya dejado hacer. Has cumplido a los ojos de Dios, tanto como portavoz como ejecutora de las órdenes de Dios. Esto te debe bastar. Por lo demás y por lo que hace a otros, piensa en Dios".

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