9.4.12

Carismas comunes y extraordinarios

Resulta sorprendente que nunca antes del Vaticano II se hubiera suscitado oficialmente la cuestión de los carismas. Tuvo lugar en el concilio un debate entre el cardenal Ruffini y el cardenal Suenens (protector de la llamada Renovación carismática), donde aquél exponía que los carismas tenían carácter extraordinario, mientras que el segundo defendía que eran ordinarios, practicados por ejemplo por los colaboradores parroquiales en cualquier de sus servicios. El debate lo ganó Suenens.
Desde entonces se considera que los carismas son asunto común, cualquier actividad eclesial se considera carismática, incluso si no se usa este término. El Vaticano II contempló que todo el pueblo de Dios colaboraba en la profecía, que el bautizado era profeta si anunciaba el evangelio de un modo u otro, y términos como denuncia profética se hicieron comunes.
El carisma es don del Espíritu Santo, y la profecía es uno de sus dones. Sin embargo existe una cierta confusión porque hay dos dimensiones del carisma y de la profecía, una en sentido amplio y otra en sentido estricto. En sentido amplio es obvio que cualquiera que evangelice, que anuncie que Jesús es Señor por ejemplo, ya está haciendo profecía, cualquiera que ayude a la evangelización participa de una acción profética.
Pero en sentido estricto, el carismático ha recibido un don extraordinario, y la profecía es anuncio de acontecimientos específicos que ningún profeta en sentido común, es decir el simple fiel o el eclesiástico, puede hacer.
En la Biblia cuando se habla de profetas es siempre en sentido estricto. Son elegidos para una tarea extraordinaria que los coloca extramuros sistemáticamente del común de fieles o pastores. Y si bien puede haber aceptaciones puntuales, por lo general el carismático extraordinario recibe el rechazo de la gente común pagana pero también de la gente fiel común. Y es generalmente esto lo que define al carismático, profeta, vidente, la persecución o como mínimo la evitación de sus compañeros de fe.
Podemos lamentar esa evitación que es común entre fieles y pastores, sin embargo, ellos ejercen una función en su propio rechazo, la de la persecución en el interior eclesial y en el exterior común.
Los carismas comunes pueden, es más, deben ser pretendidos, buscados, son los carismas del Espíritu Santo, que ayudan a insertar y desarrollar cualquiera de las virtudes celestiales y temporales. Pero los extraordinarios no son para todos. No hay que borrar la distinción entre comunes y extraordinarios, como parece que entendieron bastantes de los que inauguraron el carismatismo eclesial que hoy conocemos, con el cardenal Suenens a la cabeza.
Los carismas extraordinarios son fruto de una elección divina, El designa al profeta, lo elige, y corrobora su actividad fiel con ayuda extraordinaria como milagros, y otros signos y naturalmente El puede usar la mediación de la iglesia, por ejemplo para la elección de exorcistas. Pero ay del que pretende llegar directamente a disfrutar del don extraordinario, que por mera imposición de manos de cualquiera que haya tenido a su vez imposición de manos, entra en posesión del don. Puede que lo tenga, pero como cosa no iniciada por Dios, sino adquirida por fuerza sobre El, no le acompañarán los beneficios de ayuda que tiene el elegido para vidente, profeta, carismático por Dios mismo.
Los carismas sobrevienen una vez que se está en un marco de piedad, de clima de aceptación de Dios y de su poder comoquiera que éste se desenvuelva, sin ponerle medidas de prejuicio. A algunos dentro de ese clima el Espíritu Santo los elige para los dones extraordinarios y los ayudará a sobrellevarlos, y también sobre todo los dispondrá para hacerlos más y más semejantes a Jesús, lo que incluye la tan común exclusión soterrada de los generales compañeros de fe.
Y por cierto, no se ve que se pueda estar en clima de Espíritu Santo cuando se considera a María, como la hermana María, como la María simplemente devocional, sino como María esposa del mismo Espíritu Santo y por si fuera poco lo anterior, teniendo entropecido la elemental virtud de entendimiento sobre la grandeza y dimensión de Madre del mismísimo Dios.

No hay comentarios: