30.7.12

El milagro de la cinta escarlata. ¿Hacia el nuevo templo de Jerusalen?


Con la destrucción del Segundo Templo en el año 70 DC, el pueblo
judío perdió la habilidad de realizar sacrificios para el perdón de los
pecados. Sin embargo, de acuerdo con la cristiandad, la eficacia de
estos sacrificios debió haber terminado al momento de la crucifixión,
unos cuarenta años antes. Ya que desde entonces, la Antigua Alianza
fue reemplazada por la Nueva Alianza, cuando Jesús derramó su sangre
de una vez por todas para el perdón de los pecados. La Carta a los
Hebreos lo pone de esta manera:
La primera alianza tenía una liturgia y un santuario como los hay
en este mundo... A continuación detrás de la segunda cortina hay
otra habitación, llamada el Lugar Santísimo... en la segunda
habitación entra el sumo sacerdote una sola vez al año y nunca sin
English: Jerusalem, Bar Mitzvah at the Western...
Jerusalem, Bar Mitzvah at the Western Wall
la sangre que va a ofrecer por sus extravíos y por los del pueblo...
Estos alimentos, bebidas y diferentes clases de purificación por el agua son ritos de hombres, y solamente valen hasta el tiempo de la
reforma.
Cristo vino como el sumo sacerdote adquiere para nosotros los nuevos dones de Dios, y entró en un santuario más noble y más perfecto, no hecho por hombres, es decir, que no es algo creado. Y
no fue la sangre de chivos o novillos la que le abrió el santuario, sino su propia sangre, cuando consiguió de una sola vez la liberación definitiva. La sangre de chivos y de toros y la ceniza de ternera, con la que se rocía a los que tienen alguna culpa, les dan
tal vez una santidad y pureza externa, pero con toda seguridad la
sangre de Cristo, que se ofreció a Dios por el Espíritu eterno como
víctima sin mancha, purificará nuestra conciencia de las obras de
muerte, para que sirvamos al Dios vivo.... Pues ahora no se trata de
un santuario hecho por hombres, figura del santuario auténtico,
sino que Cristo entró en el propio Cielo, donde está ahora en
presencia de Dios intercediendo por nosotros... Cristo, por el
contrario, ofreció un único y definitivo sacrificio...Su única
ofrenda lleva a la perfección definitiva a aquellos que son
santificados. (Hebreos 9:1-10:14).
Ambos el Talmud y el Zohar36 contienen relatos de cómo, en los días
del Templo, el sumo sacerdote, una vez al año - en Yom Kippur, o Día
de la Expiación - entraba en el Lugar Santísimo y ofrecía un sacrificio
por el perdón de los pecados de todo Israel. Ambos libros mencionan el
“milagro de la cinta escarlata” en el cual una cinta escarlata se volvería
blanca milagrosamente, como señal de que Dios había aceptado el
sacrificio. Según el relato en el Zohar )Vayikra, Sección 3, abreviado):
Todos los pecados son removidos ... en este día, las manchas del
alma y del cuerpo... Todas ese día... Dios hace penitencia por
Israel y los purifica de todos sus pecados y no son acusados ante
Él... En este día el sacerdote... hace penitencia por él y por su casa
y por los sacerdotes y por todo Israel... Y sabían, mediante una
cierta cinta escarlata, si el sacerdote había tenido éxito... Se sabía
si el color de la cinta cambiaba a blanco, que había júbilo en lo alto
y en lo bajo. Si no, todos quedaban acongojados, sabiendo que su
oración no había sido aceptada.
El que la cinta escarlata se convirtiera en blanca era el signo de que
Dios había aceptado el sacrificio y perdonado al pueblo judío de sus
pecados (aunque sus pecados sean como escarlata, quedarán blancos
como la nieve; aunque sean rojos como púrpura, se volverán como lana
blanca - Isaías 1:18). Sin embargo, el mismo Talmud reporta que
cuarenta años antes de que el Templo fuera destruido, este gran
milagro, que confirmaba la aceptación divina del sacrificio del
sacerdote, dejó de ocurrir. El pasaje del Talmud dice (Rosh Hashanah
31b):
Originalmente, se acostumbraba amarrar la cinta escarlata en la
parte de afuera de la puerta del Templo. Si se volvía blanca el
pueblo se alegraba, y si no se volvía blanca se entristecían... Por
cuarenta años antes de la destrucción del Templo la cinta nunca se
volvió blanca, sino que permaneció roja.
La destrucción del Templo ocurrió alrededor del año 70 DC; es decir,
que el milagro dejó de ocurrir alrededor del año 30 DC, precisamente
cuando tuvo lugar la crucifixión - la crucifixión que remplazó los
sacrificios del Antigüo Testamento por el de Jesús en la Cruz.

El milagro de la cinta escarlata, y el hecho que cesara de ocurrir alrededor del año 30
DC también se recuentan en Yoma 39b.

(Del libro de Roy Schoeman, converso: La salvación viene de los judíos)

EPÍLOGO: Mi conversión
Crecí como judío en un suburbio de clase media en la ciudad de Nueva
York; soy un hijo de refugiados judíos que habían huido de Alemania a
comienzos del régimen de Hitler. Mis padres eran activos en la
congregación “conservadora” local y, comparado con el promedio
americano, tuve una educación judía bastante religiosa. Asistí a estudios
de religión después de la escuela, desde el primer grado hasta que llegué
a la universidad. Tuve un Bar Mitzvah, y frecuentemente aunque no
siempre, asistía a los servicios del Sabbath y a las fiestas religiosas
judías. Crecí en contacto cercano con rabinos extraordinarios, quienes
por la gracia de Dios me fueron dados para mi formación religiosa.
Hasta luché con la idea de que yo pudiese tener una “vocación
religiosa”. Durante las vacaciones de verano después de terminar mis
estudios secundarios y antes de comenzar la universidad, me la pasé
viajando por todo Israel con un rabino hasídico carismático y “místico”,
el Rabino Shlomo Carlebach; éste todas las noches ofrecía un
“concierto” que era en realidad una arrobadora sesión de adoración y
alabanza hasídica. Por un momento pensé en quedarme en Israel para
estudiar en alguna de las yeshivas ultra ortodoxas que allí existen (y que
constituyen lo más cercano a la “vida religiosa” dentro del judaismo)
pero regresé para iniciar mis estudios en M.I.T. [Massachusetts Institue
of Technology] en matemáticas y ciencias de la computación. En la
universidad traté inicialmente de mantener mi fervor religioso, y
participaba activamente en una congregación neo-hasídica local, pero
pronto caí en la moral y en la mentalidad más típicas de M.I.T. Existe
una estrecha relación entre la intimidad con Dios y el mantenimiento de
la pureza de mente y de conducta. Aunque al principio Él no parezca
estricto en sus reglas – como forma que Dios utiliza para atraernos hacia
Él - tarde o temprano no podremos experimentar la consolación que
proviene de una intimidad con Él sino si no se juega según Sus reglas. A
medida que abandoné Sus reglas, perdí tal intimidad. Al final de la
universidad, la alegría de la oración se había vuelto un recuerdo
abstracto, y me había sumergido casi completamente en los caminos del
mundo. Después de algunos años trabajando como diseñador de sistemas
de computación, decidí entrar a la Escuela de Negocios de Harvard para
hacer una maestría en Administración de Empresas (M.B.A.). Merced a
un desempeño excepcional, fui invitado a formar parte de la facultad con
el fin de dictar clases, a la vez que para continuar mis estudios con miras
al doctorado; todo ello estaba en últimas encaminado a obtener la
designación como profesor permanente de Harvard.
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Mientras que sucedía todo ésto, había no obstante en mi vida una
dimensión más profunda sin resolver. Al perder contacto con Dios,
también perdí el sentido de propósito y dirección en mi vida. En cada
disyuntiva escogía el camino de menor resistencia, el camino que a los
ojos del mundo constituía el éxito (y el estar en mis treintas, en la
facultad de la Escuela de Negocios de Harvard era visto como “tener
éxito”). Sin embargo, a medida que alcanzaba cada logro me encontraba
con un sentimiento cada vez más profundo de vacío, de falta de sentido
en lo que lograba. Ya para ese entonces, después de cuatro años de
haber iniciado el camino hacia la obtención de la designación como
profesor permanente, me sentía interiormente abrumado por una
carencia de propósito que rayaba en la desesperación. (Yo no era el
único que me sentía así. Un colega en la facultad, profesor permanente y
jefe de departamento, me confió que al día siguiente de recibir la tan
anhelada designación, como culminación a más de una década de
esfuerzos, casi renunció, abrumado por un sentimiento de vacío y de
carencia de sentido en aquello por lo cual había luchado tanto.) A pesar
de que hacía mucho tiempo yo había abandonado la vida de oración, mi
fuente primaria de consuelo durante este periodo consistía en largas
caminatas solitarias en medio de la naturaleza. Fue en una de estas
caminatas que recibí la gracia más especial de mi vida.
Era temprano en una mañana a principios de junio, durante un descanso
que me había tomado entre semana para pasar dos o tres días junto al
mar en Cape Cod antes que llegaran las multitudes del verano. Estaba
caminando por la playa, en las dunas entre Provincetown y Truro,
solitario, junto a las aves que cantaban antes de que el resto del mundo
despertara, cuando, a falta de mejores palabras, “caí en el cielo”. Me
sentí, casi consciente y físicamente en la presencia de Dios. Vi pasar mi
vida frente a mí, viéndola como si estuviera repasándola en la presencia
de Dios después de la muerte. Vi todo lo que me agradaría y todo lo
que me pesaría de mi mismo. Me dí cuenta en un instante, que el
significado y el propósito de mi vida era amar y servir a mi Señor y
Dios. Vi cómo Su amor me envolvía y me sostenía en cada momento
de mi existencia. Vi cómo cada cosa que hacía tenía un contenido
moral, para bien o para mal, y conllevaba una importancia muchísimo
mayor de lo que me hubiese imaginado. Vi cómo todo lo que había
acontecido en mi vida había sido lo mejor que me hubiera podido
suceder, y que había sido preparado para mi bien por un Dios todo bien
y todo amor - especialmente aquellas cosas que me habían causado más
sufrimiento en el momento en que sucedieron. Vi que los dos mayores
remordimientos al momento de mi muerte serían, por un parte todo el
tiempo y la energía desperdiciadas pensando que no era amado –
cuando en realidad a todo momento de mi existencia me encontraba
sumergido en el insondable mar del amor de Dios – y por la otra cada
una de las horas que había desperdiciado sin hacer nada de valor a los
ojos de Dios. La respuesta a cualquier pregunta que me hacía
mentalmente me era respondida instantáneamente. Es más, no podía
preguntarme nada sin que no supiera en seguida la respuesta; ello
sucedía tan solo con una excepción de gran importancia: el nombre de
este Dios que se me revelaba como el significado y el propósito de mi
vida. No pensé en Él como el Dios del Antigüo Testamento a quien
llevaba en mi imaginación desde mi infancia. Oré para que me revelara
su nombre, para saber qué religión debía seguir, para poder servirlo y
adorarlo debidamente. Recuerdo haber orado diciendo: “Permíteme
conocer tu nombre - no me importa si eres Buda y tengo que hacerme
budista; no me importa si eres Apolo y tengo que convertirme en un
pagano romano; no me importa si eres Krishna y tengo que convertirme
en hinduista; ¡mientras que no seas Cristo y tenga que volverme
cristiano!” Esta profunda resistencia hacia al cristianismo estaba basada
en un sentimiento de que el cristianismo era el “enemigo”, la
perversión del judaísmo, la causa de sufrimiento de los judíos durante
dos mil años. Como resultado, este Dios que se había revelado a mí en
la playa y que había escuchado mi oración acerca de conocer su
nombre, también había escuchado – y respetaba - mi rechazo a
conocerlo. De modo que en aquel momento no me dió respuesta alguna
a dicha pregunta.
Volví a mi casa en Cambridge y a mi vida ordinaria. Sin embargo todo
había cambiado. Pasaba todas mis horas libres en búsqueda de este
Dios, en silencio en medio de la naturaleza, leyendo, y preguntando a
otros sobre estas experiencias “místicas”. Como me encontraba en
Cambridge, en la década de 1980, era inevitable el caer en algunas de
las sendas de la Nueva Era; terminé leyendo primordialmente escritos
espirituales hinduistas y budistas. Sin embargo, un día, caminando en la
plaza Harvard, me llamó la atención la carátula de un libro en la vitrina
de una tienda. Sin saber nada del libro ni de su autor compré dicho
libro: “El Castillo Interior”, escrito por Santa Teresa de Avila. Lo
devoré, encontrando en él un gran alimento espiritual; más sin embargo
aún no creía en lo que allí se proclamaba como verdades del
cristianismo.
Continué en esta búsqueda ecléctica e indiscriminada por espacio de un
año. El día exacto en que se cumplió un año de mi experiencia en la
playa, recibí la segunda gracia extraordinaria de mi vida. Admito con
franqueza que, en cuanto a los aspectos externos, lo que me aconteció
fue un sueño. No obstante, cuando me quedé dormido sabía muy poco
de lo que era el cristianismo y tampoco profesaba simpatía alguna por
él. Pero cuando desperté, me sentía completamente enamorado de la
Santísima Virgen María y no deseaba otra cosa que volverme tan
cristiano como fuera posible. En el “sueño”, fui conducido a una
habitación y se me concedió una audiencia con la joven más bella que
jamás hubiese podido imaginar. Sin cruzar palabra, sabía que era la
Santísima Virgen María. Ella estuvo de acuerdo en contestar cualquier
pregunta que le hiciera; recuerdo que me encontraba allí, barajando en
mi mente varias posibles preguntas, y haciéndole cuatro o cinco de
ellas. Me las contestó; entonces me habló por varios minutos y luego
terminó la audiencia. Mis recuerdos y mi sensación de lo sucedido son
como si aquello hubiese sucedido estando completamente despierto.
Recuerdo todos los detalles, incluyendo naturalmente las preguntas y
las respuestas; pero nada se compara con lo más bello de aquella
vivencia: el sentimiento de éxtasis que experimenté al estar en
presencia de Ella, en la pureza e intensidad de su amor.
Cuando desperté, como ya mencioné, me sentía completamente
enamorado de la Santísima Virgen María y sabía que el Dios que se me
había revelado en la playa era Cristo. Todavía no sabía casi nada del
cristianismo, y no tenía ni idea de la diferencia entre protestantes y
católicos. Mi primera incursión en el cristianismo fue en una iglesia
protestante, pero cuando toqué el tema de María con el pastor, su
rechazo hacia ella me hizo pensar: ¡me voy de aquí! Mientras tanto, mi
amor por María me inspiraba a pasar el tiempo en santuarios marianos,
especialmente los de Nuestra Señora de La Salette (en el de Ipswich,
Massachusetts y en el de la aparición original en los Alpes franceses)1.
Por fuerza me encontré con frecuencia en misas, y aunque todavía no
creía en la iglesia católica, sentía un intenso deseo de recibir la
Comunión. Cuando me acerqué por primera vez a un sacerdote y le
1La Bienaventurada Virgen María se apareció a dos pastorcitos en lo alto de los Alpes
franceses en 1846, dándoles un mensaje de oración y arrepentimiento. La aparición,
tomó el nombre del poblado más cercano, y se le conoce como “Nuestra Señora de La
Salette”. Para una descripción, ver por ejemplo, Jean Jouen, A Grace Called La Salette
(La Salette Publications, Attleboro, Mass., 1991), o Hno. Francis Mary Kalvelage, F.I.,
Marian Shrines of France (Academy of the Immaculate, New Bedford, Mass., 1998).pedí que me bautizara, todavía no tenía ninguna creencia católica.
“¿Por qué quieres ser bautizado?” Molesto, contesté: “¡porque quiero
recibir la Comunión y ustedes no me dejan si no estoy bautizado!”
Pensé que me agarraría de la oreja y me echaría de allí; pero por el
contrario, me dijo: “Ajá, ese es el Espíritu Santo en acción”

Todavía tuve que esperar varios años y madurar en mi fe antes del
bautismo, pero durante ese tiempo mi amor por María y mi sed por la
Eucaristía me guiaron como una brújula, hacia mi meta. Le estoy
infinitamente agradecido a Dios por mi conversión; le estoyinfinitamente agradecido por las personas que puso en mi camino, y le
estoy particularmente agradecido por la oportunidad de escribir este libro.
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