13.9.12

Caída del imperio zarista y qué tiene que decirnos hoy

En la historia material se expone la cadena de hechos que llevaron al fin de los Romanov, su trágica muerte colectiva y el inicio del nuevo imperio soviético.
Pero en perspectiva más espiritual hay que destacar cómo la Escritura enseña que el destino de monarquías, dinastías y reinos está determinado por la violación previa de la voluntad divina durante mucho tiempo. Cuando ocurre esa caída es porque ha sido precedida por largo tiempo de violaciones que enciende el desencadenamiento de la devastación y el inicio de nuevos reinados opresores.
Así fue para la dinastía y monarquía francesas, largamente amonestadas por siglos por los profetas y videntes de cada época, como san Juan Eudes en el siglo XVII. Y así fue también para los Romanov.
¿Qué violaciones fueron ésas? La insoportable ocupación del trono humano y del trono divino; cuando las gentes caían arrodilladas ante el Zar caían en una idolatría, más aún porque el zar era el autoproclamado jefe espiritual de la iglesia ortodoxa de Rusia. Véase en la foto cómo tiene los mismos atributos que Cristo Rey. Y en consonancia con la autodivinización, la creación del paraíso en la tierra que fueron los fabulosos palacios para disfrute de la familia imperial.

La deriva de la ortodoxia desde que se produjo el cisma de Oriente fue en una lógica de no separación del poder terreno y espiritual. Los costes de no aceptar un poder supremo vinculado separadamente han producido la triste historia de Rusia.
Además, Rusia era tenida por sus devotos patriotas en exceso como un alma colectiva, muy superior a los otros pueblos y confirmada -creían ellos- en esa superioridad por Dios mismo. Era una reproducción en la historia de los sueños milenarios del judaísmo que no quiso reconocer el reinado de Jesucristo.
Los antecesores de Nicolás II y él mismo no sabían ciertamente la desgracia que acumulaban sobre sus cabezas y peor aún que favorecían la invasión infernal, que luego se extendería a todo el planeta durante el siglo XX.
Una idolatría y una usurpación del poder divino atrajo la final desgracia. No que Nicolai II fuera peor que sus antecesores, de hecho era bellísima persona, así como maravillosos sus hijos y su esposa Alejandra. Pero nadie se yergue por muy alto que suba y mucho poderío que tenga en un trono que no es el suyo, teniendo en cuenta además que ya era inmenso el trono terrenal que recibió.
A todo esto se añadía sobre todo la creación de una burbuja de felicidad y de semiparaíso para sólo 15 mil cortesanos, con un fasto sin parangón en el mundo, en síntesis de la corte victoriana y de Versalles. Y la pobreza más absoluta de las gentes, con los precedentes de explotación de los pobres hasta límites inconcebibles, como había hecho el zar Pedro I en cuya construcción de su nueva capital de San Petersburgo había inmolado un número incalculable de personas, mayor que la de ninguna guerra en el pasado, a las que se obligó a drenar el barro con sólo sus manos y transportarlo en su propia vestimenta.
Nada de esto disculpa a los verdugos ni a su régimen, sólo que al igual que las historias de los reyes de Israel sirven de lección, esta gran catástrofe, más aguda por haberse cebado en una familia tan bonita, enseña a las futuras generaciones.
La presencia de ocultistas en el seno de la casa real, con amplia difusión entre la aristocracia rusa, era signo también de que la sentencia estaba dada. Se daba una confianza en los hombres, por ejemplo, el místico inicialmente verdadero y luego gran corrupto Rasputín, que sólo se podía dar a Dios, y de nuevo siempre en la misma línea los hombres ocupaban el lugar de Dios. Ninguna destrucción ocurre sin que Dios la permita y siempre es por razones de olvido de la compasión de los hombres y de ocupación del lugar de Dios. Los pobres rusos antes de la caída del zar pasaron hambres extremas y probaron en sus carnes que el Dios zar no les podía salvar. Luego advinieron los zares de la dinastía materialista, destructores de los dioses previos, en larga penitencia por tantos siglos de violación de la verdad de Dios.


 No son las anteriores apreciaciones fruto de juicios excéntricos, léase lo siguiente expuesto por pensadores rusos no católicos en el siglo XX:

Pedro el Grande no rompió con la tradición de Bizancio y Moscú, como los viejos creyentes y los eslavófilos lo criticaron, pero siguió estas tradiciones, al destruir el patriarcado y proclamarse Papa jefe autocrático de la Iglesia y soberano del reino de los cielos y el reino terrenal. A mí me pertenece todo el poder en la tierra y en el cielo - estas palabras de Cristo, la verdadera Iglesia, donde el Salvador mismo fue un rey y sacerdote, se repiten como un gran sacrilegio por el autócrata de Rusia. Las teocracias, por dos caminos diferentes, llegaron al mismo punto: la teocracia occidental - la transformación del Estado de la Iglesia, la teocracia oriental - con la absorción de la Iglesia por el Estado. En ambos casos, hubo incluso transformación de la Iglesia, el reino del amor y de la libertad, a estado, el reino del odio y la violencia. Pedro el Grande entendió como necesidad crear una Tercera Roma, rusa y universal. El requisito de universalidad, de hecho, está latente en la idea del poder ilimitado de César romano, el emperador quería ser como Pedro, siguiendo la tradición bizantina del Imperio Romano de Oriente, a favor de la autocracia rusa. A su pesar, tuvo que romper el este estático por un Occidente dinámico.

 Luis XIV a su vez, once años después de la declaración de Bossuet, en su carta al Papa Inocencio XII prometió no tener en cuenta el punto. Aquí se separa de la historia y del pueblo. El anticlericalismo, la lucha entre Francia y Roma. Pero el hecho mismo de las enmiendas de Luis XIV es extremadamente importante. Se destaca la diferencia entre el absolutismo de Oriente y Occidente. A raíz del conflicto entre el zar Alexei Mijáilovich y Nikon conflicto que llevó a la reforma de la Iglesia, bajo Pedro el Grande, una actitud similar del emperador ruso vis-à-vis la Iglesia no hubiera sido posible. El rey francés sólo soñaba con ser cabeza de la Iglesia y estar libre del poder papal, mientras que el Zar de Rusia efectivamente se convirtió en el jefe de la Iglesia no era sólo monarca absoluto, sino Sumo Pontífice Iglesia Ortodoxa Rusa. Reúne en sus manos la autoridad de Luis XIV y de Pío X. El poder de los zares se nos legó por Bizancio. De acuerdo con los canonistas rusos, la diferencia entre el sacerdocio y el Imperio bizantino (ἱερωσύνη y βασιλεία) coincide con el punto de la distinción entre la autoridad secular y el poder religioso en Occidente. Sacerdocio e Imperio permanecen unidos en la cabeza de una organización sacerdotal imperial y hay muy borrosas fronteras entre estos dos poderes. En Justiniano , el sacerdocio y el imperio se derivan de un solo principio, se establece que si ambos están en línea con lo que debería ser ", se establece entre ellos un Bendito acuerdo (συμφόνια) en favor de la raza humana. " De esto, no siguió el punto de sumisión al emperador espada espiritual. La lucha de las dos potencias occidentales que termina en Canossa es ajeno a este. El zar, a través de la unción sagrada no es el emperador, sino también el sumo sacerdote. Une en sí los dos poderes. El emperador León Isaurico reconocido como el sucesor del apóstol Pedro, cuyo deber de pastorear el rebaño de los fieles y el Concilio Ecuménico de Calcedonia quería ver en la persona del sacerdote y Markion el Emperador, el ganador de la guerra y el titular de las verdades religiosas.

http://fr.wikisource.org/wiki/Le_Tsar_Pape
http://fr.wikisource.org/wiki/Religion_et_R%C3%A9volution



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