22.6.13

San Juan de la Concepción. El alma llagada por Dios.

1.         Ignorancia del propio estado
                               
            Pero, porque esta materia quedara del todo entendida, me parece se había de esplicar en particular la enfermedad que tiene esta alma, de quien los médicos, que son los que la aconsejan, no yerren. Porque, si el enfermo no dice algo por do el médico pueda conjeturar, dificultoso podrá él ordenar medicinas.


            Y más, que en lo que arriba queda dicho hemos echado mano de todas las dolencias (casi) en común, de todas las flaquezas y necesidades del alma acompañada con su hermano el cuerpo; y fuera bien saber algo de aquella enfermedad sola y apartada de las demás, porque hay pocos galenos que traten de ella. Pues respondo que yo tampoco soy Avicena para decir, y yo no lo ni lo entiendo; pregúntenlo [a] alma que la haya padecido: etatem habet, respondat pro se1; responda el alma a quien nuestro buen Cristo dio ojos y luz. ¿Cómo se la dio? ¿Qué le puso en los ojos? ¿Cómo la lavó? Porque, a mi parecer, aquel poner tierra en los ojos y aquel enviar al alma que se lave, debe de ser la enfermedad; y según razón, ella no lo puede saber, porque, si la enlodan cuando no ve, si se lava en Siloé cuando no ha abierto los ojos ¿qué puede decir de lo que pasó cuando no veía? Y así el ciego no supo decir nada, sino decir: "Una cosa , que yo nací ciego y ahora veo"2. Y adviertan que mi buen ciego no se lee que hablase palabra hasta que se había lavado en los baños o pilas de Siloé y tenía vista y ojos; entonces parlaba tanto que le dicen los phariseos: in pecatis natus esa, et tu doces nos?3 

            Que por aquí se entiende que no hay aguardar que el alma, mientras está enferma y así puesta del lodo con sus trabajos y mortificaciones, y antes de los baños y vista y ojos claros, que hable palabra. Podría ser que, después de se haber lavado, hable y enseñe aun a los más doctos de las scuelas; pero podría también ser que no sepa decir lo que entonces tenía, porque aún no tenía ojos para ver lo que en él se obraba y hacía. Y así, no podrá dar cuenta de la enfermedad ni cura que le hicieron, aunque más enseñe y parle. Porque así debe de convenir a la sabiduría de Dios, que esconde sus misterios y secretos ut videntes non videant4. Y esta luz, que Dios da a esta alma así enferma y curada, conviene que sea secretab por esta razón: o la enfermedad y cura es grave, recia y rigurosa, o es muy fácil; si es rigurosa, es necesario que no sepa porque los no curados no teman el alcanzar vista que así les parece costosa y rigurosa; si la cura es fácil y poco costosa, es brava condenación a los malos, que por una cosa fácil y por no enfermar de una enfermedad que al cabo sanan de ella y quedan con vista muy agradable; como sería inescusable el que, sabiendo que un bebedizo es fácil, por no tomarlo se deja morir; pues ¡qué infierno y qué circunstancia tan grave sería para el malo ver con claridad la poca gravedad de la enfermedad que padece el alma, a quien Dios da vista, y él, por no padecerla, se quede sin ella! Así, por no agravar el infierno a los unos y por no dificultar el bien a los justos, esconde Dios estos medios, y esta alma no sabe decir qué tiene cuando así está enferma.

            Una de las cosas más delicadas que hay en el mundo, es la labor que hace la abeja en su colmena. Y le proveyó la naturaleza de este instinto: que lo primero que hace es tapar los agujeros con lodo y todo el corcho, para que no pueda quedar ventana por do puedan verle su artificio. ¡Ay Dios mío, cuánto más delicada es la labor que tú haces en el alma, cuando la enfermas y la sanas, cuando le das vista y alumbras y en su alma labras un panar de miel de amor y charidad Que hay que espantar que, al tiempo de hacer estas labores, enlode Dios el corcho, de suerte que no deje ventana para que le puedan ver sus obras y labores, ni aun la propia alma en quien se hace, de suerte que para él sólo se quede ese secreto scondido

            Y pues decimos que hay tiempo de sestear, para mí lo es ya, por haber querido Dios haya ahora scrito tres pliegos y medio.
2.         Enfermedad terrible y sin cura, pero amada

            Cierto que no yo para qué me meto en estos dibujos, porque, siendo labores tan delicadas que sólo Dios las sabe dar y nosotros aún no tenemos ojos con que las mirar, mejor sería callar; que podría ser, por hablar, decir necedades a montones y dar bien lejos del blanco y, después de cansados, nos quedásemos bien en blanco de todo lo que pretendiésemos. Pero, con todo eso, para que nos conste que de una cosa no se sabe, es bien que se sepa han querido tratar de ella y no han acertado; han tirado la vara y no han llegado a la raya; han corrido y no han podido consumar la carrera para que les denf la corona y la joya por el acierto.

            Y es consuelo para la alma así enferma de esta spiritual dolencia que no hay en la tierra quien sepa ni conozca su enfermedad, y que no tiene otro remedio sino dejarse morir de buena gana, que es lo que su querido esposo quiere. Que, como tiene mill vidas que dar, querría que en aquella enfermedad pasase y bebieseg mill muertes, que todas ellas están cifradas y resumidas en esta enfermedad mortal que padece, pues le parece que morir mill muertes fuera para ella alcanzar mill vidas; que le parece a ella, a trueco de librarse de aquel trance, era poco tener mill enajenamientos.

            Y esto es cierto, que es cosa de risa la muerte para esta alma respecto de lo que padece. Porque el que muere, consuélase con decir: en breve pasa, un trago amargo es; y en un momento se le pasó, y se halla en otra vida que le sirve de descanso, porque con ella no se compadecen penas ni tiene mezcla de disgustos. Pero en esta enfermedad padece males y goza bienes, y oposita circa se posita magis elucescunt; un opuesto a otro opuesto lo hace salir más. Y es terrible cosa el guisado con dulce y agrio. Que acá estotras enfermedades que hay en el mundo, ya hay algunos hombres tan hechos a padecerlas que son como los que se crían en unas tierras venenosas, que el hábito de comer manjares venenosos le hace no sentirlo ni despreciarlos; y más, que estas enfermedades de acá amodorrecen una persona y le aturden los sentidos, de suerte que no sienten de muchas partes la una; más, que es enfermedad en cuerpo terrestre, menos sensible. Pero la que padece el alma, no habituada a aquellos males porque son sobrenaturales, siéntelo sobre muerte.

            Lo segundo, mientras más enferma, más sentida, más viva, más dispierta, más delicada. Pues díganme ¿qué dolor será la del alma, que, mientras más le suben el tormento, más crece lo sensible de ella? ¿No han visto acá a un hombre cuando la justicia quiere que sienta mucho los tormentos, dale sustancias para que tengan fuerzas, vigor y aliento, para que les dure la vida mientras duran los tormentos? Así hace Dios con aquella alma en semejante ocasión: que, para que le duela (por muchos fines provechosos que de aquel dolor debe de sacar), le da allá unos bebedizos secretos que le dan nuevas fuerzas para de nuevo sentir los nuevos dolores que se le van aumentando.

            Digo que esta enfermedad es más que muerte y muerte, porque quien dijo muerto dijo que ya pasó, y de cosas pasadas no hay que hacer encarecimiento; pero esta alma vive y muere y no acaba, y es terrible cosa. Otra, que, con sentir tanto aquella muerte o palosismos spirituales, no quiere morir, y ve que así le conviene vivir muriendo. ¡Terrible cosa!, ¡dolencia grave!, que la ha de padecer y no la acaba la vida; antes, la propia enfermedad le sirve de manjar y sustento de la vida, para que no acabe. Y ella lo quiere así.

            Pues enfermedad con tantas circunstancias graves, y que sienta esta tal alma que no tiene quien la entienda en la tierra ni le conozca su dolencia ni aplique medicinas, sino sólo Dios del cielo; y que, levantando a él los ojos, halla que sus deleites es verla llagada y herida. ¡Terrible enfermedad! ¡Sánete Dios! Que yo pienso que la mayor salud que ella desea es nunca sanar, sino que crezca la enfermedad, que por eso dije denantes que, con ser la muerte tan sabrosa para quien así padece, no quiere morir, porque sabe que le conviene morir y vivir, y vivir muriendo.

            Ya creo [143v] que he esplicado esto en otro lugar por este exemplo. El que tiene sarna, no hay mayor regriferio para él que le rasquen, y siente vida en lo que le es muerte y agrava su dolencia porque, mientras más le rascan, más llagas se hace. Y como el enfermo, que apetece y quiere lo que le ha de agravar su enfermedad y, si no tuviese quien le fuese a la mano, haríe mill disparates en orden a la enfermedad. Ahora, pues, pongamos a nuestra alma sancta así enferma. Que, como no hay en esta enfermedad spiritual quien le vaya a la mano, porque, como tenemos dicho, no hay enfermero ni médico que la conozca para privarle de lo que le puede agravar y darle lo que le puede aliviari, ella, como no tiene así quien le vaya a la mano, echa mano de los remedios que hacen mayor su llaga, como el sarnoso; y como se siente abrasada y de un fuego estraño encendida, todo se le va en de nuevo desear y tomar aquel cáliz y bebida que Dios promete a los suyos; y mientras más bebe, más se enciende, más se enferma. Pues, pensandoella que elremedio de su enfermedad es hacer algo por su esposo, cuando lo ha acabado de hacer, viendo que no se le mitigó la sed que nace de las entrañas heridas de su esposo, acuítase, aflígese, torna a tomar el vaso; con él en la mano, está pensativa y está diciendo: Señor, no me entiendo; si para mi remedio quiero beber y por vuestro amor padecer ahora este rato, hallo dos trabajos: que no puedo beber cuanto yo quisiera. ¿No ven a un hombre con un cántaro en la mano que, según su calentura, se le hace poco, que quisiera él bebérselo todo por entender que de una vez grande que bebiera quedara refrigerado; y viendo que no puede sino beber una medida muy moderada, aflígese y desconsuélase? Lo segundo, ver que ya bebió, y se está de esa misma manera y, antes, tiene más sed; esto es para el enfermo una grande pesadumbre

            Lo propio hallo yo a nuestra alma enferma. Siempre de la tal alma son mayores los deseos que las fuerzas. Coge el cáliz en la mano, que es la cruz de Jesucristo, y quiere echársela a cuestas; ve que no puede tanto por la flaqueza de la naturaleza cuanto ella querría padecer por entender que, dándose una buena hartada de padecer y de trabajos por su sposo, habíe de quedar sana y buena. Entonces se aflige de nuevo y, como no puede lo que quiere, más se encienden los deseos y crece la enfermedad, junto con ver que no es el remedio y descanso de su dolencia el beber o, por mejor decir, sí es ese el remedio, pero terrible remedio para la tal enfermedad, que se ha de usar de remedio para que viva que ha de aumentar la enfermedad.

            Pongamos un exemplo. Aquí en Madrid atravesó un hombre a otro con una spada, y dejósela atravesada en el cuerpo. Vinieron los médicos, y todosl convinieron que, para que a aquel hombre le durase la vida hasta hacer testamento y recebir los sacramentos, que era necesario dejarle atravesada la spada. ¡Terrible cosa que, para que este hombre viva, es menester que le conserven y dejen una spada atravesada por las entrañas! Lo propio le pasa al alma, a quien Dios tiene herida y atravesada: que su vida está en que no sane, sino en que le apliquen remedios que, no sólo no la han de aliviar, sino, antes, aumentar su enfermedad.

            Todo esto se ha dicho por decir arriba aquella palabra: que a esta alma le fuera más fácil morir mill muertes que vivir una vida, porque en esta vida tiene encerradas aquellas muertes. Según esto, alma mía, pásese su enfermedad y, pues se sustenta con dolencias y vive con enfermedades, muertes y guchillos atravesados, buen provecho le hagan. Pues en la boca del león que, por una parte, despedaza, por otra parte, halla en ella panar de miel, coma enhorabuena la hiel y entrañas amargas del pez de Tobías, que ésas son las que le dan luz, vista y ojos. Guchillo que, con tener los filos tan delgados, corta a dos filos elcuerpo y alma, atravesado con él, el spíritu vive. Viva enhorabuena, pásese su enfermedad, consuélela Dios, que acá no la entendemos. 
3.         Primera reacción del alma

            Quiero advertir aquí una cosa que pienso suele hacer esta alma así herida, que podría ser aprovechase para alguna vez. Cuando esta alma se siente que la han atravesado las entrañas con este guchillo de dos filos, hace [144v] lo que un toro cuando le han clavado algunas garrochas en tiempo que los corren en grandes fiestas: que, pensando que por correr las ha de soltar, huye, corre, salta, tira coces y hincan el hocico en el suelo; y como van bien clavadas, de nada le sirven sus carreras, porque allí se lleva sus garrochas bien aferradas.

            De esa manera, en el día de la fiesta grande de Dios, que es cuando el alma hace verdadera entriega de sí a su Dios, en ese día por fiesta grande la hiere Dios y le tira una amorosa saeta, que es aquella de quien dice san Agustín: sagitaveras tu, Domine, cor meum7; asaeteaste y agarrochaste tú, Señor, mi corazón. Pues el alma, cuyo corazón está así herido, ¿qué hace? Como lo siente tanto a los primeros golpes y nuevas mudanzas de vida (aunque, como decíamos denantes, no quiere sanar), quiere no quiriendo despedir la garrocha y que se desasga el clavo. Y así ¿qué hace? Piensa que es remedio andar, huir, correr, saltar, mudar lugares. Ven acá, pobrecito de ti, ¿ vas? ¿Qué haces? ¿En qué entiendes? ¿No ves que doquiera que vas te llevas atravesado el guchillo y herido el corazón y hincada la garrocha? Sosiégate, sufre, pasa, disimula, consiente, que el que te hirió no te hirió para que se te caiga a tres saltos. No hay que tirar coces ni hincar el hocico en el suelo, sino decir: ¡Sea por amor de Dios! Que es uno de los mayores trabajos que se pueden imaginar, si no se topase esta tal alma a una persona que, sufriéndole sus berridos, por grado o por fuerza, la sosegase, acallase, limpiase las lágrimas; y, como digo, si no por grado, por fuerza, si fuerza se puede decir los consejos encarecidos y razones fuertes.

            No con qué mejor se puede esto explicar que con una cosa que a mí me pasó en una grave enfermedad que tuve. Cortáronme de debajo la lengua por el pescuezo, en la parte de afuera que llaman debajo de la barbilla, un gran pedazo de carne, por tener allí una bolsa que, llena de los corrimientos que bajaban de la cabeza, me ponía en puntos de me ahogar al tiempo del [145r] crecer la sangre por abril y mayo. Después de hecha la llaga, quedóse muy pegada a las cuerdas la bolsa que admitía los corrimientos. Entonces, el zurujano, para que despidiese, echó en la llaga unos polvos que llaman polvos de Juanis, de vino fortíssimo, y que causan grandíssimo dolor. El buen zurujano previno y dijo: Este es un dolor terrible; por este rato este hombre podría con la vehemencia de el dolor hacer alguna cosa no digna de la mesura del hábito que trai; estén con él algunos clérigos y personas que le moderen su dolor y pasión con palabras, con razones o con obras. Fue así, que dentro de un momento que me echaron los polvos en la llaga, fue tanto el dolor y escozor que, levantándome de la cama, di una terrible coz a una puerta y no qué me quebré y rompí un paño con la furia y el sentimiento del dolor. Los que estaban conmigo hicieron el officio para lo que allí los habían puesto. Yo, con sus razones y por su respecto haciéndome fuerza, moderé los disparates que pudiera hacer así turbado. Con aquel sentimiento arrojéme en una cama, y todo mi sentimiento se me trocó en llorar, sufrir y decir: ¡Sea por amor de Dios!8

            Padres míos, con esta aspereza cura Dios a sus almas queridas: que, habiéndoles hecho llaga con este guchillo, en ella echó polvos fuertes que despidan y despeguen la bolsa en que se recogían loso corrimientos y haberes del mundo, que son los que la peligrabanp de muerte. Pues esta alma así herida es menester buscarle varones y religiosos que, con sus razones y por su respecto, ella modere su sentimiento y no haga cosas no debidas a su estado y mesura con la vehemencia del dolor y sentimiento de su llaga. Y aun que, si fuere necesario, por aquel breve rato lo fuercen y obliguen y aun aten hasta que, trocado aquel dolor en copiosas lágrimas, conociendo que viene de Dios, diga: ¡Sea, Señor, por tu amor!

            Ya yo he dicho atrás de aquel gran varón Juan de Dios, que al principio de su conversión hacía tales cosas que lo llevaron a la casa de los locos. No estaba loco sino muy cuerdo, pero, como se descompuso la apariencia esterior, no sabiendo de qué le procedía dieron con él donde fuera más razón ellos estuvieran. Pero, en fin, le aprovechó por aquellos pocos días, mientras se tornó a componer aquel relox, que, para dar las horas acertadas que dio en el discurso de toda su vida, fue necesario se desconpusiese.

4.         El santo Job, imagen del alma

            Con el sancto Job lo hizo Dios: que, estando en el muladar llagado, pobre, menesteroso, le envía allí Dios sus amigos que lamenten con él y le digan grandes y particulares razones. Pues sepan que en el estado que vamos diciendo de esta alma, es como otro Job, porque habiéndola desasido Dios de todas las cosas del mundo, la tiene tan pobre como otro Job, porque aun un poco de pan y agua que le den no lo come como cosa suya, sino ajena y no merecedora. Por todas partes se ve pobre y menesterosa; vese llagada de pies a cabeza; que no hay sino quien la mortifique, hasta su propia mujer, que es su carne, que ésa le está haciendo mill molestias y incitándola a que desespere, que ella no puede sufrir tanta plaga. Miren si es bien que en esta ocasión haya algunos amigos que se vengan a sentar con él en el muladar y aconsejarle y consolarle

            Ahora, hermano, ¿no decimos que esta enfermedad no tiene cura, y que la mayor es estarse enferma? ¿Cómo ahora decimos que vengan amigos, etc.?

            Ahora miren, ¿no han visto unos niños que, jugando en la calle, los enojaron sus compañeros o cayeron o se lastimaron? Van enojados a su madre, llorando, afligidos, que no se dan lugar los pucherillos que hacen. La madre cógeler, línpiale las lágrimas, pásale la mano por la cara y está diciendo: ¡Allá vayas mal! (unas palabras ridículas). Con aquello el niño se acalla, aduerme y sana.

            ¡Oh bueno y sancto Dios! Como en aquel estado no hay niño más tierno ni más fácil de enojar que aquella alma, con esto se contentará: con que haya quien le linpie las lágrimas, quien lo reciba en su protección, quien le diga palabras amorosas, que, aunque todo ello no es de consideración para sanar la descalabradura, en fin, como niño, se acalla y aduerme hasta que, dispertando en otra vida de varón más fuerte, lo sufra y lleve por amor de Dios.

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