26.10.13

Dirección espiritual: Fuga y temeridad.

 Aunque es mucho más frecuente huir de los místicos (cuando todavía viven), hay sacerdotes o guías que ignoran algo muy básico de la dirección espiritual o del acompañamiento, que consideran peregrino aquello que ellos nunca han oido, cuando claro está, es propio de Dios hacerlo todo nuevo. Por eso hacen huir a menudo a los místicos, son obstáculo para ellos y peor aún los declaran fuera de la iglesia.
El padre José María Iraburu en su blog "Reforma o apostasía" dedica un post a este asunto con ejemplos muy ilustrativos:

 San Francisco de Asís, tan firme y seguro, a veces frente a muchos, en tantas cosas del Evangelio, no acaba de ver por dónde quiere llevarle Dios, ya en la madurez de su vida, y ha de mandar un mensajero a Santa Clara y al hermano Silvestre, para preguntarles a qué debe dedicarse, si a la predicación o a la contemplación (!), dispuesto a seguir su dictamen (San Buenaventura, Leyenda Mayor 12,2).
San Ignacio de Loyola, el genial autor de las famosas Reglas para la discreción de espíritus, estando en Tierra Santa, hace «propósito muy firme» de arraigarse allí. Y durante bastantes años persiste con sus primeros compañeros de París en su idea, cuando en realidad no era ése el plan providente de Dios. Y en 1551, cinco años antes de morir, después de haber examinado mucho la cuestión y de haberla encomendado largamente al Señor en la oración –siendo un hombre de tan altísimas luces contemplativas –, decide «absolutamente» renunciar a la guía de la Compañía (!), al frente de la cual, dócil al sentir unánime de sus hermanos, sigue hasta su muerte. Toda su vida, como dice su biógrafo Nadal, «era llevado suavemente a donde no sabía». Y no le fue mal. Ya lo dice San Juan de la Cruz: «para venir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes». El discernimiento infalible de espíritus es muy infrecuente, y se recibe de Dios sobre todo por la oración de súplica y la sujeción humilde al parecer de hombres espirituales fidedignos.
La libertad del cristiano, bajo la acción del Espíritu Santo, debe ser guardada en la dirección espiritual con todo cuidado. La dirección espiritual es, sin duda, una forma preciosa de paternidad, y ésta es transmisión de vida. Por eso, como dice San Juan de Ávila muchas veces, el director o confesor es «guía y padre» (AF 55,5638). Es, pues, completamente normal que San Francisco de Asís transmita a sus hijos y hermanos una especial devoción por la pobreza, o que San Pablo de la Cruz forme a los suyos en la meditación asidua de la Pasión de Cristo. Esto es así, y debe serlo, sin atropello alguno de la libertad personal, sobre todo cuando el dirigido comienza su camino espiritual. Es lo mismo que sucede con los padres en relación a sus hijos más pequeños. Pero cuando ya el cristiano va más adelante en la vida espiritual, debe el director concentrar más su cuidado en descubrir las vías particulares por donde Dios quiere llevarle, que no siempre serán las de su padre espiritual. No debe sujetar y retener a las personas en el camino que él mismo lleva. Los santos han aplicado este principio con una gran prudencia.
–San Pablo de la Cruz, por ejemplo, a una señora «que decía no saber hacer oración si no es sobre la vida, pasión y muerte del Salvador» –es decir, del modo que él mismo le habría enseñado e inculcado tantas veces–, le avisa: «es óptima cosa y santísima el pensar en la Pasión santísima del Señor, hacer oración sobre ella; es la manera de llegar a la santa unión con Dios. Pero debo advertirle que no siempre el alma puede seguir la misma conducta que al principio; hay que secundar los impulsos del Espíritu Santo y dejarse guiar como quiere su Divina Majestad» (A Mariana de la Escala 3-I-1729).
–Santa Teresa: «así como hay muchas moradas en el cielo, hay muchos caminos» para llegar a él (Vida 13,13). Es un grave error, que puede darse incluso dentro de un mismo instituto religioso, en el que todos sus miembros participan de una espiritualidad común. Y así lo hace notar la Santa por lo que se refiere al Carmelo: «Una priora era amiga de penitencia. Por ahí llevaba a todas»… Pero no ha de ser así, sino que en ese asunto, y en todos, hay que «procurar llevar a cada una por donde Su Majestad la lleva» (Fundaciones 18,6-10).
–San Juan de la Cruz: «Adviertan los que guían las almas y consideren que el principal agente y guía y movedor de las almas en este negocio no son ellos, sino el Espíritu Santo, que nunca pierde cuidado de ellas, y que ellos sólo son instrumentos para enderezarlas en la perfección por la fe y la ley de Dios, según el espíritu que Dios va dando a cada una. Y así todo su cuidado sea no acomodarlas a su modo y condición propia de ellos, sino mirando si saben el camino por donde Dios las lleva, y, si no lo saben, déjenlas y no las perturben» (Llama 3,46). Y esto ha de ser así porque «a cada uno lleva Dios por diferentes caminos; que apenas se hallará un espíritu que en la mitad del modo que lleva convenga con el modo del otro» (3,59). «Deben, pues, los maestros espirituales dar libertad a las almas» (ib. 3,61).
Por eso, cuando un director se empeña en retener las personas bajo su influjo, como apropiándose de ellas; cuando estima que es capaz de ayudar a cualquiera en todas las fases de su crecimiento; cuando procura evitar que consulten con otros, comete un grave pecado. Y así es como «muchos maestros espirituales hacen mucho daño a muchas almas» (ib. 3,31; cf. 56-59). Un cirujano experto puede salvar una vida, pero otro inexperto puede causar la muerte. De modo semejante, «los negocios de Dios con mucho tiento y muy a ojos abiertos se han de tratar, mayormente en cosas de tanta importancia y en negocio tan subido como es el de estas almas, donde se aventura casi infinita ganancia, y casi infinita pérdida en errar» (ib. 3,56).
Esta doctrina es frecuentemente ignorada en la práctica, y eso explica la insistencia de los grandes maestros espirituales en enseñarla. En efecto, fácilmente el director estima, aunque sea inconscientemente, que su camino o el camino de su Orden o movimiento es el mejor de los posibles –apego carnal al bien espiritual que Dios le ha dado–, y trata así, con la mejor voluntad, de inculcarlo a todos sus dirigidos, dando por supuesto que es el camino que el Espíritu Santo quiere darles. Sin embargo, «el viento [del Espíritu] sopla donde quiere. Y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo nacido del Espíritu» (Jn 3,8). En realidad, las personas son un misterio para ellas mismas y para quien las dirige. Sólo Dios las conoce de verdad, y sólo Él conoce sus designios de amor sobre ellas.
Santa Teresita, en su tiempo de maestra de novicias, comprueba que en la formación de las personas «es absolutamente necesario olvidar los gustos personales, renunciar a las propias ideas, y guiar a las almas por el camino que Jesús les ha trazado, sin pretender hacerlas ir por el nuestro» (Manusc. autob. X,11).

No hay comentarios: