4.6.14

Las apariciones marianas y la llamada renovación carismática

Las apariciones marianas, aunque se han dado desde antiguo, tienen un auge especial desde los años 60 del siglo anterior. La renovación carismática católica surge precisamente en los años 60. Las apariciones han sufrido siempre un meticuloso escrutinio de la iglesia, considerado necesario para evitar deformaciones y abusos; los místicos del siglo de oro previnieron mucho acerca de falsas ilusiones y engaños en relación con las manifestaciones místicas al tiempo que fueron muy agraciados con ellas; en general las gentes de iglesia han mirado desde entonces con mucha desconfianza a las manifestaciones, siendo criterio general el uso del criterio del fariseo Gamaliel: "dejadlas, si son de Dios ya prosperarán" combinado con severas represiones.
Con la Renovación carismática todo ha ido de muy distinto modo, hoy día los carismáticos objetan a sus objetores básicamente que han sido aprobados por los papas, y en especial, la presidencia del papa Francisco de su encuentro masivo en el estadio olímpico de Roma el último 2 de junio. Las apariciones no han hecho surgir agrupaciones formales, mucho menos reconocidas, a no ser como simples fundaciones de fieles.
La renovación carismática se dedica de modo inmediato a conseguir los frutos del Espíritu, normalizando la presencia de sus dones y carismas. Que tuviera procedencia de los pentecostales protestantes se mira hoy sin prevención, por aquello del ecumenismo y que además sean los EE.UU. su lugar de procedencia tampoco se ve como signo de nada. Una de las grandes lecturas del Vaticano II es que ya no se debe condenar nada, a menos que se presente en abierta discordia con la jerarquía, y la renovación carismática ha evitado esa confrontación, teniendo además como gran mentor al cardenal Suenens, al que han sucedido después numerosos prelados protectores hasta hoy.
En relación con la renovación carismática se evita el uso de los criterios de prudencia de San Juan de la Cruz, que sí se aplican a las manifestaciones marianas. No a la búsqueda de las gracias en sí mismas, no a la iniciativa humana en este sentido, peligrosísimo. Y si cuando son iniciativa de Dios se mezclará inevitablemente el demonio con toda su capacidad de ángel de luz, eso mismo se dará en la renovación carismática.
En los seguidores de apariciones se dan como no podía ser menos las confusiones y burlas demoníacas, y en la renovación carismática tiene que ser igual, pero los desconfiados hacia la renovación no parecen tener la misma libertad a la hora de prevenir, que como en el caso de las apariciones, porque ahí está la aprobación papal o al menos el consentimiento.
Si hay algo sorprendente en la renovación carismatica es que la opinión muy difundida en su interior es de tener la misma sospecha hacia las apariciones, que se tenía desde antes de la misma generación de la renovación; ellos que podrían ser los más comprensivos en teoría no lo son. Aquí hay un signo revelador.
La renovación ayuda en los inicios a tener una liberación de vicios y malos hábitos y a tener en cuenta a Jesús, bueno, en segundo lugar después del Espíritu. En esto se está en un nivel no superior al de los protestantes, pero como la dulce María no es una referencia sino periférica, la tiranía estoica, vieja compañera torturante de la espiritualidad, les va a acompañar.
Un sueño profético mostraba a una gran masa de evangelistas al aire libre que celebraban ruidosamente, rodeados por una alambrada y por guardias, y a lo lejos, en una altura se veía una casita antigua, solitaria, en cuyos bajos una tiendecita vendía imágenes y objetos de la Virgen. La masa se celebraba a sí misma en realidad y estaba muy lejos del modestísimo, pero superior lugar de María.

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