25.4.16

Combustión mística

No nos vamos a referir al fenómeno físico de la combustión mística, sino al realmente trascendental, que es la combustión espiritual, donde fenómenos, compañías y hasta las propias conductas consumen el alma que ha entrado en caminos de hacer la voluntad divina.
Cuando se ve la vida de los santos tienen siempre una cosa en común y es la falta de calidad espiritual, lo decepcionantes que son sus compañías, incluso las mejores, todos producen sufrimiento al santo, que es el que está haciendo contra viento y marea la voluntad de Dios, la recibida por Dios mismo.
Como se repite esta situación cualquiera que sean los santos y sus circunstancias vitales, no es posible que esta reiteración no tenga un valor de paradigma, de "necesidad" y de programa divino.
De alguna manera, el alma y cuerpo del que lleva camino de santidad, está colocado en un altar, él es cuerpo y alma victimal -no hace falta que se haya decidido expresamente a ser alma víctima- como una ofrenda que es sometida a combustión, que al tiempo de la consumación se eleva en llama hacia el Cielo ya en este mundo. El cuerpo se transforma y se hace llama y aroma, incienso que se quema.
Pero ¿cuál es el combustible? Son los cercanos, los colaboradores, incluso los más íntimos, los más obligados por sus sacrificios y favores, los que en teoría debieran ser los máximos y mejores para responder a lo que ha hecho quien lleva camino de santidad. Justo de quien más se debiera esperar llegará a ser el de mayor obstáculo, el que menos rinda, el más pronto en abandonar, y si permanece será el que más combustión produzca.
No toda combustión será buena o tolerada por Dios, está la combustión de castigo por hacer mediante las fuerzas propias, pero ésa no es de la que hablamos, es la que tienen todos los humanos; la del que lleva camino de santidad, va como preparando carne y espíritu  en buena combustión, la temperatura justa, la superficie justa, el tiempo justo. Y los carbones serán incluso sacerdotes, instructores, familiares, compañeros supuestos de santidad, entusiastas de la primera hora, en amalgama la más a priori impensable. Esos carbones de todos modos, si prosiguen por su cuenta quemando, más allá de lo establecido en el programa divino, del punto óptimo serán echados allá donde la combustión es eterna. Es algo a valorar cómo todos esos carbones no valen nada, nada vale su número, es la víctima, una entre un millón, la que cuenta, y una vez que no han querido ser víctimas sagradas se convierten en eso, en combustible de hacer santos y en fondo, escarabilla de alto horno.

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