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10.4.18

Aprendiendo santidad con San Pedro y María Santísima


 Cuando se enseña un falso concepto de santidad, como sinónimo de filantropía, hay que acudir urgentemente a las buenas fuentes. Tomamos tres:

 De María V. en su obra Libro de Azarías:
"Escuchemos al Apóstol Pedro, el grande y buen Simón de Jonás que se formó con una constante y penosa labor de buena voluntad para llegar a ser digno de su Maes­tro, sin cálculo para el futuro y con el único estímulo de dar gusto a su Rabí y Dios. Es­cuchemos al hombre que, de todo cuanto él vivió humanamente, supo hacer dote para su futuro ministerio, cambiando, a fuerza de amar, lo humano en espiritual. Y, de padre de las gentes, llegó a ser pastor, maestro y nauta de la Iglesia, pero, sobre todo, padre, pa­dre de dulcísima y firme paternidad para todos los hijos que su Jesús habíale confiado con sus tres recomendaciones a seguido de las tres profesiones de amor: “Apacienta mis corderos y apacienta mis ovejas”. Y Pedro, apóstol y pastor, es el que a ti te habla, cordero del rebaño de Cristo. Escucha: “Sed prudentes y velad en la oración. Pero, sobre todo, tened siempre entre vosotros la caridad mutua porque la caridad cubre la multitud de los pecados”.
¡Qué bien comprendió la lección de su Señor siendo ya israelita adulto! Lección que la transmite a sus hijos y hermanos que no son perfectos, que tienen necesidad de conti­nuas absoluciones para sus faltas y que no siempre tienen a mano al absolutor. Porque la muerte acecha de mil formas y en cada momento puede sonar la llamada para compa­recer ante el Juez eterno. Y para entonces, ahí está el absolutor: el amor. Cada pecado, cada omisión, cada imperfección, ¿qué son sino un momentáneo o, tal vez, un pertinaz colapso del amor en el hombre?
El pecado mortal, obstinado e impenitente es el pertinaz colapso del amor, el coma, la agonía mortal que termina en la muerte eterna. El pecado venial es un colapso menos profundo pero que mantiene en torpor al alma. La imperfección es aún menos. Si es in­voluntaria, apenas si viene a constituir una momentánea relajación en la vigilancia amo­rosa. Con todo, un hombre llegaría a morir de asfixia si repitiese con frecuencia una pa­rada en la respiración e, igualmente moriría también un hombre mediante alfilerazos in­definidamente repetidos. Moriría, no desangrado sino agotado por los espasmos. Y lo mis­mo ocurre con el espíritu. Se le debe corroborar aun cuando se encuentre herido con le­ves punzadas. Y el absolutor que siempre le tiene dispuesto para la llamada de modo que no abrigue temor, es el amor.
Reparar con el amor el colapso más o menos grave producido en el amor. Recon­quistar con el amor a Dios para que El incinere vuestras culpas con su Amor y para que recubra con su Misericordia a favor del humilde que reconoce al amor y con el medio adecuado repara la miseria de la criatura tan proclive a manchar su alma.
Tanto en ésta como en la otra vida, las culpas que no merecen condenación se repa­ran con el amor. Cuando el espíritu aprendió a amar de modo que ya no ofende al Amor, entonces es bienaventurado.
No hay que temer la muerte imprevista ni el juicio de Dios. No son cosas que deban aterrorizar. Teme, sí, en cambio, faltar a la Caridad. Las faltas contra la Caridad provo­can el rigor de Dios y sólo el que ha de enfrentarse a ese rigor debe abrigar miedo a la muerte. Los demás, no. Sea que venga lentamente o veloz como un rayo, ella no causa mal alguno al espíritu que se halla purificado de continuo por la caridad.

Tanta debiera ser en vosotros la caridad, que hasta una simple mirada debería cons­tituir una caricia para vuestros hermanos por el amor que la saturase. Y, verdaderamen­te, cuando Dios habita así en el espíritu hasta el punto de formar un todo con la criatura, el ojo humano se transforma en ese manantial de paz y de afecto, de suerte que todo aquél que sufre, se siente consolado, el que está solo, se siente junto a un hermano, y el que duda, alcanza la fe; porque, como en tiempos de los primeros cristianos, el que convierte es el amor.
“¿Ya veis cómo se aman?”, se decían unos a otros los paganos. Y con este medio tan simple y sublime los cristianos hacían prosélitos más numerosos y convencidos que si hu­biesen estado hablando doctamente de la mañana a la noche, sostenido disputas y ejer­cido presiones.
“Practicad la hospitalidad... sin murmuraciones”. Aquí Pedro indica una de las for­mas materiales de amor al prójimo, si bien sirve para todas el mismo consejo. La caridad debe ser silenciosa, púdica, comprensiva y prudente. Ya lo dijo Nuestro Santísimo Señor Jesús: “Que no sepa vuestra mano izquierda lo que hace la derecha”. Y esto, no sólo cuan­do se trata de la limosna, mas también de otras ayudas en otras mayores desventuras, como son las morales y espirituales en las que, si ha de estar purificada de toda escoria, debe saber obrar y callar, ya que hasta la simple admiración y el pensamiento íntimo de: “¿Puede haber algo mayor que esto en el hermano?”, aunque levemente, lesiona la cari­dad. No juzguéis jamás ni aún en vuestro corazón porque hasta vuestro corazón llega el Ojo divino y lee en él. No os hinchéis de soberbia diciendo: “Yo soy más santo porque no tengo estas cosas que rebajan a! hermano”. Nada de más santos sino de más afortu­nados y protegidos. Y eso ¿por qué? ¿Sólo por vuestros méritos? ¿No sería, por el contra­rio, mucho más meritorio pensar humildemente que Dios os perdona porque sois los más imperfectos de todos y El no quiere vuestra ruina?
Y  ahora, dirigidas exclusivamente a las voces, he aquí las palabras de Pedro: “Cada uno, según el don recibido, lo ponga al servicio de todos los demás como buenos dispen­sadores de la multiforme gracia de Dios”.
Vosotras, voces, habéis tenido el don de recibir las palabras santísimas para trans­mitirlas a los hermanos. Ahora bien, hacedlo con alegría, con humildad, con diligencia y generosidad.
Y  vosotros, directores de las voces, hacedlo con alegría, con diligencia, con caridad, paciencia y heroísmo. No os sentéis diciendo: “Ya lo hará el Señor”. Está dicho que no hay que tentar al Señor ni ser siervos inútiles. Vosotros, al estar quietos esperando a que el Señor haga, tentáis a Dios y sois siervos inútiles, desposeyendo de sabor vuestra sal, no sirviendo ni para conservar lo que Dios os confió y que debe ser tutelado de continuo ya que Dios habla al espíritu de las “voces”, pero teniendo en cuenta que las voces no son únicamente espíritu sino también carne e inteligencia. Velad y vigilad para que ni a la carne ni a la inteligencia las seduzca el Enemigo que acecha para tentarlas, vencerlas y hacerlas caer. No arrastréis las “voces” a la soberbia exaltándolas, ni las llevéis al decaimiento dejándolas sin ayuda. No contri­buyáis a su decaimiento dejándolas solas. No faltéis a la caridad con las “voces”. Su cruz es pesada como el plomo y todo contribuye a aumentar su peso. Sin el amor no la podrían soportar. ¿Queréis vosotros agravarla con pedruscos de indiferencia, de incomprensión, de dejadez y de excesiva espera en las ayudas sobrenaturales? También de éstas os hizo Dios pastores. También de éstas os hizo Dios hermanos".

Del blog Tan antigua y tan nueva reproducimos:

Me preguntaba por el quid real de la extensa y sorprendente obra en favor de los pobres de la India de alguien (no la madre Teresa) lógicamente muy aclamado por ello. Puede encontrarse una respuesta en estas palabras de la Madre de Dios:

"No olviden que hay obras santas y obras buenas. Ademas las hay malas. Las obras santas consultan el plan, el estilo y la voluntad de Dios, viven su lenguaje y lo encarnan. Su fruto es la eficacia. Estas obras como todo lo de Dios no pasa. Las obras buenas no contradicen el lenguaje de Dios, pero no consultan y no obedecen el plan, estilo y voluntad de Dios. Parten de la exclusiva decisión del hombre sin considerar a Dios. Su resultado es perecedero como todo lo del hombre (...) cuando la obra buena contradice la obra santa, degenera en obra mala y en consecuencia llega a ser satánica (...) para que entiendan la diferencia entre las obras santas y las buenas, lean los pasajes de un mismo evangelio, el mismo sujeto de dos acciones diferentes era y es de los buenos, pero observen los resultados, en el primer pasaje fue guiado por el Espíritu de Dios (episodio de la proclamación de Jesús por Pedr, Mt 16, 13-20) en el segundo es guiado por su propia razón, sin consultar a Dios (Pedro dice a Jesús que no vaya a Jerusalén para que no sufra daño).
Quiero que sus obra sean santas y perfectas, en su más alto grado de santidad y perfección. No quiero obras que los hagan ser sabios y hábiles al modo de los hombres. Quiero obras que hagan ver a Dios como Quien es, aunque a ustedes los coloquen a los ojos de los hombres como fracasados, torpes e insensatos".
Estas palabras me inspiran que las obras santas han de atender, para ser santas en verdad, al alma y al cuerpo; la acción en muchas órdenes religiosas y en buena parte de la iglesia humana ha devenido en obras buenas para el cuerpo e indiferentes para el alma.Obras que finalmente no pueden sino degenerar en daño para las almas, a las que se priva del alimento espiritual, juzgado superfluo e incluso contraproducente (que es lo mismo que dice el mundo)

De Benedicto XVI en su enciclica Deus charitas est (n. 37)
"Ha llegado el momento de reafirmar la importancia de la oración ante el activismo y el secularismo de muchos cristianos comprometidos en el servicio caritativo (2005)".

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