Nos atrevemos a postular una vía explicativa sobre la evolución humana, (que es un sí y no), aun no siendo ni teólogos ni científicos, pero gracias a eso, podemos aceptar, en fe y razón, los mensajes que Dios dirige a determinadas personas, sin someternos a los exclusivos criterios racionalistas que abundan en la ciencia pero también en aquellas teología-parodia de la verdadera.
Sabemos por María Valtorta, que el pecado original partió de querer asimilarse a los seres exteriores al propio paraíso terrenal, que de algún modo pudieron ver que producían sus criaturas mediante ayuntamiento sexual, creyendo por sugestión maléfica que eso les daba el mismo poder creador de Dios, lo cual Dios querría impedir. Sin embargo, Dios les dio a Adan y Eva todo, pero se reservó el darles procreación de modo espiritual, no carnal. Y el hecho sexual no es que fuera malo en sí mismo, sino que era algo propio de los seres de la animalidad, de seres inferiores, de homínidos como los conocemos hoy, pero también de homínidos inteligentes exteriores al paraíso, que Dios también había creado.
Por un texto recibido por revelación particular hace tiempo,
sabemos que además de Adan y Eva, Dios en su proceso creador, incluyó a seres humanos poseedores de inteligencia,
pero no de condición espiritual, de los cuales nunca se ha oído. Dios se gozaba proveyéndoles de todo, y sólo
debían cazar, pescar y recolectar para sostenerse, pudiendo crear herramientas,
alcanzando un cierto nivel incluso social, no como los animales de una misma conducta, sino capaces de modificar sus condiciones de vida; pero no
conocían a Dios, porque El no se mostraba a ellos, en ejercicio de su propia
Humildad suprema, un poco al modo de un benefactor de nuestros días que desea
hacer bien sin que el beneficiado lo sepa. Pero estos seres eran amados por Dios, mas no podían devolver ese amor, en ese estadio en el que habían sido procreados.
Dios prosiguió su obra creando el culmen, el ser humano capaz de conocerle y amarle porque Dios mismo se le mostraría, y así creó a Adán, con un cuerpo semiglorioso, así como a Eva, quienes tenían también todo y no sólo lo material sino la visión de Dios, sin embargo, quisieron más, procrear por sí mismos. Y entonces es cuando llegó como sabemos el desastre, pierden la condición semigloriosa incluso en lo material, si bien quedándoles el alma. Y son expulsados, ¿dónde? Fuera del paraíso, donde ya estaban los seres humanos sólo inteligentes, pero principalmente animales como predadores, como parte de la laye natural no paradisíaca. Con estos seres, de los que cuanta la Biblia que Caín entró en contacto (expulsado de nuevo por su crimen avistó una caravana, es el modo simbólico de explicarlo) y tuvo descendencia, que a su vez sedujo a la generación proveniente de Seth, un buen hijo de la primera pareja pero dentro de un estatuto de caída. No se ha dicho nada sobre como surgió la descendencia de Seth pero posiblemente, pudo tener lugar, ya siempre por mediación sexual, con seres humanos inteligentes de fuera del paraíso pero sin bestialidad.
Estos seres sin proveniencia paradisíaca, humanos de algún modo, pero con una inteligencia provista de modo progresivamente creciente por el mismo Dios. Esta inteligencia les separaba ya de los homínidos como los que hoy conocemos. Y son los seres cuyos restos pueblan los museos de la evolución, con esas características de feroces propia de depredadores con inteligencia añadida, y que pueden incluir seres que desaparecieron hibridos de humanos sólo inteligentes y humanos provenientes de la caída, que fueron hechos desaparecer en el Diluvio.
Se explica en revelación particular que la expulsión tanto de adan y eva como de caín tuvo el efecto de que fueran testigos de la existencia de Dios entre los seres inteligentes e ignorantes de su Creador. Pero desde entonces son todos ellos también figura, símbolo de nosotros, las gentes que hoy poblamos el mundo, y que en nosotros se sigue generando la dicotomía, de un lado, los humanos que no saben de Dios pero porque no quieren saber o no han tenido oportunidad de llegar a conocer, y los humanos que creen y aceptan a Dios, de quien se convierten en humanos restaurados por el bautismo y los sacramentos, pero siempre amenazados de caer de nuevo al estado de ignorancia e indolencia. Estos dos tipos de seres, convivimos incluso en las mismas familias, a menudo de forma muy minoritaria, a los que servimos de fuente de conocimiento, pero sobre todo de fuente de salvación al seguir orando por ellos a pesar de su contumacia.
Somos conscientes de que lo dicho no rellena todos los “huecos” de deseo de conocimiento y que siempre será recusable por los que mantendrán su interés en hablar de genealogía evolutiva al modo craso y negador de la divinidad y de la nuestra filiación divina, pero que son también mientras no cambien de la estirpe de los caínes que son muy bien pagados por mantener los equívocos teóricos del origen y evolución humana.
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