Gilles Bouhours tuvo su primera aparición de la Virgen a los
tres años, en un lugar llamado Espis (Los pinos) en la diócesis de Montauban.
Era un sitio de apariciones desde 1946 que cuatro años después fue objeto de
condena por la diócesis, con amenaza de suspensión a divinis, y que parece ser
provocó la rebeldía de algunos devotos. Este es un guión más o menos idéntico
al de cualquier aparición, y peor todavía, porque el lugar es hoy cuidado por
un grupo cismático, que regenta una pequeña iglesia en el pueblo vecino.
Lo sorprendente es que a pesar de la condena, el niño Gilles
fuera recibido por el Papa Pío XII. Teniendo tan sólo 5 años la Virgen le había mandado decir al Papa
que tenía un secreto para él. Aunque ya fue todo un
acontecimiento que el niño con su padre fuera recibido en audiencia con otras
personas, el niño no quiso de ninguna manera decir el secreto ya que el mandato era decírselo al Papa a solas. El porte del niño tuvo que haber impactado
a los severos mandatarios, pues le fue concedida nueva audiencia al niño y a su
padre, ¡a solas con el Papa!
¿Y cuál era el secreto? Pues pocos meses antes de la declaración
del último dogma de la Iglesia, la Asunción de María a los cielos en cuerpo y
alma, en 1950, el niño le dijo al Papa que el secreto era ése precisamente, que
“Santa María no había muerto sino que había subido a los cielos en cuerpo y
alma”. Dado el origen modesto del padre y la poca edad del niño era claro que
no podía haber ahí ninguna interferencia ni siquiera bienintencionada. Pero sobre todo, el Papa había pedido una señal al Cielo antes de proclamar el dogma, ya que había
dudas por parte de teólogos de prestigio, que se arrastraban desde hace siglos.
Y después con sólo quince años, en 1955, este niño angélico murió súbitamente.
Los diálogos que quedan de él con la Virgen son los del vidente más pequeño de
que haya registro. La primera vez vio a la Virgen con sangre en el rostro y le
dijo: “¿Te has hecho pupa? Es porque te habrás caído en los bambúes” (Espis es una
zona de mucha vegetación).
Espis ha quedado como un lugar más de apariciones rechazado
por la Iglesia, y doblemente rechazado por estar hoy en manos de un grupo
cismático apegado a la misa tradicional, sin embargo, hay algo que se debiera
meditar. Espis está en la diócesis vecina a Lourdes, el obispo que hizo la
primera condena tuvo a Lourdes como siguiente destino, y Lourdes ha tenido un
inmenso valor teológico, además del milagroso, como es el de haber corroborado
el dogma de la Inmaculada Concepción, dado 4 años antes de las apariciones de
1858; si bien la Iglesia había reconocido la concepción inmaculada de la Virgen,
había quedado como un glorioso calificativo, y a santa Bernardita, la Virgen le
dijo “Yo soy la misma concepción Inmaculada”, por lo cual el cura del pueblo,
el bueno del abate Peyramale se extrañó mucho al principio, entendía que la
Virgen hablaba de una esencia y no de un calificativo, por grande que fuera.
Hoy día el lugar de las apariciones sólo es accesible
acudiendo al grupo cismático que reside en la iglesia de Santa Rita del pueblo
próximo, dado que no lo quieren revelar por internet por miedo a atentados.
Espis es un gran misterio, de un lado su condena por la
Iglesia, y por otro en gran contradicción, que un mensaje surgido de allí fuera
decisivo para la última gran proclamación dogmática de la Iglesia. Muy
posiblemente, el rechazo tuvo entre uno de sus motivos su cercanía a Lourdes,
cuya singularidad se quiso preservar, dentro de una lógica humana. Y si los
adultos se pudieron rebelar ante la decisión eclesiástica, el niño Gilles y su
condición de pequeño mensajero de María, queda más allá de toda cuestión. No
sólo fue Pio XII el que tuvo la clarividencia necesaria, sino que nada menos su
secretario de estado, el futuro Pablo VI, fue el mediador decisivo en aquella
histórica entrevista.

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