Circula por internet la mención a dos papas contrarios que habría sido predicha por la beata Catalina Emmerich; se trata de extractos de corta y pega, pero que no están así en los escritos originales, se toman de aquí y de allí en sus varios tomos; además se postula que los dos papas enfrentados serían Benedicto XVI y Francisco.
El texto de los dos papas es el que reproducimos a continuación, sin editaje. El alcance de la visión profética es mucho mayor que el de los interpretadores de internet. Es toda una enseñanza sobre la historia de la Iglesia, que nunca encontraríamos en un manual teológico, ni siquiera clásico.
El primer papa al que se hace referencia es el santo Bonifacio IV, que eliminó las imágenes paganas que todavía persistían en el Panteón a pesar de los trescientos años de cristianismo; eliminar no es exacto, ya que el emperador bizantino Phocas, mencionado por la beata Catalina sin nombrarle, sólo le autorizó a retirarlas, no a destruirlas. Y sólo por la gracia se consiguió convencer a Phocas, pues quería que no fueran retiradas.
Pero esas imágenes y sus demonios representados por tanto, seguirían durante siglos, hasta que en el papado presente a la visión (presente no tiene porqué significar a Pío VII, papa reinante en tiempos de Catalina), sino el presente en el tiempo futuro de la visión profética). Este papa o quizá era papal no sabría ya oponerse a la presencia de los nuevos ídolos, que Catalina describe magistralmente en su texto como salidos del propio interior de las personas y exteriorizados en la iglesia falsa, de la cual la protestante era antecedente. La iglesia del renacimiento con su permisividad de los ídolos visibles aunque sin culto, habría sido el origen con las consecuencias de haber estimulado la iglesia protestante histórica y haber finalmente derivado en las formas pseudocatólicas de iglesia que vemos hoy en día.
Y a seguido la visión íntegra:
Visión de 13 de mayo de 1820.
"En la
pasada noche, desde las once a las tres de la mañana, he visto un cuadro
maravilloso de dos iglesias y de dos Papas, y de un extraordinario
número de cosas antiguas y nuevas. Lo que aún recuerdo lo contaré como
me sea posible. Vino, pues mi Ángel Custodio que yo debía ir a Roma y
llevar al Papa dos cosas. No sé ya cuáles cosas fueron; será voluntad de
Dios que ya no lo sepa. Yo respondí: "¿Cómo puedo viajar tan lejos si
estoy enferma?" Pero cuando me dijeron que había de llegar felizmente,
no opuse ya dificultades. Había delante de mí un coche maravilloso,
delgado, con dos ruedas; la carrocería estaba pintada de rojo con borde
blanco. No vi caballos. Fui colocada muellemente en aquel coche y entre
tanto vi a un niño blanco como la nueve y luminoso que cerniéndose en el
aire de un lado venía hacia mí y se colocó a mis pies en el coche. Este
niño me hizo recordar el niño vestido de verde de la paciencia. Era
extraordinariamente amable y dulce y todo transparente y me fue dado por
compañero para consolarme y curarme. Aquel coche era muy sutil y liso,
de modo que pensé que me caería resbalando en él. Empezó a moverse sin
ayuda de caballo alguno. Vi a un hombre resplandeciente que nos
precedía. El viaje no fue largo; con todo, pasamos por muchas montañas y
comarcas y también sobre varias extensiones de agua. Cuando llegamos,
reconocí Roma y estuve junto al Papa. No recuerdo ya si él estaba
rezando o dormía. yo tenía que decirle o darle dos cosas, y supe que
tendría que volver para decirle una tercera cosa. Tuve después una
visión maravillosa.
He visto de repente Roma en los tiempos antiguos y he visto a un Papa (Bonifacio IV, año 608) y a un emperador del cual no sé el nombre (Focas).
Yo no podía reconocer ya las calles y los lugares de la ciudad: todo
estaba cambiado y diverso era también el oficio divino, aunque vi que
era católico. He visto un vasto edificio redondo como una cúpula. Era un
templo de ídolos, lleno de bellas estatuas y de imágenes de aquellos
dioses. No tenía ventana alguna, pero en el techo curvado y vacío había
una abertura y sobre él un artificio para impedir que penetrase lluvia.
Parecía como si allí se hubiesen reunido las imágenes de todos los
ídolos existentes. Estaban en toda clase de posiciones y muchas de ellas
eran bellísimas. Había también imágenes de cosas bien curiosas: así,
por ejemplo, vi dentro ciertos gansos que ellos honraban. En medio de
aquel templo de ídolos surgía un palco alto, en forma de pirámide, todo
cubierto de imágenes. No se celebraba allí ningún culto idolátrico, pero
todo se había conservado en la misma forma que estaba antes.
He visto
enviados del Papa Bonifacio dirigirse al emperador para obtener la
transformación del templo en una iglesia cristiana. Oí distintamente su
respuesta, esto es, que el Papa debía dejar intactas aquellas antiguas
imágenes de los ídolos y ponerles la cruz encima, que el emperador haría
esa cruz y la honrará con los más grandes honores. Ese proyecto me
pareció muy simple y sin malicia. He visto volverse los enviados Y
Bonifacio comenzó a pensar cómo podría en alguna manera satisfacer la
voluntad del emperador. Después, mientras él reflexionaba, he visto a un
simple y piadoso sacerdote estar en oración delante de la cruz. Llevaba
una larga y amplia vestidura que tenía posteriormente un arrastre. He
visto también a su lado a un ángel, que luego se levantó y fue a donde
estaba el Papa Bonifacio y le dijo que no consintiera en la voluntad del
emperador. He visto a los enviados ir de nuevo a la corte, y cómo el
emperador accedió a que el templo fuese vaciado. He visto acudir la
gente del emperador y cómo muchas de las estatuas e imágenes idolátricas
fueron quitadas y llevadas a la ciudad imperial; muchas sin embargo,
quedaron en Roma. He visto también la ceremonia de la consagración del
templo; todos los santos mártires estaban con María allí presente. El
altar no fue colocado en el medio, sino apoyado contra el muro. He visto
más de treinta coches, cargados de santos huesos y reliquias, ser
puestos en aquella iglesia. Muchas de estas reliquias fueron incrustadas
en las paredes; otras se podían ver, pues en los muros había aberturas
redondas delante de las cuales había un cristal como defensa.
Después que
vi este cuadro en sus más pequeñas circunstancias, vi al Papa actual y
vi cómo debajo de él surgía en Roma otra iglesia oscura (la capilla de la legación protestante).
Estaba esta
iglesia colocada en un vasto palacio antiguo semejante a una casa de
consejo municipal y tenía delante columnas. No he visto en esta iglesia
ningún altar y ninguna cosa sagrada. He visto solamente bancos y en
medio un púlpito. Allí sólo se predicaba y se cantaba; ninguna otra cosa
se veía dentro. Había poquísima gente. He visto una maravillosa
comedia. Cada uno de los circunstantes extrajo del pecho un ídolo y se
lo puso delante y lo adoró. Parecía como si cada uno extraía su propia
pasión bajo la forma de una negra nubecilla y que apenas esta había
salido fuera, tomaba una forma determinada: eran todas figuras como
aquellas que yo había visto pendiendo del collar de la falsa esposa en
la mansión de bodas, esto es, toda clase de figuras de hombres y
animales. El dios de unos era bastante encrespado y ancho, abría muchos
brazos y quería atrapar y devorar todo. El dios de otros era pequeño y
encogido. Otro tenía sólo un tronco pequeño de madera, torcido y
contrahecho. Un cuarto tenía por dios una bestia fea. Un quinto sólo un
bastón largo. Lo más maravilloso es que estos ídolos llenaban todo el
espacio y que esa iglesia, aunque poco frecuentada, estaba tan llena de
ídolos que no se encontraba lugar vacío. Apenas terminó la función cada
ídolo entró de nuevo allí de donde había salido y solía habitar. La casa
entera era negra y oscura, y todo cuanto allí sucedía, oscuro y negro.
Entonces me
fue mostrada también una comparación de los dos Papas, del verdadero y
de este, y de este y de aquel templo. Me duele haber olvidado los
números y datos; me fue dicho y mostrado cuán débil era el verdadero
Papa (en los principios) y cuán desprovisto de ayuda estaba; pero fuerte
en la voluntad para derribar tantos ídolos (supe el número de ellos) y
tantos falsos cultos y reunirlos a todos en uno verdadero. Por el
contrario, cuán fuerte por el número de adeptos, pero débil de voluntad
era este Papa, pues había dejado al único y
verdadero Dios y al solo y legítimo culto, permitiendo que se cambiase
en tantos ídolos y tantos falsos cultos, y que se hubiera erigido ese falso
templo.
Me fue
mostrado cómo aquellos paganos humildemente adoraban a otros dioses,
además de los suyos propios, y cómo en su simplicidad, habían querido
tomar también el culto de un Dios único, de la Santísima Trinidad, y
cómo el culto de los paganos era mejor que el culto de estos sectarios,
los cuales se adoran a sí mismos en miles de ídolos y con todos ellos no
dejan ningún lugar a la adoración pura del Señor. Todo esto yo lo he
visto en números y con exactitud en aquellos tiempos primeros, que eran
de reunir y de crecer, mientras ahora son de destruir y disipar. En la
totalidad de la visión era más ventajosa la escena de los tiempos
antiguos que la de estos tiempos. He visto también cuán perniciosas
serán las consecuencias de esta pseudo-iglesia. La vi crecer, y vi
muchos herejes de toda condición ir hacia Roma y establecerse allí."
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