Tenemos bien asumido -heterodoxos aparte- que la Virgen es la Mediadora de todas las gracias, que Ella nos ha dado a Jesús, y que por tanto no se puede llegar a Jesús sin ser por la mediación de María en todos los órdenes. Y Jesús es el que nos conduce al Padre. Pero ¿dónde queda el Espíritu Santo? En realidad no se ha visto a nadie que se haga esta pregunta, simplemente se dice que el Espíritu Santo es el gran desconocido, el gran olvidado, y para remediar esto en apariencia han surgido movimientos pentecostalistas.
Se quiere como empezar desde el Espíritu Santo, pero dejando a un lado a María, no que se haga literalmenyte pues aparecen imágenes de Ella en sus celebraciones. Es significativo que no les gusten demasiado las apariciones y también son deficientes en esto cristianos anteriores.
Pero la secuencia completa la tenemos si ponemos en el primer punto al Espíritu Santo que nos da a la Virgen (se entiende que con toda la Trinidad), El se manifiesta en Ella en toda su plenitud, y luego Ella nos conduce a su Hijo y Jesús al Padre. Jesús mediador del Padre, María mediadora del Hijo, el Espíritu Santo mediador de María, y que nadie ponga obstáculos apelando a que la mediación es función secundaria, ya entienden que Jesús siendo mediador no es un ápice menor al Padre; pero es muy posible que dado que la Virgen no es divina en sí, piensen que sería reducir al Espíritu Santo si lo vemos como mediador de María. Nada de eso, es como sostener que Jesús haciéndose hombre sería un dios menor.
Damos por descontada a la Virgen como la iniciadora, la que es encontrada por cualquiera, en cualquier lugar, por pastorcillos, en descampado; pero nos podemos preguntar -es un modo de hablar- cómo llegar a la Virgen del mejor modo y de manera apropiada a cada uno de nosotros; el modo más seguro es que incluso si tenemos devoción a la Virgen, si no faltamos en eso, que ya es mucho decir, supliquemos al Espíritu Santo, que la haga plena en nosotros; El es el origen, también de la Virgen, por tanto es plenipotenciario, como lo es Ella misma, claro está, con el Hijo, y Este con el Padre.
Que esto no se haya manifestado con claridad o de manera plena en los tiempos anteriores, es debido a la pedagogía divina, igual que en los primeros siglos se esperó a fortalecer la Presencia de Jesús en la cristiandad, para dar plena vigencia a la Virgen, eso sí, por los caminos de la estrechez, de la puerta estrecha.
Cuando el viento sopló tras santa Bernardita en Lourdes, era la mismísima presencia del Espíritu Santo, y la niña entendió enseguida que se le estaba llamando la atención por medio del sonido y del efecto táctil del viento para que "viera", para que viera a la Virgen en el hueco de la roca de Massabielle; el viento no era un simple artificio, era la presencia misma del Espíritu Santo que conduce a la Virgen, y que a partir de ahí, junto con Ella nos conduce, pero manteniendo su discreción ante los sentidos, dejándole a Ella el espacio de la sensitividad.
Por eso cuando dicen que de la Virgen da en efusión al Espíritu Santo, están invirtiendo los términos, es Ella la efundida por El, y ese es el orden que la Trinidad quiere, y manteniendose, claro está, la plena comunión interfusiva entre los Tres y los Cuatro.
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