La explicación de la Virgen sobre las tres eras del Anticristo en estos 2 mil años
Se recoge en el libro "A los sacerdotes predilectos de la Santísima Virgen" con mensaje de fecha 17 de junio de 1989, primero lo citamos y después haremos una reflexión subordinada con base teológica e histórica.
"El número 333 indica la Divinidad. El 333 es el número que indica el misterio de Dios. Aquél que quiere ponerse por encima de Dios lleva el signo de 666. El 333 indicado una vez, es decir por 1, expresa el misterio de la Unidad de Dios.
El 333 indicado dos veces, es decir por 2, indica las dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en la Persona Divina de Jesucristo.
El 333 indicado por tres veces, es decir por 3, indica el misterio de las Tres Personas Divinas, o sea, expresa el misterio de la Santísima Trinidad.
Entonces el número 333 enunciado una, dos o tres veces, expresa los Misterios principales de la Fe Católica, que son:
1º) Dios Uno.
2º) La Encarnación, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.
3º) La Trinidad de Dios.
Si el 333 es el número que indica la Divinidad, aquel que quiere ponerse por encima del mismo Dios es indicado con el número 666.
El 666 enunciado una vez, es decir por 1, expresa el año 666 seiscientos sesenta y seis.
En este período histórico el Anticristo se manifiesta a través del fenómeno del Islam, que niega directamente el misterio de la Divina Trinidad y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.
El islam, con su fuerza militar, se desencadena por doquier, destruyendo todas las antiguas comunidades cristianas, invade Europa y sólo por una intervención maternal y extraordinaria Mía, solicitada fuertemente por el Santo Padre, no logra destruir completamente la Cristiandad.
*El 666 indicado dos veces, es decir por 2, expresa el año 1332, mil trescientos treinta y dos.
En este período de tiempo histórico el Anticristo se manifiesta con un radical ataque a la fe en la Palabra de Dios.
A través de los filósofos, que comenzaron a dar exclusivo valor a la ciencia y luego a la razón, se tiende gradualmente a constituir como único criterio de verdad a la sola inteligencia humana.
Nacen los grandes errores filosóficos que se prolongan a través de los siglos hasta vuestros días.
La importancia exagerada dada a la razón, como criterio exclusivo de verdad, lleva necesariamente a la destrucción de la fe en la Palabra de Dios.
En efecto, con la reforma protestante se rechaza la Tradición como fuente de la Divina Revelación, y se acepta sólo la Sagrada Escritura.
Pero también ésta debe ser interpretada por medio de la razón, y se rechaza obstinadamente el Magisterio auténtico de la Iglesia Jerárquica, a quien Cristo ha confiado la custodia del depósito de la fe.
Cada uno es libre para leer y para comprender la Sagrada Escritura, según su personal interpretación. De esta manera la fe en la Palabra de Dios es destruida.
Obra del Anticristo, en este período histórico, es la división de la Iglesia, la consiguiente formación de nuevas y numerosas confesiones cristianas, que gradualmente son impulsadas a una pérdida creciente de la verdadera fe en la Palabra de Dios.
*El 666 enunciado 3 veces, es decir por 3, expresa el año 1998, mil novecientos noventa y ocho.
En este período histórico, la masonería, ayudada por la eclesiástica, logrará su gran objetivo: construir un ídolo para ponerlo en lugar de Cristo y de su Iglesia.
Un falso Cristo y una falsa Iglesia. Por lo tanto, la estatua construida en honor de la primera bestia, para ser adorada por todos los habitantes de la tierra y que marcará con su sello a todos aquellos que quieran comprar o vender, es la del Anticristo.
Habréis llegado así al vértice de la purificación, de la gran tribulación y de la apostasía.
La apostasía será entonces generalizada porque casi todos seguirán al falso Cristo y a la falsa Iglesia.
¡Entonces será abierta la puerta para la aparición del hombre o de la persona misma del Anticristo!"
(Hasta aquí las palabras directas de la Virgen)
Reflexión a partir de las palabras de la Virgen
1) La primera era iniciada en torno al 666 después de Cristo.
Es la primera era del Anticristo. La era del Islam contra la Unidad de Dios y el verdadero sentido de esa Unidad.
Lo que la exégesis mística de la Virgen (a través de mensajes como los de Don Gobbi) pone al descubierto es que el islam, desde su misma raíz con Mahoma, no es una simple religión diferente, sino una réplica invertida del Dios verdadero.
Si miramos el armazón de ambas ideas de Dios, el conflicto no es de palabras, sino de la naturaleza misma de la Unidad:
La Unidad como Plenitud (El diseño verdadero)
La verdadera unidad de Dios se define por la riqueza interior y la capacidad de comunicación. Dios es Uno porque en Él no hay fractura ni desorden, sino una armonía perfecta. La prueba metafísica de que esta unidad es real es su capacidad de relación y entrega.
Un Dios que es verdaderamente el Ser Supremo no se destruye ni se debilita por entrar en contacto con su creación. Al contrario: crea al hombre libre para poder dialogar con él, establece alianzas estables donde compromete su propia palabra y, en su máxima manifestación de poder, es capaz de abajarse y asumir la condición humana en la Encarnación sin dejar de ser Dios. Su unidad es viva, fecunda y genera filiación: el ser humano pasa de ser una criatura a ser partícipe de la vida divina.
La Unidad como Vaciamiento (La réplica de Mahoma)
La operación que realiza Mahoma en el siglo VII es una simplificación drástica motivada por el temor a la contaminación de los ídolos paganos. Su idea de la unidad no nace de la contemplación de la plenitud divina, sino de un mecanismo de exclusión.
Para Mahoma, la única forma de que Dios sea "Uno" es que esté completamente solo, aislado y sordo a cualquier relación de igualdad. Su doctrina establece que Dios es tan sumamente rígido que resulta incompatible con lo humano. Considera que la Encarnación o la idea de que Dios tenga un Hijo son un "rebajamiento" o una imperfección. Al hacer esto, bajo la apariencia de elevar la trascendencia de Dios, opera una amputación metafísica: define a Dios por lo que no puede hacer (no puede encarnarse, no puede sufrir por amor, no puede comprometerse en una alianza mutua).
El engaño de esta pseudoontología original radica en que presenta el aislamiento como si fuera pureza. Transforma al Dios vivo en un absoluto matemático, un monolito estático de pura voluntad y poder.
Al clausurar el puente de la comunicación íntima entre el Creador y la criatura, el hombre queda despojado de su dignidad existencial. Ya no es un ser llamado a la comunión y a la libertad en Dios, sino un elemento más de la maquinaria cósmica sometido a un decreto fatalista.
Por eso, desde la perspectiva mística, esta visión monolítica ataca la raíz misma del ser de Dios: utiliza la bandera del monoteísmo para vaciar a Dios de su atributo más real, que es el Amor Relacional, sustituyéndolo por un sistema de sumisión y control vertical.
Mahoma moldeó su concepto de un Dios monolítico y lejano utilizando tres materiales muy sencillos que tenía a su alcance en la Arabia del siglo VII, mezclándolos de forma práctica y sin complicarse con teorías complejas.
En primer lugar, tomó como materia prima el miedo al desorden de su propio entorno pagano. La tribu de Mahoma ya creía en un Dios creador supremo llamado Alá, pero la vida diaria de los árabes estaba saturada de intermediarios, adorando a cientos de ídolos de piedra, genios y diosas menores a los que pedían favores. Mahoma interpretó este panorama como un caos ontológico y estético. Para limpiar el mapa, decidió que la única forma de salvar la pureza de Dios era vaciar por completo el mundo de cualquier mediación. Cortó todas las conexiones posibles y decretó un abismo insalvable entre el Creador y la criatura, dejando a Dios aislado arriba en su trono y al universo abajo, despojado de todo rastro sagrado.
En segundo lugar, se alimentó de las disputas y teorias de las sectas cristianas heréticas que merodeaban por las periferias de Arabia. Estos grupos, expulsados de los grandes imperios por defender ideas teológicas marginales, discutían obsesivamente sobre si Jesús era Dios o era hombre. Mahoma, que era analfabeto y solo recibía estas peleas de oídas, zanjó el problema mediante una simplificación radical al decidir que la naturaleza de Dios era tan sumamente rígida que resultaba imposible que se mezclara con la materia o se hiciera carne. Para su mentalidad, que Dios naciera de una mujer o muriera en una cruz representaba un rebajamiento indigno de la soberanía. Con este portazo teológico, cerró la puerta a la idea de un Dios cercano que se entrega por amor y blindó a la divinidad como un monolito incomunicable.
Finalmente, fusionó todo esto con el fatalismo arraigado en la cultura del desierto. Los árabes de la época creían ciegamente en el Destino como una fuerza impersonal, fría e inapelable que determinaba de antemano el día de la muerte o el triunfo en la batalla. Mahoma tomó ese fatalismo cultural, le quitó su carácter impersonal y le puso el nombre de Alá. Al hacerlo, eliminó la noción bíblica de un Dios que dialoga, se compromete o sufre en una alianza mutua con el ser humano, sustituyéndola por una Voluntad Ciega y Omnipotente que define el bien y el mal según su capricho soberano.
Mahoma pensaba con la lógica de un pastor o de un jefe de tribu: si en una tienda de campaña mandan dos jefes, la tribu se destruye; si un rey comparte su botín, deja de ser el rey. Por lo tanto, para que Dios sea el Jefe Supremo, tiene que estar completamente solo y al mando. Es una lógica de "uno o cero", de "blanco o negro".
Su concepto es plano porque carece de la profundidad que tiene el Dios vivo. En el judaísmo original, la unidad de Dios es como un fuego o como una familia: es una unidad que se mueve, que tiene rostros, que dialoga, que hace alianzas de sangre donde se compromete con el hombre.
2) La segunda era contra las dos naturalezas, la divina y la humana, unidas en la Persona Divina de Jesucristo.
La segunda era del Anticristo se inicia en torno a 1330 (Dos veces 666).
Para entender cómo el nominalismo, la aclama teología de la época, niega en la práctica la doble naturaleza, hay que recordar su tesis principal: los universales (las esencias o naturalezas) no existen en la realidad; solo existen los individuos concretos.
Para un nominalista, la "naturaleza humana" no es una realidad objetiva que compartimos tú, yo y todos los hombres; es solo una etiqueta, un "nombre" (nomen) que nuestra mente inventa para agrupar a individuos que se parecen.
Si aplicamos esto al dogma de Jesucristo (la Unión Hipostática), la doble naturaleza es negada por tres motivos arteros puramente metafísicos:
El dogma de Calcedonia dice que el Verbo Divino asumió la naturaleza humana (humanam naturam). Al unirse a la naturaleza humana, Cristo se unió a toda la humanidad. Pero si la "naturaleza humana" no existe objetivamente (como dice el nominalismo), entonces ¿qué asumió el Verbo?
Para el nominalismo, el Verbo no pudo asumir la humanidad en sí misma, sino únicamente a un individuo humano biológico y concreto (Jesús de Nazaret). Cristo no se hace "hombre" en el sentido universal; simplemente se une a un cuerpo y alma particulares. Al negar que exista la "naturaleza", el nominalismo vacía de contenido la frase "se hizo hombre".
La caída inevitable en el Nestorianismo (Dos Personas)
La teología clásica diferencia muy bien entre Naturaleza y Persona. Jesús tiene dos naturalezas (divina y humana) pero es una sola Persona (la divina).
El problema es que, en el nominalismo radical, como solo existen los individuos singulares, no hay diferencia real entre naturaleza y persona. Si existe una naturaleza humana concreta y acabada, automáticamente es una persona. Por lo tanto, si el Verbo se une a un individuo humano concreto (ya que no existe la naturaleza universal), lógicamente se está uniendo a una persona humana.
Esto destruye el dogma. En lugar de ser "Una sola Persona divina con dos naturalezas", Jesucristo pasa a ser la unión de dos personas: la Persona del Verbo y la persona humana de Jesús. Esto es exactamente la antigua herejía de Nestorio. Cristo deja de ser el Dios-Hombre para convertirse en una alianza, un contrato o una "simbiosis" entre Dios y un hombre.
La destrucción del puente de la Redención
Los Padres de la Iglesia (como San Gregorio Nacianceno) tenían una máxima absoluta: "Lo que no es asumido, no es redimido". Para que Jesucristo nos salve, su divinidad tenía que penetrar, curar y elevar nuestra naturaleza humana caída.
Pero en la lógica nominalista, como Cristo no asumió una naturaleza humana común (porque no existe), su Encarnación no nos cura esencialmente. ¿Cómo nos salva entonces? El nominalismo responde: por un decreto puramente legal y arbitrario de Dios. Dios Padre decide, por su pura voluntad, aceptar el sufrimiento de ese individuo (Jesús) como pago por los demás individuos aislados. La Redención deja de ser una transformación real y orgánica de la humanidad a través de la doble naturaleza de Cristo, y se convierte en una simple transacción jurídica.
El nominalismo no necesita decir expresamente "Cristo no tiene doble naturaleza", simplemente destruye el concepto de 'naturaleza'. Al vaciar el lenguaje de su contenido real, la fórmula dogmática ("dos naturalezas, una persona") se convierte en un cascarón vacío, un juego de palabras que esconde, en realidad, a un Dios y a un hombre que caminan juntos, pero que jamás se han fundido en un solo ser.
Las consecuencia inmediatas del nominalismo son el fatalismo, la predestinación y el desprecio absoluto de las obras. Este es el núcleo del protestantismo histórico de Lutero y Calvino, que es el hijo directo de esa amputación nominalista.
Al establecer que la naturaleza humana no existe como tal y, por tanto, no puede ser transformada y curada desde dentro, la gracia divina deja de ser una fuerza que nos renueva. Para Lutero, la gracia es simplemente un manto blanco que cubre un estercolero: Dios te declara perdonado por pura fe, pero tu interior sigue estando irremediablemente corrupto y podrido.
Como Dios, en esta visión heredada del nominalismo, es pura voluntad y poder absoluto, Él decide de forma totalmente arbitraria quién se salva y quién se condena desde el principio de los tiempos. Esta es la aterradora doble predestinación de Calvino, donde el guion ya está escrito y tu libertad no pinta absolutamente nada en tu salvación.
Llegamos así a la conclusión exacta: da igual lo que hagas. Se destruye por completo el concepto católico del mérito y de la cooperación libre del hombre con la gracia divina. Si estás predestinado a salvarte, te salvarás hagas lo que hagas; y si eres un réprobo, te condenarás por muy santo que intentes ser. Esto genera un quietismo espiritual y un fatalismo paralizante, porque las buenas obras se vuelven inútiles para la salvación.
Aquí es donde se entiende perfectamente cómo ya se está en camino hacia la tercera era, la de 1998 y la falsa iglesia humanista.
Ese sistema protestante y nominalista de la segunda era terminó creando a un Dios tiránico, arbitrario y lejano que te condenaba o te salvaba sin importar tus actos. Como era de esperar, con el paso de los siglos, el pensamiento europeo terminó asqueado y se rebeló violentamente contra esa idea durante la Ilustración y la Modernidad y su producción agnóstica y existencialista pasó a la teología Iglesia católica con el tiempo.
El péndulo de la historia osciló entonces hacia el extremo opuesto. El hombre moderno pensó que, si Dios es un déspota arbitrario y nuestros actos espirituales no sirven para nada, lo mejor era olvidarse de la gracia y del cielo, y dedicarse exclusivamente a construir el paraíso aquí en la tierra con nuestras propias manos.
Al romper el equilibrio católico donde lo divino y lo humano colaboran, el enemigo primero mató la acción humana mediante el quietismo y la predestinación. Y de las cenizas de esa parálisis, hizo nacer por pura reacción el falso activismo de la tercera era: un pelagianismo humanista donde el hombre ya no necesita a Dios para salvarse, coronando así la estatua del Anticristo.
La doble naturaleza es la base que hace que la Encarnación, la Pasión, la Muerte y la Resurrección tengan poder salvífico.
Si se rompe el puente entre lo divino y lo humano, como hizo la segunda era a través del nominalismo, el protestantismo y el racionalismo, estos cuatro misterios de la vida de Cristo se vacían por completo de su verdadero significado, derivando en herejías prácticas inevitables.
El vaciamiento de la Encarnación
El misterio de la Encarnación consiste en que el Verbo se hizo carne verdaderamente para unir nuestra humanidad a la divinidad, es un matrimonio indisoluble. Pero al inyectar la idea de que la naturaleza humana y la divina son incompatibles o están radicalmente separadas, la Encarnación deja de ser una transformación real de nuestra humanidad.
Dios ya no "asume" nuestra naturaleza para curarla desde dentro. En la mentalidad de esta segunda era, el Verbo simplemente se pone un disfraz humano. La humanidad de Jesús queda reducida a un envoltorio temporal. Al negar que lo material y lo espiritual puedan compenetrarse, la Encarnación se convierte en un simple espejismo o, como concluiría más tarde el racionalismo, en un mito poético inventado por los primeros cristianos, destruyendo la certeza de que Dios pisó realmente la tierra.
La Pasión y la Muerte como una tragedia meramente humana
En la teología católica, la Pasión y la Muerte tienen un valor infinito porque el que sufre y muere en la Cruz no es solo un hombre, sino una Persona Divina sufriendo a través de su naturaleza humana. El amor infinito de su divinidad santifica el dolor de su humanidad.
Cuando la segunda era fractura esta doble naturaleza, la Cruz pierde su poder transformador y se divide en dos errores letales. Por el lado del racionalismo, la Pasión se convierte en la simple ejecución política de un buen hombre; una tragedia histórica que despierta compasión, pero que no salva a nadie porque le han extirpado la divinidad.
Por el lado del protestantismo nominalista, como la naturaleza humana está totalmente corrompida y no puede unirse al amor divino, la Muerte de Cristo se convierte en un frío trámite legal. Se postula la teoría de la "sustitución penal": un Dios Padre furioso y vengativo decide castigar a este individuo humano llamado Jesús en nuestro lugar para aplacar su ira. La Cruz deja de ser el misterio del Amor Trinitario derramándose sobre la humanidad para convertirse en un castigo jurídico puramente externo.
La Resurrección reducida a un mito psicológico
La Resurrección es el triunfo absoluto de la doble naturaleza: es la glorificación total de la materia y de la carne humana por el poder de la divinidad, el cuerpo físico de Cristo entra en la eternidad. Sin embargo, al establecer que la razón humana no puede alcanzar lo divino y que el mundo material está completamente separado del mundo espiritual, la segunda era hace que una resurrección física sea filosóficamente inaceptable. El racionalismo derivado de este ataque concluye que los milagros son imposibles porque no entran en el campo de la razón.
Por lo tanto, la Resurrección es despojada de su realidad histórica y corporal y se empieza a enseñar que Jesús no resucitó físicamente, sino que simplemente "resucitó en el corazón y en el recuerdo" de sus discípulos. Lo convierten en una experiencia psicológica, un símbolo de que su mensaje moral sigue vivo. Al negar la glorificación física de Cristo, anulan también la promesa de nuestra propia resurrección corporal futura.
En definitiva, la segunda era ataca estos cuatro misterios simultáneamente porque, al negar la compenetración real entre Dios y el hombre en la persona de Jesucristo, destruye la única herramienta capaz de salvarnos. Si la humanidad de Cristo no está verdaderamente unida a su divinidad, su Encarnación es una ilusión, su Pasión es inútil, su Muerte es una injusticia y su Resurrección es una mentira.
Tercera era. El tercer 666 contra el misterio de la Santísima Trinidad.
Se ha iniciado en torno a 1998 según el tiemp/kairós dado por la Virgen.
Sin siquiera mencionar la negación de la Santísima Trinidad, ésta es efectivamente combatida en la práctica a través del engaño más sofisticado de la historia. La masonería eclesiástica no necesita redactar un documento que prohíba el dogma trinitario; le basta con erigir esa "estatua" o ídolo del que habla el texto de la Virgen. Al vaciar a Jesucristo de su divinidad y sustituirlo por un falso Cristo —el hombre supremo, el activista perfecto o el guía ético definitivo— el misterio trinitario se desmorona por sí solo. Sin un Hijo coeterno, Dios Padre se reduce a una deidad solitaria, y el Espíritu Santo queda degradado a una mera energía de fraternidad social. Se sigue utilizando el lenguaje cristiano, pero en la realidad de la fe, la Trinidad ha sido derogada por completo.
La construcción de este ídolo es el resultado final de aquella antigua herida nominalista y racionalista. Al haberse roto siglos atrás el puente entre lo divino y lo humano, y por haber convertido la gracia en algo que no transforma nuestra naturaleza, el terreno quedó listo para la suplantación. Se quitó de en medio al Dios-Hombre verdadero y se puso en su lugar a esta estatua humanista.
Como consecuencia ineludible, al adorar a este falso Cristo nace la "falsa Iglesia". Esta institución deja de ser el canal de la salvación sobrenatural para convertirse en una estructura puramente filantrópica, horizontal y terrenal. Es la consagración del culto al hombre bajo un barniz de falsa piedad, donde la caridad cristiana es reemplazada por la simple solidaridad.
Por eso el mensaje advierte de manera tan contundente que la apostasía será generalizada. La inmensa mayoría de los fieles e incluso de los pastores caerán en el engaño porque no percibirán el ataque. Abrazarán a la falsa Iglesia creyendo que están siendo más compasivos, más abiertos y más modernos. Es un convencimiento apóstata pacífico, ciego ante la monstruosidad de haber sustituido al Dios Trino por la idolatría de la humanidad.
Bajo este reinado del humanismo absoluto, la marca de la bestia y la exclusión de quienes no puedan "comprar o vender" cobran un sentido aterradoramente lógico. En un sistema que adora al falso Cristo de la tolerancia terrenal, el católico que se mantenga fiel a la verdadera Unidad, a la doble naturaleza real y a la exclusividad de la Trinidad, será visto como el verdadero obstáculo. Quien no se doblegue ante esta falsa fraternidad universal será marginado, cancelado y expulsado de la vida social y económica, tachado de radical, divisivo y enemigo del progreso.
Y la revelación más escalofriante del texto es que toda esta tribulación y vaciamiento teológico no son el final, sino apenas la construcción del trono. Una vez que la mente y el corazón de la humanidad hayan sido moldeados para adorar al hombre y rechazar el misterio divino, la puerta quedará abierta de par en par. La persona misma del Anticristo podrá aparecer sin necesidad de imponerse por la fuerza, pues encontrará a un mundo y a una falsa Iglesia ya preparados para aclamarlo como su salvador definitivo.
Aclaración sobre el sentido de masonería eclesiástica
Si pensamos en la masonería exclusivamente como aquellas logias secretas de señores con mandiles que, durante el siglo XIX, conspiraban políticamente para derrocar tronos y destruir los Estados Pontificios, utilizar ese término hoy parecería un anacronismo total. Podría dar la impresión de que el Padre Gobbi simplemente arrastraba el lenguaje de las encíclicas de León XIII y veía fantasmas del pasado en la Iglesia moderna.
Sin embargo, para entender por qué no es un anacronismo ni un simple tic tradicionalista, hay que comprender que en estos textos proféticos la palabra "masonería" tiene mucha más altura, deja de ser un mero grupo histórico o político para convertirse en una categoría teológica y espiritual. Se utiliza este término exacto porque describe a la perfección la esencia filosófica del engaño actual, que es la misma que la del siglo XIX, pero llevada a su fase final.
La esencia misma de la masonería, desde sus orígenes, es la figura del constructor. Su filosofía fundamental es el naturalismo: la idea de que el hombre, mediante su propia razón y esfuerzo, puede edificar una fraternidad universal perfecta y alcanzar la moralidad sin necesidad de la gracia divina, de los dogmas revelados ni del sacrificio de la Cruz. Para esta visión, Dios no es el Padre Trinitario, sino un mero Gran Arquitecto del Universo, una deidad abstracta y unitaria que no interviene directamente en la historia.
Lo que ocurre en la tercera era recién estrenada en 1998 no es que los cardenales y obispos se reúnan en secreto con mandiles en sótanos oscuros, no hace falta. Se le llama masonería eclesiástica porque esa misma filosofía constructora y naturalista del siglo XIX ha sido asumida intelectualmente y puesta en práctica desde los altares. Es la asimilación del ideal masónico de la fraternidad universal, pero ahora bautizado con lenguaje eclesiástico.
El anacronismo ya no es tal cuando nos damos cuenta de que los objetivos declarados por la masonería filosófica hace doscientos años son exactamente los que hoy predica esta falsa iglesia. Ellos querían una religión universal sin dogmas excluyentes, donde todas las creencias fueran caminos válidos hacia un Dios supremo; querían que la moral se separara de la revelación y se centrara exclusivamente en el progreso humano, la tolerancia y el humanitarismo y querían, en definitiva, silenciar a la Santísima Trinidad para adorar a la Humanidad.
Por lo tanto, llamar a esto masonería eclesiástica es de una precisión clínica. Demuestra que el enemigo no desapareció tras las batallas del siglo XIX, sino que simplemente mutó. Al fracasar en su intento de destruir a la Iglesia desde fuera mediante la persecución política o el racionalismo externo, optó por la infiltración intelectual. El Padre Gobbi no está desenterrando un cadáver histórico por nostalgia tradicionalista; por su medio se transmite que el veneno de ese cadáver es exactamente el mismo que hoy circula por las venas de la estructura eclesiástica, construyendo desde dentro el ídolo del humanismo.
La estatua y la nueva adoración
La adoración ha cambiado de objeto sin que el fiel, muchas veces, llegue a advertir la sustitución. Cuando el texto de la Virgen habla de "adorar" a la estatua, está señalando un desplazamiento absoluto del centro de gravedad de la religión.
Al convertir a Cristo en un "falso Cristo" (condensado del hombre perfecto, pero no Dios), la devoción cristiana sufre una metamorfosis. La adoración que antes se dirigía al misterio de la Encarnación y a la majestad de la Santísima Trinidad, ahora se dirige a la figura de ese hombre idealizado. Es una forma de antropocentrismo radical: se adora la capacidad humana, la bondad humana, la justicia humana y la dignidad humana. En la práctica, esto significa que el altar ya no es el lugar donde el hombre se humilla ante Dios para recibir su Vida, sino el lugar donde la comunidad se celebra a sí misma, a sus valores y a sus conquistas sociales bajo el nombre de Jesús.
Es una adoración dirigida a la criatura en lugar de al Creador, tal como San Pablo describía la raíz de toda apostasía en Romanos. En la falsa Iglesia, se sigue usando la palabra "adoración", pero su contenido se ha transformado en una admiración, en un culto a los derechos humanos, en una veneración de la paz social o en el aplauso a la fraternidad. Todo lo que antes era vertical (el hombre hacia Dios) se ha vuelto horizontal (el hombre hacia su prójimo).
Por eso el texto insiste en que es la "estatua del Anticristo". El Anticristo no viene a decir "yo soy el diablo", sino a decir "yo soy el hombre definitivo, yo soy la humanidad realizada". Al adorar a este falso Cristo humanista, la gente está, sin saberlo, preparando su corazón para adorar directamente al Anticristo cuando este aparezca, pues habrán aceptado el principio fundamental de que el hombre, por sí mismo y en sí mismo, es el fin y el objeto de toda devoción.
Es la apostasía más astuta porque no quita la "religión", sino que la utiliza para entronizar al ser humano. La humanidad, al verse reflejada en ese falso Cristo, se mira al espejo y, en lugar de arrodillarse ante el Dios Trino, se arrodilla ante su propia imagen glorificada. Es el cumplimiento exacto de la máxima masónica del hombre que se construye a sí mismo, elevando al hombre al trono que le corresponde solo a Dios.
El endiosamiento del que habla la Virgen es mucho más sutil y peligroso: es el endiosamiento de la fragilidad y la bondad humana. El ser humano se convierte en el "depositario de toda piedad" porque se ha desplazado el eje de la salvación. Ante esta nueva "estatua", la piedad ya no se orienta a la infinita santidad de Dios, sino a la compasión de orden humano hacia el hombre.
En esta lógica, el ser humano se diviniza porque es considerado "intocable". Su sufrimiento, sus deseos, sus derechos y su dignidad —desconectados de la ley de Dios— se convierten en la medida absoluta de lo que es "bueno" y "santo". Si el hombre es el depositario de toda piedad, entonces cualquier acto de misericordia hacia el prójimo (independientemente de si es pecado o no ante los ojos de Dios) se convierte en el acto supremo de culto.
De esta forma, la "adoración" de la que habla el texto ocurre cuando se le otorga al hombre una prerrogativa que solo le pertenece a Dios. Por ejemplo: El nuevo hombre Dios decide qué es la verdad, basándose en su sensibilidad personal, El hombre decide qué es la piedad, basándose en la tolerancia y la inclusión. El hombre se vuelve el juez final de la moral, desplazando la voluntad divina.
Ahora este hombre nuevo Dios es un "ídolo compasivo" que exige que todo se sacrifique en el altar de la sensibilidad humana. Se venera al ser humano como si fuera el centro del universo, y al hacerlo, se le retira ese lugar a la Santísima Trinidad.
Es una piedad inmanente: ya no se busca la santidad (que es la unión con Dios), sino la "humanización" (que es la exaltación de nuestras propias facultades). La "estatua" es, por tanto, el ídolo del Humanismo Teológico, donde el servicio al hombre ha sustituido al servicio a Dios, y donde la piedad hacia el pecador ha sido manipulada para canonizar el pecado. Al final, el hombre se mira a sí mismo, se ve "bueno", se ve "misericordioso" y se adora a sí mismo, convencido de que, al hacerlo, está siendo el seguidor más fiel de ese falso Cristo que la masonería eclesiástica ha erigido en su altar.
Esta es la razón por la que hoy en día cualquier crítica al mundo moderno o a la inmoralidad actual es recibida con una hostilidad tan feroz, precisamente porque se está atacando a este "hombre divinizado" que una falsa iglesia ha protegido bajo el manto de la falsa piedad.
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