Jesús:
- Hermanos de mi Corazón, soy un mendigo de amor, llamo a los corazones pero no me abren las puertas, me encuentro cansado y hambriento, por eso necesito como peregrino un lugar para descansar y alimentarme. ¿Sabeis de qué alimento hablo? Vuestro amor. ¿Sabeis dónde necesito descansar? En vuestro corazón. ¿Me dejais? Pensadlo... ¿Me lo dais? Pensadlo... ¿Sí? Pues Yo que dí hasta la última gota de mi sangre por amor a vosotros os digo gracias, gracias por vuestro amor que me da fuerzas para seguir caminando, peregrino, y seguir llamando a las puertas de los corazones de los hombres, gracias por vuestro corazón ya que me sirve para confiar que los hombres, mis hermanos, un día me abrirán sus corazones.
Los Angeles se miran entre ellos, JESUS viste túnica blanca, pero tiene polvo y manchas de sudor, está muy cansado, los pies con polvo, las sandalias desgastadas de usarlas, su expresión serena; mientras habla está sentado en la silla donde suelo sentarme en este mismo sitio, su brazo derecho apoyado sobre la mesa; en todo momento los Angeles que están presentes han estado serios, ahora su expresión es más relajada cuando JESUS sonríe.
- ¿Puedo seguir hablando contigo, SEÑOR?
- Sí.
- Los demás días de nuestra vida ¿estarás con nosotros, entre nosotros, en nosotros?
- Siempre que vuestro corazón sea para Mí lugar de descanso y alimento, sí, mas si un día vosotros cerrais la puerta de vuestro corazón y no escuchais mi llamada, no porque no me ois llamar sino porque no quereis oirme, buscaré en otro corazón donde poder descansar y a quien contarle mi pena por vuestro desamor.
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