30.8.20

Enseñanza sobre videntes y conductas en éxtasis. La desviación gamaliense.

Hay un buen número de personas con videncias o mensajes del Cielo y generalmente no tienen quien les enseñe, y no saben cómo actuar, porque la actitud general suele ser la de alejarse de ellos, por miedo a complicarse y también por propia ignorancia general entre los católicos devocionales. A los sacerdotes se les advierte ya en los seminarios que sigan la actitud de Gamaliel hacia los que se presentan a ellos con mensajes, como si la única tarea fuera "poner a prueba" la santidad y humildad del pobre vidente, olvidando que en principio el vidente es una persona a la que le adviene la gracia mística incluso sin llevar una vida santa en absoluto, es un elegido, pero al que le queda todavía mucho que recorrer y aprender.

Ya esto fue señalado por el mayor experto en ciencia mística que fue el padre Arintero en el siglo pasado, que hizo un estudio (Libro Cuestiones místicas, BAC) sobre el origen y permanencia de la desviación "gamaliense" en los pastores y fieles sobre los videntes, que proviene de escritores espirituales del siglo XVI, entre ellos jesuitas, más proclives a la ascética. Es tema para todo un tratado. Pero esto cumple de todos modos la función de hacerles a los videntes recogerse más en el Señor, ante el rechazo del mundo, y son los perseguidos en el "interior de la casa", hoy tanto que se habla de persecuciones cristianas en el mundo.

Mientras se dan a los sacerdotes cursos de exorcismo, no se ve que se les enseñe la pastoral o guía de videntes. Bien está aquello, pero esto es más necesario, porque ellos son los canales del soplo libre del Espíritu Santo. Y se quedan sin las gracias que provienen de asumir esa tarea, quién sabe si ello además va a provocar que sigan a guías mundanos, porque en la vida espiritual no hay tierra de nadie.

Queriendo hacer un aporte a conocer mejor el mundo de los videntes, primero de todo para enseñanza de ellos, daremos algunas pinceladas:

En primer lugar, hay éxtasis profundos y superficiales, la mayoría son de este segundo orden; y hay una psicología del éxtasis secundario, que es que el vidente se oye a sí mismo hablar; también tiene poca memoria, de modo que olvida en instantes lo que los seres del Cielo le están diciendo, a excepción de cuanto les afecte muy de cerca, a su vida y circunstancias. De esto se deriva que, intentando reproducir lo que están oyendo, usan de sus propias palabras, en las que se desliza la incorrección; peor aún es el caso en el que han recibido un mensaje muy corto, por ejemplo dos frases, y pareciéndoles poco, lo "completan" con buenas frases en apariencia, pero de su propia cosecha; parece algo banal porque "sus" frases suenan piadosas como las otras, pero aquí ya empiezan los problemas, comienzan a poner de lo suyo y no se limitan humildemente a lo que reciben, y esto a menudo, si se repite, es el principio del fin, el demonio ve licencia para entrar en acción.

Explicar lo anterior a los videntes no consigue realmente que lo acepten, es decir, que acepten que ponen de lo suyo, al menos en una mayoría; les parece cuando no son humildes -aquí está la criba- que ellos están en puesto subido en materia espiritual y no se les puede tachar de falta. Caen en el orgullo sin causa, tan de todos nosotros, pero peor aún porque lo recibido viene de lo alto. Tampoco se les debe recriminar sin más, sino tratar de ayudarles y no porque hayan dicho algo incorrecto quitarles toda credibilidad y hundirles.

Tambien hay experiencias sin mensaje que deben ser sometidas a criterio similar: no debe hacerse nada a partir de la experiencia con el Cielo que no sea bajo pedido celestial. Por ejemplo, un joven vidente recibía el sentir el inmenso amor de Dios en su corazón y creía que lo tenía que transmitir a los demás presentes de la oración, pero esto era motu propio, el resultado era que abrazaba a las personas una tras otra y de aquí se derivaba la suspicacia. Incluso sin haber deshonestidad, él retransmitía el amor divino a una o dos personas en verdad, pero después quedaba como vacío y lo que entregaba era sólo un amor suyo, humano. Lo que ocurría además era que luego quedaba vacío del regalo de Dios al transmitirlo, porque esa en apariencia generosa "donación a otros" no era la voluntad de Dios, que se lo daba para él; transmitirlo y menos aún sin ton ni son, no era cosa de Dios, por eso no fue extraño que años después se sintiera vacío de todo permanentemente y dijera decepcionado "es que ya no siento lo que antes sentía". No era una desolación-prueba, sino desolación fruto de tanta iniciativa propia.

Siguiendo con el amor de Dios, hay que distinguir entre amor de Dios y gracias divinas, el amor de Dios se tiene en cuanto amamos a los demás y no es necesaria una gracia extraordinaria; cuando se siente el corazón inflamado de amor divino entonces es gracia gratis dada, y es don del que no se puede hacer uso según propio arbitrio, aunque pueda parecer generosidad.

Este escrito se pone para servir a los videntes de misión externa (a quienes reciben gracias divinas en público) porque es de suma importancia que respondan bien a los dones, de esta sencilla manera, sabiendo cuándo deben callar y no manifestar. De alguna manera tenemos aquí un eco del mandato del Señor que cuenta San Marcos cap. VII: que el Señor les mandaba que no pregonasen los milagros que hacía, pero cuanto más se lo pedía más ellos lo hacían, es decir, no obedecían. Esta es una constante nuestra, incapaces de guardar un secreto, y cuando lo oímos nos falta tiempo para contarlo, sin tener en cuenta que son los secretos del Gran Rey y se nos pedirá cuentas de no guardarlos. No estamos diciendo que haya que callar siempre, sino modestamente, domésticamente si se quiere, en el nivel de los pequeños videntes que empiezan o que llevan un tiempo, ser humildes, (humildes de corazón, porque se pueden tener sólo las cuatro reglas y no ser humilde), no añadir por su cuenta ni siquiera frases santas, pero que no es su momento, y no emprender conductas que no se piden por el Cielo.

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