19.10.20

Un exorcista y poeta singular, mosén Jacinto Verdaguer

Mosén Jacinto Verdaguer aparecía en los libros de literatura española que teníamos que estudiar, allí aprendíamos títulos suyos como La Atlántida o Canigó, poemas de gran calado en su época. Pero no se os contaba que el que es hoy uno de los máximos exponentes de la llamada Renaixenca, había sido exorcista y que había sido suspendido a divinis por su obispo. Malos datos para la memoria desde cualquier bando.

Podemos extraer varias conclusiones de su biografía desdichada y de cómo llegó a su situación.

Disfrutó gran popularidad por sus obras, pero también fue sometido a entredicho por el obispo de Barcelona, Morgades, y por su antiguo protector, el segundo marqués de Comillas, en cuya casa de Barcelona ofició como capellán y  limosnero. Se suscitó una campaña de prensa contra él para justificar el entredicho, y que se habría vuelto loco, utilizando a médicos para extender esta especie. El se defendió también en la prensa, con gran escándalo, y de un lado los católicos lo condenaron apartándose de él, pero los liberales y todos los heterodoxos, incluidos espiritistas y anarquistas, de los años 80 en Cataluña, aprovecharon a ponerse de su lado, recalcando que Verdaguer era una víctima del poder combinado de los ricos y la iglesia, interpretación del conflicto que hoy se da por buena en la mayoría de escritos rememorativos.

Y es que Verdaguer había sido confinado a un lugar de retiro de ancianos sacerdotes, pero pasados dos años escapó de allí, con lo cual el obispo le retiró ipso facto los poderes sacerdotales. Se fue a refugiar a casa de una viuda y sus tres hijos, donde encontraba cariño; en el pasado los había beneficiado con limosnas y exorcismos y en el futuro les donaría parte de sus bienes.

La primera inclinación es ponerse de parte del débil, siendo además que Verdaguer era un hombre ciertamente débil e influenciable, aunque llevdo también de un corazón sacerdotal muy compasivo. Pero podemos extraer hoy del caso una gran lección: que hay un preliminar al castigo de la jerarquía y a la persecución, pues procedía a realizar exorcismos sin consultar a fuente espiritual segura, realizando una obra buena en principio, pero que se convirtió en negativa; tenía un problema grave de falta de discernimiento y queda patente en el modo de ser llamado a exorcizar por otro sacerdote, Piñol, (si lo que se cuenta por internet es cierto), porque el demonio que tenía poseída a una mujer, había dicho que nadie podría echarle si no era Verdaguer en persona. 

El exorcismo es sólo para sacerdotes con mucho vigor espiritual, lo que no era el caso de Verdaguer, algo obvio porque había padecido tisis y por su gran sensibilidad que volcaba en sus poemas; claramente el duro mundo de la lucha espiritual no era para él. De modo que desencadenó algo que llevó muy mal, quedar aislado, recluido por orden del obispo y perdido todo su prestigio como persona. El había pedido asemejarse a Cristo, como había querido tras el viaje a Tierra Santa que le conmovió profundamente, y donde sacó propósito de vida en adelante de mayor perfección; pero no le llegó la semejanza con Cristo que él imaginaba, por ser su propio camino el que seguiría (era persona muy influenciable y al tiempo muy tenaz). 

Externamente era el obispo el que le castigaba y perseguía; el obispo Morgades es cierto que no era modelo de caridad, enemistado con el obispo de Barcelona cuando era obispo de Vic, pero actuaba para afianzar su autoridad que, como la de los demás obispos catalanes, venía siendo duramente atacada por los católicos del carlismo, incluidas serias insurrecciones entre su clero. Antecedía en el tiempo a aquello de "obispo contra obispo", pero también en aquel entonces había seminaristas y sacerdotes capaces de hacer ruido público a favor del integrismo y de llamar "raca" a sus hermanos; se puede entender que aquel clima tan de aparente protección de la verdad, pero en rompe y rasga, con la consiguiente falta de caridad, no traería buenas consecuencias; sería el precedente de la gran crisis católica y de la persecución posterior. Un tiempo en el que incluso los jesuitas también estaban en las antípodas de lo que son hoy, pero coincidiendo en el contagio de políticas de signo contrario.

La Cataluña de entonces había sido último bastión del carlismo y despegaba como potencia económica por su situación geográfica privilegiada y por la industria de sus gentes, pero asimismo por Barcelona penetraban y cobraban auge las corrientes más fieras contra el catolicismo, en especial dos de ellas que a priori parece debían ser incompatibles, pero que mira por dónde convergían, eran el anarquismo y el espiritismo, como queda probado en la historiografía actual. Fue fácil meter a Verdaguer en el mismo saco que a los espiritistas, y aún hoy persiste la duda de si la madre de familia que lo acogió pudo haber sido vidente genuina o no.

La conducta de Verdaguer dejaba en evidencia al marqués en cuya casa estaba y donde realizó al principio exorcismos, pero todo ello sin discreción; actuaba también con otros exorcistas en una casa abierta, como si fuera un dispensario de exorcismos, igualmente sin la menor discreción, con filas de gente esperando.

Sí que había poseídos verdaderos, como aquella chica que tragaba objetos cortantes y luego los expulsaba, pero no había a lo que parece una guía sobrenatural, a la vista de los diálogos con los malos espíritus que recoge el mismo Verdaguer en sus diarios. Se pretendía extraer verdades de los poseídos, y de hecho Verdaguer quemó los escritos de revelaciones que había recibido (pero dejando los diálogos de los demonios o espíritus, que sí fueron publicados). No sabían tener en cuenta que el demonio o las almas invadidas son espíritus de la mentira, y que cuando dicen una verdad es para mejor atrapar, por lo cual Jesús les mandaba callar cuando hacían sus proclamas desde los endemoniados.

No estaba llamado Verdaguer a esta misión, pero él se dejó envolver. Un colaborador en los exorcismos había sido discípulo del hoy beato Francisco Palau y Quer, que había llegado a proponer a Roma fundar una Orden de exorcistas lo cual no fue aceptado; Roma aprobaba el culto que promovía la acción del hoy beato Palau, pero quedó sin explicar la negativa a lo de la Orden; quizá pudo deberse a que al demonio no se le debe dar relevancia formal y se actúa bien a través de los sacramentos, siendo suficientes para los casos de posesión la tarea exorcizadora no exclusivista. El beato Palau podía ser muy equilibrado pero era dudoso que lo fueran también los seguidores, en materia tan difícil y delicada que hace fácilmente estragos.

Todo esto provocó enormes consecuencias, darles armas a los enemigos de la fe, y sobre todo crear una prevención entre las gentes de fe contra los aspectos más explícitos combativos de lo sobrenatural; dada la publicidad que tuvo todo el affaire, sin duda buena parte de la prevención cerval del clero posterior procede en buena parte de aquel caso, forjando la mentalidad de que hay que estar alejado de ese mundo, porque al final te vas a ver absorbido por intrigas de gente considerada "rara", y la autoridad eclesiástica condenará con extrema dureza dejándo al cura sin el pan ni la sal.

Puede entenderse que Verdaguer se defendiera con todas sus armas, pero cuando se ha iniciado un camino de simples buenas obras que no consultan al Cielo, el camino queda pavimentado para el demonio, que es capaz de simular que está siendo vencido. Luego el obispo ya actuó con toda fiereza personal y fuerza institucional, lo que por otro lado cumplía en este caso una función virtuosa.

Todos los de aquel drama jugaron también un papel en el clima del nuevo paganismo de extravío territorial que se estaba gestando en Cataluña, Verdaguer con sus odas de renovación de una arcadia dorada del cristianismo histórico, que era sólo quimera propia del romanticismo de la época, aunque fuera muy valioso como producción literaria. Buena parte de la iglesia y su jerarquía pensó también que el tiempo del carlismo había pasado, pero buscaba seguridad en el nuevo orden del mundo, que se presentaba como cristiandad catalana, con un integrismo que pasó del carlista al de la catolicidad regional, lo mismo que le ocurrió a la iglesia vasca, para al final producir una devastación hoy de todos conocida. Lo que ha de ocurrir cuando se hibrida la causa humana con la divina; pero es obvio que sumergidos en la vorágine del tiempo, y buscando que la barca no se hundiera, cualquiera podría haber caído. No se trata de condenar, sino de comprender la deriva que nos llevó hasta aquí para evitar reiteraciones, esta vez con los elementos de nuestra época.

 

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