(Del folleto "Yo sé lo que pasa en Ezquioga", de José Rodríguez Ramos, periodista).
La primera tarde que yo estuve en Ezquioga fuí en unión de un compañero fotógrafo. La concurrencia era grande. En el momento de empezar los gritos de los videntes los dos corrimos hacia la información y la multitud nos separó.
Yo le buscaba luego por el campo, para completar mis notas con sus fotografías. Le llamo a voces inutilmente. Pregunto por él a todo el mundo. Una señora me dice:
-A un fotógrafo le han llevado también accidentado.
Corro a la casa donde está instalado el botiquín y efectivamente, en una de las habitaciones encuentro al compañero fotógrafo, a quien ya han hecho reaccionar, al cabo de media hora de estar sin conocimiento. Es él, pero tiene el rostro desencajado y me mira con los ojos atónitos de quien acabara de llear del otro mundo.
¡El pobre Valbuena!-le digo siguiendo las bromas, que nos hemos traído toda la tarde.
Pero él ya no las acepta.
-Vámonos-me dice cogiéndome del brazo.
Tiene prisa por librarse de la curiosidad de las gentes. Salimos y me va contando lo que le ha ocurrido.
Este compañero fotógrafo, que se llama Aurelio Cabezón, es empleado de la casa Photo Carte, de San Sebastián y fué de muy mala gana a Ezquioga. Se comprende. Tiene 18 años y una novia que le estaría esperando inútilmente a la hora del paseo.
Subiendo monte arriba, entabló conversación con unas muchachas y se puso a darles bromas apropósito de las visiones.
-¿Pero creen ustedes, les decía, que la Virgen se va a venir a posar sobre los árboles?
Para decirlo miró a un árbol... Y vió encima de él unas luces: cuatro o cinco luces, como de bombillas eléctricas, dice él. Y les preguntó a las muchachas, un poco extrañado:
-¿Ven ustedes allí unas luces?
-¿Dónde?
-Encima de aquél árbol.
Ellas creyeron que trataba de embromarlas y se rieron. Empezó él a desesperarse y a tener miedo, porque no le hacían caso:
-¡Que les juro a ustedes que yo las veo! Pero ¿es verdad que no las ven ustedes? Yo les aseguro que las hay.
Se reían ellas cada vez más y él se restregó lo ojos, apartando la vista para que desapareciera la alucinación. Y volvió a mirar el árbol, no podía dejar de mirar.
Ahora ya no veía las luces, pero allí había una figura de mujer, la Virgen del manto negro, la misma de todos los relatos escuchados durante la tarde.
Levantó los brazos hacia lo que veía y quiso gritar... No pudo ya. En aquella actitud estuvo más de un minuto. Las muchachas le veían y pensando, sin duda, que la broma no tenía gracia se marcharon riendo.
Hubo un momento en que la figura se movía y corrió por el aire hacia él. Entonces la impresión fué tan fuerte, que el muchacho ya no pudo resistirla y cayó sin sentido. Tuvo la buena suerte de que le recogiera un médico, que estaba próximo. Dijo el doctor que tenía el pulso agitadísimo y que estaba llorando.
En el camino, de regreso a San Sebastián, yo noté que el fotógrafo venía ensimismado y procuraba distraerle con bromas. El temía, sobre todo, las que le iban a dar sus compañeros.
-Yo no sé qué es esto, que me ha ocurrido –decía-; pero sueño no fué. Yo estaba despierto. Además, los sueños se desechan pronto. Esto no puedo desecharlo.
Al día siguiente hubo una verdadera peregrinación en el taller en que trabaja Aurelio Cabezón, para contemplar de cerca al fotógrafo que había visto a la Virgen. Yo estuve también para saber cómo habí a dormido.
-Mal, mal-me dijo-no he pegado los ojos en toda la noche.
Aurelio, en sus diez y ocho años, vacíos de preocupaciones serias, no habrá pisado una iglesia dos veces. Sus compañeros, que lo saben, no acababan de dar crédito a lo que contaba y les extrañaba, sobre todo, que lo refiriera con tanta seriedad. Se reían.
-¡Qué gran éxtio –comentaban- si le hubiera hecho una fotografía!
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