Hace ya un tiempo se insiste desmedidamente en el amor al prójimo, como summum de la caridad, dando por supuesto que "prójimo" resume a cualquier "otro" en la vida de las personas, se suele decir que prójimo significa próximo, y es verdad, pero no se llega al amor al prójimo de manera directa, porque se nos pida caridad, hay que seguir un orden en el camino del amor antes de poder llegar a este amor a menudo difícil.
Recogemos la enseñanza de Jesús acerca de la jerarquía de los amores, porque distingue con precisión, pone orden y sobre todo explica las fuentes del amor al prójimo. El contexto es un diálogo con los discípulos tal como fue visionado por María Valtorta, donde Iscariote hace de contrapunto como siempre, pero que aún en su descaro sirve a Jesús maravillosamente para ahondar en su explicación.
(Jesús): Hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primer grado: el que se da a Dios.
Luego, el amor de segundo grado: el materno, o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, éste es en dos partes espiritual y en una carnal se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sólo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que también nutren y aman su mente y su espíritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia - aunque sólo fuere para instruirla- termina por amarla como si fuera su propia carne.
Existe amor hacia la compañera: es amor de tercer grado, porque es - me refiero también en este caso a los sanos y santos amores - mitad espíritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre, además de esposa. Éstos son los tres amores más elevados.
-¿Y el amor al prójimo? ¿No te estás equivocando? ¿O es que te has olvidado de él? - pregunta Judas Iscariote.
Los demás lo miran perplejos y... con enfado por la observación que ha hecho.
Jesús, sin embargo, responde sereno:
-No, Judas. Pero observa lo que te digo. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no es necesaria ninguna explicación para persuadir de este amor. Él es el que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada que viene a ser partícipe del Todo por el alma infundida por el Eterno - sin ella el hombre sería uno de tantos animales brutos que viven sobre la faz de la tierra o en las aguas o en el aire -) debe adorar por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la Jerusalén que no conocerá profanación o destrucción algunas por los siglos de los siglos.
El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicación de precepto en las palabras de Dios a Adán y Eva, después de bendecirlos, viendo que era "bueno" lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de lo creado, les dijo: "Creced y multiplicaos y poblad la tierra...".
Puesto que en la creación, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: "Creced, multiplicaos". "Amad, por tanto, después de mí, a vuestros hijos.” El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto - porque va con ella -, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos - o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis -, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, hermanos - habían nacido de un Padre común - y, no obstante, esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía amor de padre hacia su compañera "hueso de sus huesos y carne de su carne" (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocía la alegría de ser hija - por tanto, protegida por un amor muy elevado -, porque sentía que tenía en sí algo de aquel espléndido hombre que la amaba, con inocencia y angélico ardor, en los hermosos prados del Edén.
Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados párvulos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera - y, en ella, de todas las mujeres -, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba límpido en el terso espejo del espíritu de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): "El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una carne sola".
De no haber existido los tres pilares de los amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Estás convencido de esto?
-Sí maestro. No había reflexionado.
-Efectivamente, es difícil remontarse al hontanar. El hombre está bien hincado ya desde hace siglos, milenios, en el fango, y el hontanar está en las cimas, muy alto. Además, el primero de los manantiales viene de una inmensa altura: Dios... No obstante, de la mano, os conduciré a los manantiales; sé dónde están...
-¿Y los otros amores? - preguntan al unísono dos discípulos.
-El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo.
-Pero ¿basta?
-Basta.
-¡Hay otros muchos amores! - exclama Judas Iscariote.
-No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son "desamores"; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negación es odio.
(Poema del Hombre Dios, Visiones de Maria Valtorta. Segundo año de la vida de Jesús. nº 196.)
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