19.4.23

El método del ángel de la guarda para llevarnos bien con los demás (que no se cuenta en las predicaciones)

Nos repiten una y mil veces en predicaciones in situ o radiofónicas que hay que preocuparse de los demás, que hay que ser coherente entre la fe y las obras, y otros muchísimos "hay que", y nos recuerdan una y otra vez cómo no somos y no hacemos, pero "hay que...". Esta reiteración en tantos predicadores que quieren sí, dar buena enseñanza, que repiten lo mismo una y otra vez, en esta era de misericordiosismo, de agitación de palabra por las obras, como si tuviéramos el control de nuestra propia voluntad, "nosotros lo decidimos, nosotros lo hacemos", deja entrever la ausencia de una auténtica inteligencia espiritual, resultado de la falta de escucha de los santos escondidos de hoy en día, aquellos que están a la escucha directa divina, y que de ser escuchados a su vez nos permitiría corregir esa engañosa a fuer de simplona apelación a la voluntad de hacer el bien. Para empezar no somos dueños de nosotros mismos como para que por simple voluntad hagamos bien a los demás, por más que nos lo reiteren desde los diversos púlpitos, que empieza no por grandes gestos de caridad sino por cada uno de los más mínimos contactos que hemos de hacer con los demás; no se trata de sonreír ni de imponerse hacer favores, o amabilidad ante todo, de gestos de cortesía a diestro y siniestro,  ni de la actitud de todo el mundo es bueno, sino de reconocer que solos no podemos y de una solución sencilla que nunca hemos visto nos recomienden y que aquí sí es efectiva, como hemos comprobado por experiencia: es el envío a nuestro ángel de la guarda antes de tratar a quien hayamos de tratar, bien prevista o imprevistamente, incluso al entrar en comercios, para que contacte a su vez con el ángel de la guarda de las personas a tratar y que influyan para que entre esas personas y nosotros haya paz mutua, respeto mutuo y caridad mutua. 

Lo anterior procede de una enseñanza directa, que es justo el tipo de enseñanzas que no se reciben ante la desconfianza general a todo lo que nos presenten como venido de enseñanza directa divina. Entonces desde esta ignorancia, cuando vamos a los demás vamos con nuestra simple buena voluntad, que aun cuando ya sea algo, resulta muy poco eficaz para ayudarnos en el mandato de la caridad y que nos arroja siempre al lugar común: no hemos hecho lo que debíamos. Siempre enviar nuestro ángel por delante, lo que es fácil y no es fácil, no requiere grandes gestos ni esfuerzos siendo acción de pensamiento, pero a la vez requiere el esfuerzo de la voluntad de apartar esa telaraña de inconsciencia que nos nubla por dentro y acordarse de pedir la intervención de nuestro ángel y de los otros ángeles; sin este método elemental la mera voluntad de hacer por los demás, y todos los sermones del mundo que la prediquen, resultan en propósitos de poco resultado en el plano de las almas, y en que sigamos en la rueda perpetua de volver una y otra vez a constatar nuestro fracaso en el orden de la caridad.

Quien conoce este método infalible constata qué diferentes son los encuentros, hasta los de menor trascendencia aparente, con las personas a tratar y cómo ellas se muestran diferentes y nosotros también cuando existe el acuerdo por nosotros desencadenado, entre nuestros ángeles respectivos, en favor de la suavidad caritativa entre las almas, a lo que ellos no pueden ni quieren resistir.

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