En el Cantar de los Cantares (en adelante Ct), el “Amado”, el “Esposo”, el “amante” es leído por la tradición cristiana como figura de Cristo: es el Dios que ama a su pueblo con amor de esposo, apasionado, fiel y total. En Navidad contemplamos a ese mismo Cristo-Esposo, pero bajo una forma sorprendente: se ha hecho Niño. El Amante del Cantar se traduce en el Niño de Belén. El mismo que dice “ponme como un sello sobre tu corazón” es el que ahora cabe en los brazos de María; el mismo que busca a la Esposa y quiere unirse a ella es el que, recién nacido, pide ser acogido en nuestra pobreza.
Por eso, al leer Cantar 7–8 en clave navideña, cada vez que aparece el Amado podemos verlo como Jesús Niño, que ya es el Esposo de la Iglesia y de cada alma, aunque todavía no predique ni obre milagros. Su amor esponsal se manifiesta ahora en forma de pequeñez, de fragilidad, de ternura: el Esposo se ha hecho Niño para entrar en nuestra historia sin imponerse, esperando ser recibido, abrazado y amado. A partir de esta clave, han d entenderse las glosas siguientes sobre citas del Cantar.
Los versículos glosados
«Tus dos pechos, como gemelos de gacela…» (Ct 7,3).
Aquí, visto en Navidad, el Amado es Jesús Niño, que se deja alimentar por los
pechos de María. El Esposo del Cantar se ha hecho Niño: el Amor eterno de Dios
ahora depende de la leche de su Madre. En Belén, el Amante se “traduce” en este
Niño frágil, que recibe del pecho de María el alimento con el que, más tarde,
nos dará a nosotros la vida.
«Tu estatura es semejante a la palmera y tus pechos a los
racimos. Yo dije: subiré a la palmera, asiré sus ramas; sean tus pechos como
racimos de vid…» (Ct 7,7-8).
En clave navideña, el Amado que habla es Jesús Niño, el mismo Esposo del alma y
de la Iglesia. Los “pechos–racimos” de la Esposa son el símbolo de María que
alimenta al Hijo de Dios. El Esposo del Cantar, hecho Niño, “sube” a la
palmera: se acoge al pecho de su Madre. De esos racimos–pechos se nutre el cuerpo
pequeño de Jesús, que un día será el “racimo” exprimido en la cruz para darnos
el vino de la salvación.
«Y tu paladar como el buen vino, que se entra a mi amado
suavemente…» (Ct 7,9).
El Amado aquí es Jesús Niño, que recibe todo con suavidad y pobreza. El “buen
vino” es la dulzura del amor esponsal que, en Navidad, se hace dulzura de cuna.
El Esposo del Cantar, hecho Niño en Belén, comienza a gustar ese “vino” en la
ternura de María y de José, en la adoración de los pastores: es el mismo Cristo
Esposo, pero ahora escondido en la infancia.
«Ven, amado mío, salgamos al campo, moremos en las aldeas.
Levantémonos de mañana a las viñas… Allí te daré mis amores. A nuestras puertas
hay toda suerte de dulces frutos, nuevos y añejos, que para ti, amado mío, he
guardado» (Ct 7,11-13).
Si vemos al Amado como Jesús Niño, este texto nos lleva a los campos de Belén y
a la vida sencilla de las aldeas. La Esposa lleva a su Amado-Niño a los caminos
pobres del mundo: María llevando a Jesús Niño a los brazos de los pastores, a
las casas humildes. Las viñas que empiezan a brotar y los frutos “nuevos y
añejos” se pueden leer como toda la historia de Israel que llega a su plenitud
en el nacimiento de Jesús: las promesas antiguas (lo añejo) y la gracia recién
inaugurada (lo nuevo) se encuentran en el Niño nacido en un pueblo pequeño.
«¡Oh, si tú fueras como un hermano mío, que mamó los pechos
de mi madre! Yo te llevaría, te metería en la casa de mi madre… Yo te haría
beber vino adobado del mosto de mis granadas» (Ct 8,1-2).
Aquí podemos contemplar al Amado como Jesús Niño, nuestro Hermano en la carne.
Él, Esposo eterno, se ha hecho hermano nuestro, amamantado por los pechos de
María. La casa de la madre se puede ver como la casa de Nazaret, el hogar donde
el Esposo–Niño crece. El vino adobado es la gracia que María ofrece al Niño y,
a través de Él, a nosotros: el Esposo del Cantar se hace Niño para entrar en
nuestra casa y hacer de nuestra vida un banquete de amor.
«Su izquierda esté debajo de mi cabeza, y su derecha me
abrace. Os conjuro… que no despertéis al amor, hasta que quiera» (Ct 8,3-4).
Este abrazo se puede contemplar en Navidad como la ternura silenciosa entre
María y el Niño: el Amor hecho carne, dormido en el pesebre, sostenido entre
los brazos de su Madre. No despertar al Amor hasta que quiera es respetar el
misterio del tiempo de Dios: el Esposo, hecho Niño, duerme en el pesebre,
oculto, mientras su amor ya está salvando al mundo en silencio.
«¿Quién es esta que sube del desierto, recostada sobre su
amado? Debajo de un manzano te desperté; allí tuvo tu madre dolores, allí tuvo
dolores la que te dio a luz» (Ct 8,5).
El desierto recuerda los caminos pobres y difíciles de la Sagrada Familia. “Tu
madre tuvo dolores” apunta a María dando a luz al Esposo hecho Niño. Bajo el
“manzano” (*), símbolo de Cristo, la Madre sufre y goza en el parto: el Amante
divino se encarna, se hace pequeño, y el primer lugar donde se manifiesta como
Esposo de la humanidad es en el nacimiento de Belén.
«Ponme como un sello sobre tu corazón, como una marca sobre
tu brazo; porque fuerte es como la muerte el amor… Las muchas aguas no podrán
apagar el amor, ni los ríos lo ahogarán» (Ct 8,6-7).
El que pide ser sello es el mismo Cristo Esposo, que en Navidad se presenta
como Jesús Niño. Ese sello sobre el corazón y el brazo comienza en la
Encarnación: el Esposo se “imprime” en nuestra humanidad haciéndose Niño en el
seno de María. El amor más fuerte que la muerte ya está entero en ese Niño del
pesebre: en el cuerpo pequeño de Jesús se esconde el mismo Esposo que un día
dará la vida en la cruz, sin que las “aguas” del sufrimiento apaguen su amor.
«Salomón tuvo una viña en Baal-hamón… Mi viña, que es mía,
está delante de mí…» (Ct 8,11-12).
La viña es el pueblo amado, la Iglesia, y el verdadero dueño de la viña es Jesús,
el Esposo. En Navidad, podemos contemplar al Dueño de la viña como Jesús Niño,
que todavía no habla ni manda, pero ya es Señor de todo. María, que sostiene al
Niño en brazos, sostiene también la viña del Esposo: la Iglesia que va a nacer
de ese Niño–Amante que ha venido al mundo para desposarse con la humanidad
desde la pobreza del pesebre.
(*) En Ct 8,5 el texto latino dice: «Sub arbore malo suscitavi te». Aquí conviene recordar que en latín malus significa tanto “manzano” (nombre del árbol) como “malo” (adjetivo), de modo que la tradición ha jugado con esta doble resonancia. Por eso, algunos autores espirituales han podido leer arbore malo como “árbol malo”, relacionándolo bien con el árbol del pecado en el Génesis, bien con la cruz —antiguo instrumento de suplicio transformado por Cristo en árbol de vida—. Sin embargo, el sentido literal hebreo apunta sencillamente a un manzano, sin connotación moral negativa, y de ahí que muchas traducciones modernas opten por “manzano”. Esta ambivalencia simbólica permite, en clave alegórica, varias lecturas legítimas: por un lado, el árbol del pecado que Cristo asume y redime; por otro, el árbol bueno, figura de Cristo mismo como árbol de vida, bajo el cual “la madre tiene dolores” y da a luz al Fruto bendito. De un modo semejante a la serpiente —signo del mal en el Génesis y signo de salvación en la serpiente de bronce levantada por Moisés—, también el manzano puede ser contemplado en registros distintos según el misterio que se quiera subrayar: cruz y redención, o bien Encarnación y Navidad, cuando se aplica este versículo a los dolores de la Virgen al dar a luz a Jesús.
Nota sobre la exégesis de comentaristas y santos acerca del Cantar
En la tradición de la Iglesia, los grandes comentadores del Cantar de los Cantares (Orígenes, Gregorio de Nisa, Gregorio Magno, Beda, Bernardo de Claraval, Ruperto de Deutz, etc.) leen casi unánimemente al Amado como Cristo y a la Amada como la Iglesia, el alma y, en muchos medievales, también María. Para ellos el Cantar no es un poema “romántico” aislado, sino el gran libro del amor esponsal de Cristo: el Verbo que se hace carne, se une a su pueblo y lo introduce en la intimidad de Dios. En varios de estos autores, la Encarnación está en el centro de la lectura: el Verbo que sale al encuentro de la Esposa, que desciende, que se deja buscar y encontrar, es el mismo Cristo encarnado cuya venida la Iglesia celebra en Navidad. Algunos, como Ruperto de Deutz, llegan incluso a presentar su comentario al Cantar como una obra sobre la Encarnación del Señor; otros, como Bernardo, articulan la doctrina de los “tres advientos” de Cristo (en la carne, en el alma y al final de los tiempos), de modo que el Cantar se entiende naturalmente en ese horizonte.
En ciertos predicadores medievales, esta relación entre Cantar y Encarnación se hace más concreta: por ejemplo, en un sermón de Hildeberto de Lavardin para la fiesta de Navidad se cita expresamente el “Sub arbore malo suscitavi te” de Ct 8,5 y se relaciona ese árbol con el pecado y con la cruz, dentro de una predicación sobre el nacimiento del Señor. San Antonio de Padua, en sus sermones, recoge el mismo versículo y explica que el cristiano, bajo el árbol de la cruz, vive sostenido por el “olor de la Encarnación y de la Pasión” de Cristo, mencionando un sermón de Navidad en ese contexto y uniendo así Belén y el Calvario a través del lenguaje del Cantar. A la vez, la exégesis alegórica de autores como Beda o Bernardo, que interpreta el “¿Quién es ésta que sube del desierto apoyada en su amado?” como la Iglesia que sale del desierto del pecado apoyada únicamente en Cristo, ha sido asumida por la liturgia: en antífonas y textos navideños se percibe el eco de estos versículos, aplicados al pueblo creyente que se acerca al Niño Dios y participa de su vida nueva.
Hasta aquí es, más o menos, hasta donde llegan explícitamente los santos y comentadores: establecen con claridad que el Esposo del Cantar es Cristo, que la Esposa es la Iglesia, el alma y María, que el libro habla del amor de Cristo encarnado, y algunos de ellos utilizan nuestros versículos (sobre todo Ct 8,5–6) en el marco de la Navidad o de la teología de la Encarnación, a menudo en relación con la cruz. En general, sin embargo, no suelen “pintar” con detalle la escena del portal de Belén a partir de cada imagen concreta de Ct 7–8; se quedan en un nivel más amplio: Cristo–Esposo, Iglesia/María–Esposa, Encarnación–cruz–vida espiritual, y desde ahí iluminan los versículos.
Lo que añadimos más arriba no corrige ni contradice eso, es un paso más dentro de la misma línea: si el Esposo del Cantar es Cristo encarnado, entonces en el marco de Navidad ese mismo Cristo es Jesús Niño; si la Esposa es la Iglesia y María, entonces podemos contemplar a María con el Niño en brazos a la luz de estos versículos. A partir de la base que ellos dan —Esposo = Cristo, Esposa = Iglesia/alma/María, Cantar = libro de la Encarnación y del amor esponsal de Dios—, nosotros aplicamos más concretamente las imágenes: el Amado visto como Jesús Niño; los pechos y los racimos como el pecho de María que amamanta al Hijo de Dios en Belén; el campo y las aldeas como los campos de Belén y la vida sencilla de los pastores; el manzano como figura de Cristo-árbol de vida bajo el cual María tiene los “dolores” del parto; el “ponme como un sello sobre tu corazón” como la huella que el Niño Dios imprime en la humanidad desde la Encarnación. Es decir, los santos han trazado el marco teológico y espiritual que une Cantar, Cristo y la Encarnación; apoyados en ese marco, hacemos una lectura devocional aplicada desde el Cantar al misterio de Navidad, poniendo nombres y escenas concretas a lo que ellos formularon en clave más general.

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