22.4.26

Las espiritualidades llamadas liberadoras ante San Ignacio

Sea, pues, como si el mismo Íñigo de Loyola entrase en la sala donde se ha tratado sobre espiritualidades liberadoras en la universidad jesuita, mirase a todos con gravedad, y, después de haber oído hablar del misterio, de la resistencia, de la comunidad, del cuerpo, de la historia y de la esperanza, dijese así:

“Hijos, mucho habéis hablado de espíritu, y no poco de libertad, y no niego yo que en vuestras palabras haya algunas cosas buenas, porque el mal espíritu no suele venir desnudo, mas vestido con apariencias de bien, y aun las cosas buenas, si son desordenadas, dañan más que aprovechan. Y porque decís que queréis tomaros de mi doctrina, conviene que os declare en qué consiste mi sentir y en qué manera lo habéis trocado, mezclado o desfigurado, no quizá con mala voluntad, pero sí con poco temor y con mucha confianza en vuestro propio juicio.

Cuando yo enseñé a buscar a Dios, no enseñé a los hombres a complacerse en una apertura vaga al misterio, ni a morar en palabras anchas que cada uno llena de lo que quiere, sino a buscar la divina voluntad para más servir y alabar a su divina majestad. No puse el fundamento en la novedad del discurso, ni en la fineza del sentir, ni en la anchura del lenguaje, sino en que el hombre sea criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su ánima. Y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado. Mirad bien cuán lejos va esto de vuestro modo de hablar. Porque donde yo puse fin, vos ponéis camino; y donde yo puse a Dios, vos muchas veces ponéis la historia; y donde yo puse la salvación del ánima en orden al servicio divino, vos ponéis una cierta transformación del mundo, como si el reino de Dios fuese principalmente obra vuestra y no don que desciende de arriba.

Decís que queréis partir de la realidad. Bien está, si entendéis por realidad aquello en que Dios os sale al encuentro para humillaros, convertiros y ordenar vuestra vida. Mas yo veo que, cuando nombráis la realidad, nombráis luego violencia, pueblo, territorio, comunidad, estructuras, modernidad, resistencia; y poco oigo de culpa, de pecado, de juicio de sí, de desorden de afecciones, de engaños del enemigo, de soberbia espiritual, de vanagloria encubierta, de ambición de parecer buenos. Harto sabéis mirar el mal que corre por el siglo, pero poco os detenéis en el mal que mora en el pecho de cada uno. Y creedme que quien mucho habla de las tinieblas del mundo y poco de las de su ánima, está aún lejos de la luz verdadera. Porque la primera batalla no es contra una edad histórica, sino contra sí mesmo, contra el amor propio, querer e interés.

Yo enseñé examen, y no vaguedad. Enseñé discernimiento de espíritus, y no contentarme con una consolación porque parece generosa, ni recibir todo movimiento interior porque suena compasivo, comunitario o abierto. Vosotros habláis de afectarse por la realidad, de dejarse tocar, de abrirse a lo incierto, de abrazar el no saber. Y en parte no yerrais, si con esto queréis decir que el hombre no lo gobierna todo y que ha de dejar a Dios ser Dios. Mas habéis hecho de esta desnudez una bandera, y del no saber una casi virtud por sí mesma, y de la incertidumbre una especie de inocencia. No es ése mi camino. Yo no quise que el hombre viviese en niebla, sino que, entre muchas mociones, probase y examinase cuál viene del buen espíritu y cuál del malo. Que no toda obscuridad es santa, ni todo temblor humildad, ni toda ruptura libertad. Hay confusiones que nacen de Dios para más purificación, sí; pero hay otras muchas que nacen de negligencia, de apetito de singularidad o de falta de obediencia. Y quien no quiere distinguirlas, presto llama misterio a su propia confusión.

También habéis tomado mi doctrina del hallar a Dios en todas las cosas y la habéis ensanchado hasta casi perderla. Porque hallar a Dios en todas las cosas no quiso decir jamás que toda experiencia de intensidad, toda comunión sensible, todo vínculo, toda alteridad o toda vitalidad sea ya, sin más, presencia divina bien discernida. Quise decir que el alma purgada, ordenada y obediente puede, en medio del mundo, servir a Dios y reconocer su operación. Mas para esto se requiere mucha mortificación, mucha limpieza de intención, mucha obediencia a la Iglesia y mucha renuncia de sí. Vosotros, en lugar de esto, hacéis a veces de toda relación, de todo cuerpo, de todo eros, de toda comunidad, un lugar casi sagrado por sí mismo, como si la mera conexión fuese ya gracia, y la mera apertura fuese ya santidad. No, hijos. El mundo no se santifica porque vosotros le halléis hondura, sino porque Dios le visita y el hombre responde con obediencia. Sin esto, el lenguaje de la totalidad, de la vida, del vínculo y del misterio puede ser bien hermoso y muy engañoso.

Mucho habláis también del cuerpo y de la disolución del ego, y aun de una cierta erótica del vivir, y no niego que el hombre entero sirve a Dios, con alma y cuerpo, con sentidos y potencias, con lágrimas y cansancio. Mas querría yo preguntaros si sabéis distinguir entre salir de sí y deshacerse de sí, entre negarse a sí por Cristo y diluirse en un lenguaje que no acaba de decir quién manda, quién juzga, quién salva. Porque el cristiano no se pierde en una circulación difusa de vida, antes se ofrece como persona ante Dios, pecadora y llamada, para ser puesta con el Hijo. La abnegación que yo enseñé no fue una disolución mística del yo en el ancho movimiento de lo viviente, sino una victoria trabajosa contra el amor propio, para que el hombre quede más libre para obedecer a Cristo pobre y humilde. El ego no se vence hablando mucho contra la mismidad, sino aceptando humillaciones, sufriendo contradicción, callando cuando querría uno brillar, obedeciendo cuando querría mandar, sirviendo cuando querría ser tenido por maestro. Y temo que en algunos de vuestros discursos el ego no muere, sino que se refina; deja de llamarse señor y se llama ahora resistente, abierto, interespiritual, crítico, cuidador. Mudado el nombre, queda vivo el señorío de sí.

En lo tocante a la esperanza, oigo que la queréis política, comunitaria, territorial. Y bien decís, si con ello queréis apartar al cristiano de una devoción floja, sin obras y sin caridad. Mas la esperanza que yo aprendí de la Iglesia no se agota en el remedio de los tiempos, ni se mide por la potencia de vuestras comunidades para engendrar mundo nuevo, ni se cifra principalmente en que la historia quede mejor dispuesta. La esperanza es virtud por la cual esperamos a Dios, y de Dios la gracia en esta vida y la gloria en la otra. De aquí nacen obras de justicia, de misericordia y de servicio, cierto es; mas si quitáis el fin último y dejáis sólo la tarea histórica, habéis rebajado la esperanza a empresa. Y entonces no será maravilla que, faltando fruto visible, caigáis en tristeza, en amargura o en enojo contra todos los que no hablan como vosotros. Quien espera en Dios puede trabajar sin idolatrar el resultado. Quien espera en la historia como campo principal de redención, presto se desespera o se endurece.

Y porque os preciáis de ser ignacianos, menester es que os diga algo de Cristo. En mis ejercicios, todo se ordena a conocer internamente al Señor, que por mí se ha hecho hombre, para más amarle y seguirle. Mirad qué digo: al Señor, no sólo a su causa; al Señor, no sólo a su ejemplo moral; al Señor, no sólo a su función inspiradora en los procesos de liberación. Vosotros nombráis a Jesús, sí, mas muchas veces le traéis como confirmación de aquello que de antemano queréis afirmar: comunidad, cuidado, resistencia, mundo otro, ruptura con los poderes, esperanza de los de abajo. Y no niego que Cristo toca todo eso; mas Cristo no es un sello puesto al cabo de vuestra visión, sino el principio, el medio y el fin. No se sigue a Cristo porque encaja con nuestra lectura del siglo; síguesele porque es el Hijo, el Señor, el Salvador, y porque fuera de él no hay salud. Y seguirle quiere decir entrar bajo su bandera, no tomar de su nombre lustre para la nuestra. Vosotros queréis, a veces, un Cristo ancho, dialogante, simbólico, inspirador, misterioso. Yo os digo que antes que todo eso es rey eternal que llama, señor crucificado que demanda respuesta, juez de vivos y muertos, y esposo del ánima fiel. Donde esta majestad se pierde, aun el más delicado discurso espiritual queda sin centro.

Y acerca de la Iglesia, siento yo en vuestras palabras un cansancio, una sospecha, un distinguir continuo entre experiencia viva y estructura, entre espíritu y poder, entre fe y forma eclesial. No os faltan ocasiones para ello, que muchos males ha habido y hay entre los ministros de la Iglesia, y bien sé yo cuánta reforma es menester. Mas guardaos de este engaño: imaginar una pureza espiritual que se conserva sólo alejándose de la forma visible, de la doctrina común, de la obediencia y del juicio de la Iglesia. Yo no enseñé a mis compañeros a salvar su fervor apartándose de la Iglesia real, sino a servir en ella con todo acatamiento, aun padeciendo por sus miserias. Porque donde no hay obediencia, presto cada uno se hace medida de la verdad; y donde cada uno se hace medida, el espíritu que parecía muy libre acaba siendo esclavo de su parecer. Decís que la ortodoxia puede oprimir. Yo os respondo que también la novedad puede ensoberbecer, y que más daños hace muchas veces una heterodoxia dulce que una dureza manifiesta. Porque la una al menos hiere de frente, y la otra adormece.

Mucho habéis ensanchado asimismo la conversación con otras tradiciones, con otros saberes, con pueblos antiguos, con místicas diversas. Y si esto se hace con juicio, humildad y recta intención, no lo repruebo. Mas siento que no pocas veces, para ser tenidos por amplios, vais deshaciendo la singularidad de la fe cristiana. Teméis parecer cerrados, y por huir del exclusivismo caéis en tibieza de confesión. Oís del sufí, del tao, de los antiguos pueblos, y de todos tomáis algo para vuestra armazón espiritual; mas decidme: ¿tomáis estas cosas como quien, siendo muy firme en Cristo y en la doctrina, discierne lo que aprovecha, o como quien ya no osa afirmar la suficiencia del Señor y necesita un tejido compuesto para no parecer estrecho? El cristiano puede aprender de muchos, pero no puede tratar a Cristo como una voz entre otras. Si lo hace, aunque siga nombrándole, ha mudado de religión en lo hondo.

Y no quiero callar una cosa muy principal. Hablad mucho de pobres, si queréis, y de víctimas, y de pueblos heridos, y de mujeres que resisten, y de defensores del territorio. Todo eso es justo y santo, si nace de caridad verdadera. Mas temo que algunas veces los pobres se os vuelvan, sin que lo sintáis, ocasión de propia justificación. Quiero decir: que os ponéis de su parte para estar seguros de la vuestra, y usáis su dolor como lugar moral desde donde ya no escuchar corrección. Yo, si algo aprendí, fue a buscar a Cristo en el pobre, sí, pero no para hacer del pobre una doctrina que absuelve, sino una presencia que humilla, obliga y convierte. Quien de veras sirve a los pequeños, no sale de ello más seguro de sí, sino más quebrantado, más paciente, más obediente, más lento para condenar, más dispuesto al trabajo escondido. Si el trato con los pobres os hace más altivos, más sentenciosos o más enamorados de vuestro propio lenguaje, no os engañéis: no es el espíritu de Cristo el que así obra.

En suma, hijos, habéis tomado de mí el gusto por buscar a Dios en el vivir, por no apartar la oración del mundo, por discernir la historia, por servir donde hay más necesidad, por no contentaros con una devoción sin obras. Y esto lo apruebo. Mas habéis mezclado con ello muchas cosas del siglo presente, de tal suerte que el nervio primero queda flojo. Habéis puesto la liberación donde yo puse la salvación; la historia donde yo puse la divina majestad; la apertura donde yo puse el discernimiento; la comunidad donde yo puse la obediencia; la experiencia donde yo puse la verdad probada; el mundo nuevo donde yo puse el seguimiento del Rey eternal; el lenguaje del misterio donde yo puse el conocimiento interno de Cristo; la sospecha de la ortodoxia donde yo puse el sentir con la Iglesia; la dilución del yo donde yo puse el vencimiento del amor propio.

Y si me preguntáis, finalmente, qué os diría para enderezaros, responderos he brevemente. Tornad al fundamento. Preguntad menos qué mundo queréis hacer y preguntad más para qué sois criados. Hablad menos de espíritu en general y más del Señor Jesucristo. Examinad menos las estructuras ajenas y más los movimientos de vuestra ánima. No llaméis liberación a todo lo que os ensancha interiormente, hasta haber probado si os hace más humildes, más obedientes y más prontos para padecer por la verdad. No queráis salvar la mística apartándola del dogma, ni la historia apartándola del juicio de Dios, ni la comunidad apartándola de la Iglesia. Y, sobre todo, no penséis que sois muy de Ignacio porque habláis de discernimiento, de encarnación y de compromiso. Míos serán sólo los que, después de mucho orar, mucho examinarse y mucho humillarse, quieran de veras ser puestos con el Hijo en pobreza, en oprobios y en obediencia, para en todo amar y servir.”

Y dicho esto, callaría San Ignacio. Y el silencio, quizá, sería más áspero que toda reprensión.

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