8.5.26

Benedicto XVI y no Juan Pablo I, como el Papa no "contado" por la Virgen


Para situar esta reflexión en su justo marco histórico, es imprescindible acudir a la obra de Albrecht Weber, Garabandal - El Dedo de Dios. Este autor alemán, que mantuvo una estrecha relación con la vidente Conchita González, publicó en 1993 una precisión que cambiaría por completo la comprensión de la profecía de los Papas. Hasta ese momento, la versión más difundida —recogida por el Padre Eusebio García de Pesquera— afirmaba simplemente que tras Juan XXIII solo quedarían tres Papas para el "final de los tiempos". Sin embargo, Weber reveló que existía un matiz oculto en las conversaciones privadas de la niña con su madre, Aniceta, ocurrido el mismo día de la muerte del Papa Roncalli en 1963.


Según el relato de Weber, cuando la noticia del fallecimiento de Juan XXIII llegó al pueblo y Conchita anunció que solo restaban tres pontífices, su madre la interrogó a solas en su casa para asegurarse de que no era el simple decir de una niña. Fue entonces cuando la niña aclaró que la Virgen le había dicho que en realidad vendrían cuatro Papas, pero que Ella no contaba a uno de ellos. Ante el desconcierto de Aniceta, Conchita solo pudo añadir que la Virgen no había explicado el motivo profundo de esa exclusión, limitándose a señalar que un Papa gobernaría la Iglesia por "poco tiempo". Este detalle es el que permitió a los investigadores posteriores identificar inicialmente a Juan Pablo I como el descartado, debido a sus breves treinta y tres días de reinado.

 


 


Lo verdaderamente trascendental de la aportación de Weber es el factor cronológico. Al publicar esta aclaración en 1993, doce años antes de la muerte de Juan Pablo II y veinte antes de la renuncia de Benedicto XVI, el autor blindó la profecía contra cualquier acusación de haber sido "ajustada" a los hechos a posteriori. Weber no podía imaginar en los años noventa que veríamos una renuncia papal; simplemente dejó constancia de una anomalía mística que Conchita había recibido décadas atrás. Esta puntualización de que hay un Papa que "está pero no suma" es la pieza del rompecabezas que permite elevar el debate de lo meramente aritmético a lo teológico, sugiriendo que la exclusión responde a una ruptura en el orden establecido y no a un simple recuento de hojas del calendario.


Al integrar este contexto queda claro que la interpretación tradicional se quedó en la superficie de la "brevedad" cronológica. Weber nos ofrece el testimonio que solo se entiende si el Cielo ya preveía una excepción en la sucesión petrina. Si trasladamos esa "no contabilidad" de la Virgen al acto sin precedentes de la renuncia de Benedicto XVI, la profecía adquiere una coherencia asombrosa. El Papa que no cuenta deja de ser una anécdota de mortalidad biológica que tendría sentido con Juan Pablo I para convertirse en el signo de una interrupción del mandato tradicional, marcando el punto exacto donde la historia de la Iglesia abandona su curso ordinario para adentrarse en el Final de los Tiempos.

Desde la perspectiva de la Teología de la Historia, los acontecimientos no se miden por su acumulación de días en un calendario humano, sino por su peso específico en el drama de la salvación. En este marco, el papado no es una función administrativa que se pueda medir con el cronómetro del Chronos, sino un misterio de presencia y contención que opera en el tiempo del Kairos. Por ello, cuando la Santísima Virgen le aclara a Conchita en Garabandal que, tras la muerte de Juan XXIII, vendrían cuatro papas pero que a uno de ellos "no le tiene en cuenta", no está realizando un descarte biográfico ni un desprecio a la persona, sino señalando una ruptura en la arquitectura mística de la Iglesia.

La interpretación que sitúa a Benedicto XVI como ese papa "no contado" adquiere una solidez teológica profunda si observamos el papado como un vínculo ontológico que, tradicionalmente, solo se desata con la muerte. Bajo esta mirada, la brevedad de la que habla la Virgen no es una cuestión de meses o años, sino el "poco tiempo" de un mandato que ha sido acortado en vida, dejando la misión inconclusa en el plano de la tradición petrina. Mientras que Juan Pablo I, en sus treinta y tres días, agotó su ciclo vital y murió siendo papa pleno, la renuncia de Benedicto XVI representó una anomalía sin precedentes en la modernidad que fracturó la linealidad de la sucesión, creando una figura, la del "Papa Emérito", que no tiene lugar en la contabilidad espiritual de los pilares de la cristiandad antigua.


Es fascinante cómo la historia no se repite, pero a menudo rima de forma aterradora. El paralelismo que planteas entre Bonifacio VIII y la expectativa de Benedicto XVI es la clave para entender por qué las soluciones humanas a menudo precipitan las catástrofes divinas. En ambos casos, el Papa saliente buscó un perfil de "hombre fuerte" que compensara su propia debilidad percibida, sin advertir que esa misma fuerza sería la que actuaría como el detonante del desastre posterior.


El espejismo del sucesor vigoroso

Cuando Celestino V renunció, la Iglesia estaba sumida en el caos de las facciones romanas. Se necesitaba un jurista, un político, alguien que supiera navegar el lodo del poder. Apareció Benedetto Caetani (Bonifacio VIII), un hombre de una voluntad de hierro y una ambición desmedida. Celestino creyó que entregaba las llaves a un custodio capaz de proteger la institución; lo que entregó fue la chispa que incendió Europa. La "fuerza" de Bonifacio VIII, su empeño en imponer una supremacía papal absoluta sobre los reyes, generó tantos enemigos que terminó provocando el atentado de Anagni y, finalmente, el traslado del papado a Aviñón. El hombre fuerte no salvó el papado; lo entregó al cautiverio francés.

Benedicto XVI, en una escala distinta, parece haber buscado una vigorosidad similar. Al reconocer que sus fuerzas físicas mermaban, su esperanza teológica y su naïveté diplomática le sugirieron que un sucesor con mayor vitalidad y capacidad de conexión con el mundo actual podría gestionar mejor la crisis que él ya solo podía observar con dolor. Sin embargo, así como Bonifacio VIII usó su fuerza para una lucha de dominio político que terminó en derrota, el dinamismo del tiempo actual no se ha usado para restaurar los muros, sino para cambiar el rumbo de la navegación.


De la crisis de dominio a la mutación de la fe

Aquí es donde el paso del asedio a la capitulación alcanza su dimensión más profunda. En el siglo XIII, la crisis fue de poder temporal. Bonifacio VIII luchaba por quién mandaba sobre la tierra. Fue una crisis de soberanía que terminó con el Papa cautivo de un rey. Pero en nuestro tiempo, el "hombre fuerte" no ha desatado una crisis de dominio político, sino una crisis de identidad doctrinal. La fuerza ya no se emplea en el choque con los poderes del mundo para defender la libertad de la Iglesia, sino en la asimilación de los postulados del mundo dentro de la Iglesia.

Si Bonifacio VIII desató las fuerzas que llevaron el papado a un exilio físico en Francia, el proceso iniciado tras la renuncia de Benedicto XVI parece haber llevado a la Iglesia a un exilio espiritual de su propia tradición que es el nucleo mismo del mandato divino. La fuerza del sucesor no se manifiestó en la resistencia ante la modernidad, sino en la audacia para proponer ese "evangelio diferente" del que advertía San Pablo. Ya no es una captura del papado por parte de un monarca francés, sino una captura por parte del pensamiento secular. El "hombre fuerte" resultó ser, en efecto, un desencadenador, pero no de la reforma que esperaba Benedicto, sino de una transmutación de la esencia misma de la enseñanza católica.


Por esta razón, la afirmación de la Virgen de que a uno "no le tiene en cuenta" es la clave para entender que hemos entrado en el Final de los Tiempos. No se trata de que ese papa sea irrelevante, sino de que su acto de renuncia lo sitúa en un paréntesis, en una categoría "fuera de la cuenta" oficial de los sucesores que mantenían el edificio en pie. Al no contarlo a él, la profecía de los tres papas de Garabandal contados y uno no contado se cierra con una precisión asombrosa, señalando que lo que sigue tras la renuncia de Benedicto ya no es la continuación de la historia ordinaria, sino la etapa de la gran prueba y la purificación final.

En la visión divina, donde mil años son como el día de ayer, la diferencia entre treinta días y ocho años se desvanece ante el signo de la ruptura. Benedicto XVI queda así como el papa del "tiempo acortado", aquel que, por una diplomacia humana que no alcanzó a ver el desastre posterior, cerró la puerta de la era anterior y nos dejó en el umbral de una Iglesia que ya no se rige por las cuentas del pasado. Lo que vivimos ahora no son ya papados más en la lista, sino el tiempo de la confusión anunciado, donde la figura del papa que "no contaba" permanece como el mudo testigo del fin de una estructura y el inicio de la gran tempestad.


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