La Escritura muestra que una acción puede ser religiosa, estar rodeada de lenguaje santo y nacer incluso de un deseo de acercarse a Dios, y aun así resultar inaceptable si introduce ante Él una forma que no ha sido recibida, juzgada ni purificada.
Hakuna ofrece a Dios una forma que procede de otro horizonte que es el de la canción festivalera, el clima de grupo, la estética juvenil del entusiasmo, la afectividad de pandilla y la imaginería del baile que desde luego no llegan como recipientes vacíos. Llegan con su propio modo de tratar al hombre, enseñan a esperar intensidad, pertenencia y una cercanía sin demasiada distancia. Cuando esa forma se coloca alrededor de la Eucaristía, o cuando se la usa para hablar de la cruz, la vocación y el Espíritu, la cuestión ya no es si aparece la palabra “Dios”, sino qué Dios queda imaginado bajo esa forma.
El “fuego extraño” de Hakuna, si se quiere usar esa clave (*), sería precisamente esa mezcla de lenguaje católico con sensibilidad no crucificada. No se niega el altar, pero se trae al altar un combustible emocional que pertenece al mundo del concierto y de la autoafirmación juvenil. La intención puede ser atraer a jóvenes a Cristo; sin embargo, la Escritura no permite resolver la cuestión por la intención. Nadab y Abiú son castigados por llevar al culto una iniciativa que Dios no había mandado. Ese es el punto incómodo: en materia sagrada, la creatividad humana no se absuelve por parecer devota.
Con los hijos de Elí la aplicación resulta todavía más concreta. Ellos no destruyen el sacrificio, sino que lo acostumbran a ser tratado con familiaridad interesada. El pueblo termina despreciando la ofrenda porque ve a los sacerdotes manipularla como materia disponible. En Hakuna el riesgo sería semejante, aunque bajo una forma más blanda, si la adoración eucarística queda envuelta en códigos de espectáculo juvenil, el joven no aprende primero que está ante el Santo, sino que está dentro de una experiencia intensa cuyo centro visible es la custodia. La Eucaristía permanece, pero su recepción imaginativa queda afectada. Cristo puede ser tratado como presencia real y funcionalmente integrado en una pedagogía de la emoción.
Ahí se entiende la gravedad del “Dios como pareja de baile”. La imagen no es solo cursi. El Señor que llama a negarse a sí mismo aparece convertido en participante de un salón existencial donde el sujeto debe dejarse llevar. La frase quiere sonar a abandono confiado, pero la forma elegida desplaza el abandono cristiano hacia una escena de fluidez sentimental. El “hágase” de María queda traducido a una coreografía amable. Getsemaní queda demasiado lejos, la cruz pierde peso cuando se la introduce en una canción que empuja a bailar.
El sacrilegio aquí no tendría que entenderse como insulto deliberado, sino como uso indebido de lo santo dentro de una forma que no soporta su gravedad. La Escritura es dura con ese tipo de cosas porque Dios no es una energía religiosa disponible. El Arca no se toca por utilidad, ni sacrificio se administra como propiedad, ni el templo es una coartada. La Eucaristía no se recibe sin discernimiento, San Pablo no habla de una mala experiencia comunitaria cuando corrige a los corintios; habla de hacerse reo del cuerpo y de la sangre del Señor. Esa severidad debería bastar para que cualquier pastoral con custodia, música y masas temblara un poco antes de llamar fruto a los seres que convoca.
La defensa habitual de Hakuna, según la cual hay jóvenes que rezan y se confiesan, no responde al problema. La Escritura conoce muy bien el culto exterior acompañado de desorden interior. Los profetas no se impresionan ante asambleas numerosas si el corazón no ha sido convertido. Cristo tampoco se deja retener por las multitudes. La presencia de jóvenes no prueba por sí misma que la forma sea adecuada, puede haber bienes reales y, al mismo tiempo, una deformación del gusto espiritual. Dios puede sacar conversiones de quienes han llegado a traidos por una canción dulce en apariencia elevada, pero eso no transforma la pobreza en norma.
El peligro mayor está en la formación de una sensibilidad. Una generación educada por Hakuna puede aprender a asociar la fe con una presencia de Dios cálida, disponible y emocionalmente reconocible. Cuando después llegue la oración seca, la misa sin música, la obediencia que no emociona o la cruz que sí se nota, esa generación puede creer que Dios se ha retirado. En realidad quizá se habrá retirado solo el aparato que imitaba su cercanía. La tradición espiritual advertía contra buscar los consuelos de Dios; una pastoral de ambiente corre el riesgo de enseñar lo contrario sin formularlo nunca.
Por eso la ausencia de corrección episcopal resulta tan grave. El obispo no está solo para alegrarse de que haya movimiento, sino para custodiar la forma de lo santo. Si una iniciativa juvenil rodea la Eucaristía con una estética que puede convertirla en foco de intensidad, la autoridad debería preguntar si la forma educa en adoración o en dependencia emocional. Si una canción pone a Dios a bailar en el salón de la existencia, alguien debería recordar que el Dios cristiano no es una figura disponible para metáforas tomadas del sentimentalismo juvenil. El silencio pastoral no es neutro, porque autoriza en la práctica aquello que no discierne.
La clave bíblica, aplicada a Hakuna, deja una pregunta severa: qué se está ofreciendo realmente ante Dios. Si se ofrece una forma ya juzgada por la cruz, capaz de llevar al silencio, a la obediencia y al temor reverencial, entonces la música puede ser sierva. Si se ofrece una forma que conserva intacta la lógica del festival, entonces quizá lo que se pone ante el altar es fuego extraño con letra católica. Y la Escritura, en este punto, no tranquiliza. Dice una y otra vez que lo santo no se deja usar sin consecuencias.
La burla demoníaca, si se lee espiritualmente, consistiría en que la Iglesia crea haber ganado a los jóvenes para Dios mientras los acostumbra a reconocer a Dios bajo una forma que no procede de Él. El diablo no necesita impedir que se cante la palabra “Eucaristía” si logra que la Eucaristía sea recibida como el corazón emocional de una noche. Tampoco necesita borrar la cruz si consigue que se vuelva cantable sin escándalo. En ese desplazamiento está la profanación blanda: todo permanece en su sitio exterior, mientras el alma aprende a relacionarse con lo santo como con una experiencia disponible.
Hakuna, visto desde esos textos bíblicos, no sería solo un fenómeno musical discutible. Sería un síntoma de una Iglesia que ha perdido miedo a tocar lo sagrado con herramientas del mundo. Y cuando la Escritura habla de quienes profanan, no los presenta siempre como enemigos externos. Muchas veces son sacerdotes, ministros, creyentes, gente cercana al culto. Esa cercanía aumenta el peligro. Quien está lejos puede ignorar. Quien está cerca y banaliza enseña a otros a banalizar.
Por eso la pregunta final no debería ser si Hakuna emociona, convoca o rejuvenece una imagen pública del catolicismo. La pregunta debería ser si, al hacerlo, conserva intacto el peso de Dios. Si no lo conserva, el éxito agrava el problema, porque multiplica la deformación. Y si el Dios que se aprende a cantar no es ya el Santo que salva juzgando y purificando, sino una presencia que baila con el sujeto en su propio salón afectivo, entonces la palabra sacrilegio deja de ser exagerada.
* Levítico 10,1-3
Nadab y Abiú, hijos de Aarón, ofrecen ante Yahvé un “fuego extraño” que Él no había mandado. El castigo es inmediato: sale fuego de la presencia del Señor y mueren. La frase clave viene después: “En los que se acercan a mí mostraré mi santidad.”
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