17.9.26

Diálogo entre San Pablo y Victor Manuel (Tucho) Fernández sobre su último documento

 EL PUENTE Y LA CRUZ


Un diálogo entre san Pablo y Víctor Manuel (Tucho) Fernández,

La sala era larga, desnuda y solemne. En el centro había una mesa de madera oscura sobre la que descansaban dos documentos abiertos: la declaración Nostra aetate y la Nota Un camino de esperanza. Algo más apartado, iluminado por una lámpara, se encontraba el libro de los Evangelios. Tras las ventanas se divisaban las cúpulas de Roma bajo un cielo gris. Llegaba amortiguado el sonido de las campanas, mezclado con el tráfico de la ciudad.

Víctor Manuel Fernández estaba sentado al extremo de la mesa. Vestía sotana negra con ribetes rojos y sostenía entre los dedos un bolígrafo que hacía girar pausadamente. Su expresión era cordial, pero vigilante. Parecía dispuesto a escuchar, aunque no a ceder. Cada vez que encontraba una dificultad, inclinaba ligeramente la cabeza y respondía con la seguridad de quien considera haber previsto ya todas las objeciones.

Frente a él estaba Pablo de Tarso. Era de baja estatura, cuerpo trabajado por los viajes y rostro marcado por los golpes y la intemperie. Permanecía de pie. Sus manos ásperas descansaban sobre el borde de la mesa. No tenía la serenidad administrativa de su interlocutor. Su voz era grave, a veces contenida y a veces repentinamente encendida, como si cada cuestión doctrinal afectara a personas concretas a las que todavía deseaba alcanzar.

 
               (Imagen de Chatgpt elaborada autónomamente sin más indicaciones que los nombres de San Pablo y el cardenal)

 

Fernández rompió el silencio.

—Pablo, este documento recoge sesenta años de diálogo interreligioso. No pretende negar a Cristo ni equiparar todas las religiones. Dice expresamente que Cristo es el único Redentor. Rechaza el relativismo y el sincretismo.

Pronunció las últimas palabras con especial claridad. Después apoyó el bolígrafo sobre el documento, señalando el párrafo correspondiente, como quien presenta una prueba concluyente.

Pablo miró el lugar indicado, pero no se sentó.

—Me alegra que lo diga. Pero no te pregunto solamente qué fórmula habéis conservado. Te pregunto qué consecuencias permitís extraer de ella. Si Cristo es el único Redentor, ¿todos los hombres necesitan ser conducidos hacia Él?

Fernández juntó las manos.

—Todos necesitan la salvación que viene de Cristo, aunque la gracia puede alcanzarlos por caminos que nosotros desconocemos. El Espíritu actúa fuera de los límites visibles de la Iglesia.

—Eso lo admito —respondió Pablo—. La cuestión es otra. ¿El Espíritu actúa sobre los hombres que viven dentro de otras religiones para conducirlos a Cristo, o actúa mediante esas religiones para confirmarlas como caminos permanentes?

Fernández sonrió levemente, sin alegría. Era la sonrisa de quien detecta una alternativa que considera demasiado rígida.

—Planteas una disyuntiva innecesaria. Dios puede servirse de las tradiciones religiosas para suscitar oración, misericordia, sentido de la trascendencia y deseo del bien. No necesitamos reducir toda actuación divina a nuestros esquemas.

Pablo enderezó el cuerpo. Su mano derecha se cerró lentamente.

—Cuando llegué a Atenas reconocí que sus habitantes eran religiosos. Vi un altar dedicado al dios desconocido y cité a sus poetas. Pero no les dije que sus cultos fueran dones diversos del Espíritu. Les anuncié aquello que ignoraban y los llamé a convertirse. Dios puede servirse de una búsqueda imperfecta, pero eso no convierte el error en camino establecido por Él.

—Nosotros tampoco santificamos el error —repuso Fernández—. Reconocemos cuanto hay de verdadero y santo en las otras religiones, exactamente como enseñó el Concilio.

Su voz seguía siendo suave, aunque había adquirido una firmeza defensiva. Volvió a tomar el bolígrafo y dio dos golpes secos sobre Nostra aetate.

—El Concilio dijo que no rechazamos nada de lo que en ellas hay de verdadero y santo —contestó Pablo—. No dijo que las religiones, tomadas como totalidades, fueran verdaderas y santas. La diferencia es pequeña en las palabras y enorme en sus consecuencias.

Fernández echó la espalda contra la silla.

—El documento tampoco dice literalmente eso.

—No literalmente —admitió Pablo—. Pero habla del «tesoro espiritual de las tradiciones religiosas», afirma que el Espíritu distribuye dones en las religiones y les atribuye una tarea común de transformación del mundo. El sujeto ya no son las personas alcanzadas por la gracia ni los fragmentos de verdad conservados entre errores. El sujeto son las religiones mismas.

Fernández abrió las manos en un gesto de conciliación.

—¿Por qué te inquieta tanto reconocer que Dios puede obrar en ellas? La alternativa sería afirmar que fuera de las estructuras visibles de la Iglesia sólo existe oscuridad.

—No he dicho eso.

La respuesta de Pablo resonó en la sala con una brusquedad que hizo desaparecer durante unos segundos el rumor de la calle.

—He encontrado verdad entre los paganos y celo entre los judíos. Yo mismo tuve celo por Dios mientras perseguía a la Iglesia. Pero mi celo no estaba iluminado por el conocimiento. Cristo no vino a declarar que mi camino era otro don complementario. Me derribó, me cegó y me obligó a cambiar de dirección.

Fernández bajó un momento la mirada. Después volvió a levantarla con la misma serenidad obstinada.

—Hoy no podemos hablar a los creyentes de otras religiones como si todos fueran perseguidores de Cristo. Hay millones de musulmanes, judíos, hindúes y budistas que viven pacíficamente, aman a sus familias y buscan sinceramente el bien.

—Eso es cierto. No los juzgo por crímenes que no han cometido. Pero la bondad de una persona no convierte en verdadera toda la religión que profesa. Debéis distinguir al hombre, que puede obedecer a la gracia, de la doctrina, que puede contener errores graves.

—Precisamente por respeto a las personas evitamos un lenguaje que las hiera —contestó Fernández—. El diálogo necesita confianza. Si comenzamos enumerando los errores del otro, levantamos muros antes de encontrarnos.

Pablo lo observó en silencio. En su rostro apareció más pena que ira.

—¿Y si para no herirlo dejas que ignore aquello que consideras necesario para su salvación? ¿Eso es caridad?

—La caridad no impone.

—Tampoco calla.

Fernández apretó los labios. Durante unos segundos hizo rodar el bolígrafo entre el pulgar y el índice.

—Nadie propone callar. El documento habla de anunciar a Cristo con el testimonio y con la palabra, sin molestar, sin obligar, esperando que el otro permita al cristiano narrar la amistad que llena su vida.

Pablo se inclinó hacia él.

—Yo no esperé pasivamente a que el mundo me concediera permiso para hablar. Entré en las sinagogas, discutí en las plazas, razoné con filósofos, supliqué a los hombres en nombre de Cristo y soporté cárceles y azotes. Nunca obligué a creer, pero traté deliberadamente de persuadir. ¿Llamarías proselitismo a mi ministerio?

—No, si respetabas la libertad.

—Entonces definid con exactitud el proselitismo. Si significa comprar conversiones, engañar, amenazar o aprovecharse de la debilidad, condenadlo. Pero si la palabra acaba designando todo intento deliberado de conducir a alguien a la fe, convertís el mandato apostólico en una incorrección pastoral.

Fernández se inclinó también hacia delante. La afabilidad permanecía en su voz, pero ahora servía de envoltura a una oposición cerrada.

—El mundo ha cambiado, Pablo. Vivimos en sociedades pluralistas. El lenguaje de conquista religiosa puede alimentar conflictos. Necesitamos una Iglesia capaz de escuchar, acompañar y dialogar.

—El mundo siempre ha estado lleno de pueblos, creencias y conflictos. Yo prediqué entre judíos, griegos, romanos, frigios, gálatas y macedonios. No confundí universalidad con uniformidad, pero tampoco convertí la pluralidad de cultos en un bien que debiera conservarse indefinidamente.

—No hablamos de conservar errores —insistió Fernández—. Hablamos de caminar juntos en aquello que compartimos: paz, justicia, dignidad humana, cuidado de la creación.

Su voz recuperó un tono didáctico. Enumeró los bienes lentamente, como si la bondad indiscutible de cada uno impidiera cuestionar el conjunto.

—Trabajad juntos en todo bien verdadero —respondió Pablo—. Pero no llaméis a esa cooperación misión espiritual común. El musulmán y el cristiano pueden socorrer juntos a un herido. Eso no significa que el Corán y el Evangelio sean dos dones destinados a completar una misma revelación.

—El documento no lo afirma.

—Vuelves siempre a lo que no afirma.

Pablo rodeó la mesa y se detuvo junto al ejemplar de la Nota.

—Yo te estoy preguntando qué visión produce. Dices que Cristo es el único Redentor, pero la humanidad reconciliada que describes no necesita reconocerlo. Dices que las religiones contienen diferencias irreconciliables, pero les atribuyes una misión religiosa común. Dices que rechazas el relativismo, pero tratas las pretensiones de verdad como identidades que deben convivir sin orientar el conjunto.

Fernández levantó la barbilla.

—Porque la alternativa sería la imposición de una religión sobre las demás.

—No. La alternativa es el testimonio de una verdad ofrecida libremente a todos. Has introducido entre verdad e imposición una identificación que no existe.

—Conocemos las consecuencias históricas del triunfalismo y del exclusivismo.

—Y yo conozco las consecuencias eternas de no anunciar el Evangelio.

Por primera vez, Fernández perdió parcialmente la sonrisa. Su mirada se endureció, aunque conservó el tono bajo y controlado.

—No aceptaré que se diga que este documento abandona el Evangelio. Está aprobado por la autoridad de la Iglesia, cita el Concilio y recoge las enseñanzas de los papas. No es una ocurrencia privada.

Pablo respiró profundamente. Miró hacia la ventana, donde comenzaban a encenderse las luces de Roma.

—La autoridad es un servicio a la verdad recibida, no el poder de cambiar su dirección. Yo mismo resistí a Pedro cara a cara cuando su conducta oscurecía la verdad del Evangelio. No negaba verbalmente la universalidad de la salvación, pero actuaba de una manera cuyas consecuencias dividían a los creyentes. Las implicaciones también importan.

Fernández se incorporó. Su pertinacia se hacía ya visible en la repetición del mismo movimiento: cada objeción era absorbida, reformulada en un lenguaje pastoral y devuelta como si no hubiera tocado el núcleo de su planteamiento.

—Las implicaciones que señalas son tuyas —dijo—. Nosotros hemos puesto límites claros: Cristo es el único Salvador, no existen caminos paralelos, no admitimos sincretismo. No puedes acusarnos de aquello que expresamente rechazamos.

Pablo volvió hacia la mesa.

—Si construyes una puerta estrecha y después abres todo el muro, no basta con señalar que la puerta continúa en su lugar. Pregunto si los límites que escribís gobiernan el resto del texto. ¿Puede un misionero leer esta Nota y concluir que debe intentar convertir al musulmán?

—Debe dar testimonio de Cristo.

—No te he preguntado eso. ¿Debe desear y procurar su conversión?

Fernández tardó en responder.

—Debe respetar el camino de conciencia del otro y confiar en la acción de Dios.

—Otra vez has evitado responder.

—Porque tu pregunta está formulada desde una teología de la misión que debe enriquecerse con el diálogo.

—¿Debe procurar su conversión?

El silencio se hizo espeso. A lo lejos sonó una sirena. Fernández cerró el documento, deslizando lentamente la palma sobre la cubierta.

—No debe convertir la relación humana en una estrategia de captación.

—¿Debe procurar su conversión?

La voz de Pablo no había aumentado de volumen, pero había adquirido una precisión cortante.

Fernández sostuvo su mirada.

—Debe amarlo, acompañarlo y permitir que el Espíritu actúe según tiempos que no nos pertenecen.

Pablo asintió tristemente.

—Entonces la respuesta real es que no quieres decir que sí. Conservas la palabra «evangelización», pero te incomoda su finalidad.

—Rechazo una comprensión invasiva de esa finalidad.

—Y al no definir dónde termina la persuasión legítima y comienza la invasión, haces sospechoso todo apostolado que espere una conversión efectiva.

Fernández volvió a abrir el documento. Pasó varias páginas con movimientos rápidos.

—La prioridad actual es la paz. Las religiones deben demostrar que no son causas de violencia, sino elementos esenciales para una convivencia duradera.

Pablo frunció el ceño.

—¿Demostrar algo verdadero o representar un papel conveniente?

—La religión auténtica conduce a la paz.

—La fe verdadera conduce a la paz con Dios. Pero no toda religión histórica es verdadera, ni toda guerra relacionada con la religión es injusta. Algunas religiones contienen preceptos de combate. También existe una autoridad legítima que porta la espada para contener el mal. No podéis resolver esa realidad definiendo como «inauténtico» todo lo que contradice vuestro ideal.

—Quien mata en nombre de Dios traiciona a Dios.

—Quien asesina, sí. Quien defiende al inocente frente al agresor puede servir a la justicia. Has confundido paz con ausencia de fuerza y religión con aquello que tú deseas que todas las religiones sean.

Fernández negó lentamente con la cabeza. Había en su gesto paciencia, pero también una resistencia impermeable. No rechazaba directamente los argumentos: los rodeaba y regresaba al terreno en el que su vocabulario resultaba inexpugnable.

—Sigues leyendo un documento pastoral como si fuera un tratado escolástico. Su finalidad es abrir caminos, no resolver todas las distinciones posibles.

—Una palabra pastoral también enseña. Y cuanto más alta es la autoridad que la pronuncia, mayor cuidado debe tener con sus implicaciones.

—El pueblo necesita esperanza, no condenas.

—La esperanza tiene un nombre.

Pablo señaló el libro de los Evangelios iluminado al otro lado de la sala.

—Jesucristo.

—Naturalmente —respondió Fernández.

La rapidez de la contestación produjo una pausa extraña. Pablo lo contempló como si acabara de oír la confirmación exacta de su temor.

—Dices «naturalmente» y vuelves enseguida a una esperanza construida mediante el acuerdo de las religiones. Cristo aparece como fundamento confesional del cristiano, mientras la fraternidad universal se convierte en el fundamento operativo de todos.

—La fraternidad también procede de Dios.

—Sí, porque todos han sido creados por Él. Pero la reconciliación sobrenatural se realiza en la cruz. No existe un segundo centro alrededor del cual puedan reunirse religiosamente los hombres dejando entre paréntesis al Hijo.

—Nadie deja a Cristo entre paréntesis.

—¿Debe la futura fraternidad humana reconocer su señorío?

Fernández volvió a detenerse.

—No podemos exigir una confesión cristiana como condición para la convivencia.

—No he hablado de condición civil. Te pregunto por el término último de la historia. ¿La unidad definitiva de la humanidad estará en Cristo o en la convivencia permanente de religiones irreconciliables?

—La unidad definitiva estará en Dios.

—¿En Dios sin Cristo?

—No he dicho eso.

—Pero una vez más evitas decir lo que obligaría a ordenar todo vuestro proyecto hacia Él.

Fernández se levantó. Recogió el documento y lo sostuvo contra el pecho. Su rostro mostraba cansancio, pero no vacilación. La discusión no había abierto una grieta en su planteamiento; parecía haber reforzado su convicción de que toda objeción provenía de una forma antigua y demasiado estrecha de entender la misión.

—Pablo, tu lenguaje sirvió a una época fundacional. Nosotros debemos responder a un mundo interdependiente, herido y plural. Si la Iglesia quiere ser escuchada, debe abandonar la lógica de la hostilidad y de la conquista.

Pablo permaneció inmóvil. Cuando respondió, su voz sonó más baja.

—Mis palabras no procedían de una época. El Evangelio que anuncié no era mío. Si incluso un ángel del cielo predicara otro, os dije que no lo aceptarais. No llaméis «lógica de conquista» a la convicción de que todos necesitan a Cristo. No llaméis «hostilidad» al juicio sobre el error. No llaméis «riqueza espiritual» indistintamente a aquello de lo que el Evangelio vino a liberar a los hombres.

—Seguiremos dialogando —dijo Fernández.

La frase fue pronunciada con serenidad definitiva. No era una invitación a continuar aquella discusión, sino la reafirmación del programa que Pablo acababa de cuestionar.

El apóstol miró el documento cerrado entre sus manos.

—Ése es vuestro verbo principal: dialogar. El mío fue evangelizar.

—No son incompatibles.

—No deberían serlo. Pero en vuestro texto el diálogo determina hasta dónde puede llegar el anuncio, mientras el anuncio nunca determina hacia dónde debe conducir el diálogo.

Fernández caminó hacia la puerta. Antes de llegar a ella se volvió.

—Construimos puentes, Pablo. La humanidad ya ha sufrido demasiados muros.

Pablo tomó el Evangelio y lo sostuvo con ambas manos.

—Construid puentes. Pero decid con claridad qué orilla deben alcanzar. Porque un puente que no conduce a Cristo puede servir para que los cristianos se alejen de Él.

Fernández permaneció unos instantes junto a la puerta. Pareció dispuesto a contestar, pero sólo apretó el documento contra el pecho. Después salió de la sala.

Sus pasos se perdieron por el corredor, regulares y seguros.

Pablo quedó solo. Afuera seguían sonando las campanas de Roma. Abrió el Evangelio, inclinó la cabeza y murmuró:

—«Porque llegará un tiempo en que no soportarán la sana doctrina; antes bien, según sus propios deseos, se rodearán de maestros que les halaguen el oído. Apartarán sus oídos de la verdad y se volverán a las fábulas».

Cerró el libro.

En la mesa permanecían juntos Nostra aetate y Un camino de esperanza. La lámpara iluminaba ambos textos, pero la cruz proyectada sobre la pared quedaba ya casi enteramente cubierta por la sombra.

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