28.4.20

Renovación carismática, el cometido extraordinario

De San Pablo es la frase: “Así pues, que cada cual se considere como servidor de Cristo y dispensador de los misterios de Dios”.
¿Cómo hay que interpetar estas palabras? ¿Hay diferencias o no hay entre los fieles, en cuanto a ser dispensador de los misterios divinos? Parece que san Pablo habla de que cualquiera puede serlo, y sin embargo sabemos que es ante todo el sacerdote el pleno dispensador, así que ha de ser ante todo Palabra sacerdotal dirigida a los sacerdotes.
Pero sabemos también que hay otros sacerdocios además del servicio público al altar manifiesto a todos. Hay consagraciones secretas, secretos ministerios en los que los llamados a los mismos no sirven en éste o en aquél altar sino que sirven en el inmenso Templo de Dios y ofician directamente en su inmenso altar, entregados todos a su servicio con una dedicación absoluta. Un templo invisible para los sentidos carnales.
Se trata de siervos de Dios y de sus hermanos, dispensadores de la Palabra, de la Luz, de la Sabiduría y de la Misericordia de Dios, de esta Palabra que es como un Sacramento inmaterial que no necesita de medios, de especies ni de fórmulas para ser administrado y comunicado, sino que tiene en sí la suma de la Gracia y de la Vida, aquélla que aumenta la luz en las almas a las que la Gracia hizo ya luminosas y que acrecienta la vida en las vivificadas por la Gracia y que, por sí sola, puede proporcionar anhelos de Luz y de Vida y conducir a la Gracia a través de la fuente de siete canales de los Sacramentos hasta entonces olvidados y despreciados.
Así pues toda otra prioridad o énfasis fuera de los siete canales de los sacramentos y de los sacramentales a ellos vinculados, resulta si no ociosa, sí secundaria.
“El que escucha mi Palabra no morirá eternamente”, dijo el Señor Jesús. Porque, efectivamente, si uno no escuchase su Palabra y no la escuchara a pesar de creerla divina, lo mismo que al que la dice, que es Dios Hijo de Dios, ¿qué valor puede tener para ese tal la fuente sacramental de siete canales? La Gracia infundida por el bautismo muere porque quien no secunda la Palabra peca y, quien peca, pierde la Gracia y, con la Gracia, la Luz y la Vida; y ya no cree en Cristo ni en sus méritos, como tampoco en los Sacramentos ni en las sagradas Jerarquías de la Iglesia y, cual embrión de hombre que se desprende de la matriz, muere al no alimentarse ya con los jugos vitales.
Así pues, la efusión del Espíritu para el reavivamiento del alma exige ponerse a la escucha de Cristo, la Segunda Persona, y exige el uso del sacramento de la penitencia o confesión.
Las “voces” son los dispensadores extraordinarios de la Palabra (los ordinarios son los sacerdotes), nunca suficientemente suministrada, dada la labor continua de las fuerzas adversas contra Ella y contra el espíritu del hombre; y nunca tampoco suficientemente conservada, asimilada, hecha vida del individuo para hacer de éste el ciudadano eterno. ¿Qué se requiere en quienes son "voces", al igual que en los sacerdotes, maestros para la explicación de la Palabra, al tiempo que las "voces” son los canales de la misma? He aquí lo que dice San Pablo: “Lo que se requiere en los dispensadores es que todos ellos sean hallados fieles”.
Muchos son los llamados, mas pocos los que saben mantenerse fieles a su misión. La infidelidad es a la gracia que Dios ha otorgado y, por consiguiente, es dejarse influir más poderosamente por las fuerzas tenebrosas. Es posible escapar y librarse de las cadenas que ha tendido Lucifer, siempre furioso contra todos y, en particular, contra aquéllos a los que ve mayormente caminando por las vías de Dios. ¡Cuentan con tantas ayudas de lo alto y hasta de la Tierra...! Y sin embargo los hay que permanecen de continuo bajo los rayos de Dios, firme y fiel, por más que de todas partes les hiera el dolor y crean justificado este pensamiento: “Dios no me ama”. Mas se dan cuenta de que Dios les amaba y de que las tempestades eran predilecciones, ya que daban a conocer la gran verdad de que únicamente Dios merece todo el amor de sus criaturas y de que tan sólo El sabe amar.
Pues bien, no obstante las grandes ayudas, hay almas que no han sabido mantenerse fieles. Por el contrario, las mismas ayudas y ciertas ayudas particularmente, les han resultado nocivas al unir la imperfecta espiritualidad de estas a la suya igualmente imperfecta. Y así lo espiritual verdaderamente santo se ha ido alejando de la misma. Ruega por ellos.
Los dones del Espíritu Santo son buenos, pero buscarlos de manera no prevista por el mismo Dios, y sin tener en cuenta las graves responsabilidades que se asumen, es disponerse a un final mucho peor que el deficiente principio del que se consiguió salir. Hay que llegar al don no por caminos propios o de disposición de voluntad humana, sino por los caminos establecidos y únicos seguros, los siete canales de los sacramentos, que aunque no se reniegue de ellos, es fácil confinarlos en la sombra, porque confesión y comunión son efusión del Espíritu Santo, aunque no resulten en glosolalia ¿o no?Ir a lo extraordinario como un atajo es camino seguro de tener que rendir cuentas de lo recibido y no fructificado. No, lo extraordinario se da con fines que Dios conoce y dispone, a menudo para las grandes fundaciones, desde luego de inicios de la Iglesia y de inicios de órdenes religiosas, y no cabe apropiación a voluntad o de cualquier modo, dejándose de cumplir el "no se haga mi voluntad sino la Tuya".
Aprobaciones por pontífices o la dirección del gran cardenal Suenens, no deben verse como justificativas de un plan de espiritualidad  centrado en lo extraordinario, no deben verse como aprobaciones de cualesquiera prácticas, sino más bien de buenas voluntades, hay que verlas de un orden análogo al cambio que tuvo que dar Moisés, ante la presión de los judíos, y por benevolencia hacia masas de iniciados en el carismatismo ignaros de las doctrinas de los santos místicos, que querían estar vinculados a la sede de Pedro, y así la sede tuvo que abajarse y consentir para no dejar desamparados a los iniciados, haciendo para guiarlos un trabajo de traducción en católico de unos contenidos provenientes del protestantismo pentecostal, como hizo Suenens en los documentos de Malinas. Pero siempre será cierto que muchas viudas había en Israel pero fue a una extranjera, una despreciada por el templo, capaz de acoger desde su indigencia con fe la extraordinaria visita en verdad curativa y alimentadora. Una espiritualidad cuyo fundamento es huir de la cruz, es pretender situarse al margen del crucificado, en esta vida es el calvario el que salva, y luego la Resurrección,  y las curaciones en el tiempo se dan, como ocurrió con Lázaro, en prueba de la vida eterna y si bien Jesús alimentó a miles carnalmente, sus curaciones eran muy medidas, lejos de ese a discreción tan nuestro es de lógica carnal.

(Adaptado de texto del llamado Libro de Azarías, de María Valtorta. Las cursivas son glosas del autor).

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