El gran problema de los discursos eclesiales sobre aspectos de la santidad, su acceso y sus derivadas, es que hablan de modo general para todos los oyentes, bien sea en sermones, presenciales, radiados o televisivos. Se hace patente que el que habla o discurre públicamente tiene una especie de oyente-modelo, algo parecido al escritor, que no conoce a sus lectores, pero se los imagina, acertando sólo en un cierto porcentaje. Es algo similar a cómo en las décadas anteriores se hablaba del hombre moderno, y el clérigo o laico medio se lo imaginaba esencialmente como el hombre de la Sorbona, o entre nosotros a Unamuno y Ortega, (el intelectual displicente semiateo triunfalista que dominaba el escenario literario de los salones, los congresos y los cafés y veneraba a Maritain como el paladín capaz de triunfar sobre él con sus propias armas).
Por eso hablar de cómo llegar a la santidad de modo genérico es erróneo, ante todo porque, aun cuando podamos citar la palabra de Dios, nuestro hablar es siempre ambiguo, nuestras afirmaciones por doctas o espirituales que se pretendan, son sí y no, ciertas en un sentido, erróneas en otro, pero la velocidad con la que se habla normalmente y la falta de formación de los oyentes no les permite distinguir.
La santidad es una resultante, no un programa que ha de alcanzarse en sus objetivos como fruto de una metodología, que entonces se quedaría en simple ascética. En las reglas de órdenes religiosas sí hay una certidumbre mayor, pero incluso ahí se ha de tener santidad para enjuiciar si intenciones y obras son santos. Ya lo decía la Virgen en ciertas inspiraciones: "Hay obras santas, obras buenas y obras malas". Y las buenas como iniciativa propia humana que no sigue el plan de Dios, tienen malas consecuencias finales aunque las puedan tener buenas provisionalmente, o puedan ser conducidas dentro del plan divino.
La santidad no es ante todo, un estoicismo, un vencimiento de sí mismo y una resignación, para eso hay otras religiones. Vencer la propia agresividad, la mansedumbre, la paciencia, el no ser amargos con los demás, todo eso es un resultado; en vano vigilan los guardias la ciudad si Dios no vela por ella, hay que entrar por caminos de Dios, los caminos señalados por los profetas que están en contacto con El y que nos enseñan cómo es El en verdad, igual que Jesús que reveló a Dios como Padre; cierto que tenemos las Escrituras, pero también es cierto que pueden ser interpretadas en dureza de corazón, como lo hacían los fariseos; profetas y Escrituras además de sacramentos, son los ejes vertebrales que conducen a la mansedumbre de corazón y reconducir los arrebatos de éste y de las solicitudes de la carne que mira sólo para sí.
No se puede tener mansedumbre, paz, buena conducta y caridad a los demás, si no somos amaestrados por la Virgen en su voz y presencia actualizada; si solo contamos con ascesis y con el deber, aunque sea bueno, no podremos con nuestra propia carne; Ella es la que amansa nuestra fiera interior, y descontarla a Ella con mil pretextos en su magisterio y convivencialidad, es reducirse a los primeros fosos de subida del Castillo de las moradas y a vivir sólo de nostalgia de los primeros tiempos de la conversión.
Haber recibido responsabilidad de un legado marial y dejarlo en la sepultura en el que otros lo han colocado, es invitación a caer y dejar caer a otros en el modelo de acceso imposible a la santidad, quedando frente a un gran muro y además condenarse a dejarse llevar por otros magisterios.
Y es muy distinta la alegría tal como la entendemos, como alegría surgida de un buen carácter y simpatía (cierto que muy de agradecer), de lo que es la alegría en el Espíritu; por eso Jesús podía hablar de la alegría que El transmite y a la vez sonreir humanamente muy poco, más aún mostrarnos sobre todo su humanidad doliente; la alegría de que El hablaba es la alegría de la paz del corazón, de haber atendido la compasión primero hacia El, luego hacia los que El nos pide. Qué gran torpeza eso que se dice de un cristiano triste es un triste cristiano, ¿qué sabe nadie de qué peso lleva en el alma ese cristiano externamente triste? En él está el mismo Jesús y de manera más definida que en otros que cuentan con la alegría de la carne.
Se habla del patrono del buen humor que es Santo Tomás Moro por una frase cómica que dijo a su verdugo justo antes de la ejecución; otros muchos, sin que ello signifique que eran santos, han dicho cosas humorísticas in articulo mortis, pero en Santo Tomás Moro es la alegría de la liberación a la que va a acceder gracias a su muerte y encuentro con el Cielo, una comicidad de gracia divina para que los asistentes a su muerte, en especial sus deudos, no sufrieran, al ver que él mismo quitaba dramatismo a la escena; nada que ver con mero buen humor, y menos con boutades irreverentes, que hoy demasiado se utilizan para supuestamente facilitarse la aproximación pastoral.
Y en cuanto al santo que sólo podría serlo en el contacto físico con otros, se hace flaco servicio a tantos que tienen vocación cuando nadie les aclara la realidad detrás de muchas comunidades que se presentan como modernos marcos de santidad, y son sólo formas comunitarias de claro signo protestante que se ha dejado introducir en el rebaño de la Iglesia, por pastores, muchos de buena fe, pero culpabilizados por las continuas acusaciones históricas a la iglesia y se han visto muy limitados en su claridad de conciencia, por un equívoco sentido de caridad ecuménica. Comunidad sí, pero comunidad de fundación divina, con garantía de santidad en los fundadores, no comunidades fruto de elucubraciones y capacidad de organización y seducción sin el sello divino, de ésas que en poco tiempo consiguen miles de seguidores.
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