En el marco de las profecías relacionadas con el "fin de los tiempos" —no en el sentido de un fin inmediato del mundo, sino de una gran purificación espiritual—, la coincidencia entre las visiones de Garabandal y la antigua profecía atribuida a San Malaquías es verdaderamente asombrosa. Aunque la lista de San Malaquías publicada en el siglo XVI es ampliamente considerada un texto apócrifo o manipulado, no deja de ser un hecho misterioso que el final de esa lista, con su evocación del "último Papa" en medio de tribulaciones, haya coincidido tan precisamente con lo anunciado en Garabandal: que después de cuatro Papas tras Juan XXIII llegaría el tiempo del cumplimiento.
Más aún, es necesario corregir y perfeccionar la interpretación común de esas palabras dadas a Conchita en Garabandal. A menudo se ha entendido que el "papa breve" era Juan Pablo I, por haber reinado apenas 33 días. Sin embargo, a la luz de una comprensión más espiritual del lenguaje celestial —que no se rige por el calendario humano sino por los designios providenciales—, se revela que quien verdaderamente cumple la figura del "papa breve" es Benedicto XVI.
Juan Pablo I, aunque de vida breve, cumplió plenamente su misión: su breve pontificado estaba dentro del tiempo que Dios le asignó y no fue interrumpido en el sentido espiritual. En cambio, Benedicto XVI, elegido "para sostener a los hermanos en la fe" en un tiempo de gran confusión, no llegó al final de su misión, sino que interrumpió su pontificado mediante una renuncia insólita, que, sin juzgar su conciencia, supuso una ruptura visible en la continuidad histórica del papado. Esta interpretación más elevada se apoya en el hecho de que, en términos celestiales, "cumplir el tiempo" no se mide en días o años, sino en completar o no la tarea encomendada. Benedicto, retirándose, dejó el camino abierto a un tiempo de oscuridad y de prueba radical para la Iglesia, precisamente como fue profetizado.
Así, los cuatro Papas de Garabandal pueden entenderse así: Pablo VI (primer Papa tras Juan XXIII), Juan Pablo I, Juan Pablo II (el gran Papa mariano), Benedicto XVI (el "breve" en el sentido místico), y luego, no un quinto Papa en sentido pleno, sino el inicio del "fin de los tiempos", marcado por un tiempo de gran apostasía y confusión, donde el papa último era el epicentro de una profunda división espiritual dentro del Cuerpo de Cristo.
La ceguera disfrazada de prudencia
Este tiempo, entonces, no debía ser esperado con señales espectaculares externas solamente, sino sobre todo como una prueba de fe y discernimiento interior. No es extraño que la mayoría de los creyentes, incluso muchos de los más piadosos y devotos de mensajes y apariciones, no reconozcan el cumplimiento de los signos en especial los vinculados al papa que inauguró la fase verdaderamente visible de los últimos tiempos, aunque ya había signos precedentes, enmascarados de algún modo por la presencia de papas respetados. Este fenómeno ya ocurrió en el tiempo de Jesús: aquellos que esperaban más intensamente al Mesías fueron los que más resistieron a aceptarlo, porque venía de un modo que no encajaba con sus esquemas mentales o sus deseos humanos.
Hoy sucede algo similar: muchos católicos sinceros, pero poco formados en el verdadero discernimiento espiritual, se refugian en actitudes de aparente prudencia —no criticar, no ser negativos, confiar sin análisis— que en realidad son formas de ceguera voluntaria. Dicen obedecer, pero sin distinguir entre la obediencia legítima y la aceptación ciega de errores; dicen confiar en Dios, pero en realidad rehúyen el dolor de enfrentar una purificación que pone en crisis toda la Iglesia visible. Dicen preferir ocuparse de sus deberes de estado —lo cual es central claro que sí— pero sin asumir su responsabilidad profética de discernir los signos de los tiempos, como Jesús mismo enseñó que debíamos hacer.
La fe sencilla no es la fe infantilizada. El verdadero creyente, aunque humilde, está llamado a juzgar con rectitud: "No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio" (Jn 7,24). Cuando la confusión entra en el santuario mismo, la pasividad ya no es una virtud, sino un riesgo de ser arrastrado por el engaño.
El tiempo de la gran purificación
Esta ceguera masiva no es casualidad: está permitida en el plan divino como parte de la purificación final de la Iglesia. La verdadera batalla no es tanto visible —de guerras o persecuciones físicas— sino una batalla espiritual interna, donde el trigo y la cizaña crecen juntos hasta el momento de la siega. El Catecismo enseña que antes de la Segunda Venida, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de muchos creyentes (CIC 675).
Lo que vemos ahora en Roma y en el mundo católico, esa extraña mezcla de doctrinas ambiguas, silencios culpables, escándalos públicos y la pérdida de la claridad moral, es parte de esa gran noche mística que los santos anunciaron. Un remanente fiel resistirá, no mediante revoluciones humanas ni desobediencias precipitadas, sino mediante la firmeza en la fe católica de siempre, la oración intensa, y la confianza en el triunfo definitivo de Cristo y de su Madre.
El Papa iría a Moscú
Uno de los aspectos más comentados de las profecías de Garabandal es el anuncio de que "el Papa irá a Moscú, y cuando regrese, comenzarán grandes hostilidades en Europa". Muchos han esperado este evento como un viaje físico literal de un Papa a la capital rusa. Sin embargo, una interpretación más espiritual y profunda —muy coherente con el modo de hablar del Cielo en las revelaciones privadas— permite entender que no necesariamente se refiere a un desplazamiento físico, sino a un gesto de alianza moral, simbólica, espiritual o política que marque un punto de inflexión.
En esta perspectiva, resulta muy revelador constatar que, bajo el pontificado de Francisco, la adhesión simbólica a las corrientes ideológicas afines al "nuevo comunismo" (el marxismo cultural, el globalismo secularista, la reingeniería moral) ha sido clarísima. La celebración entusiasta de Francisco por parte de todos los grandes medios de comunicación dominados por la izquierda mundial, por líderes políticos progresistas, y por plataformas culturales que antes combatían abiertamente la Iglesia católica, se puede entender como una "visita" de su pontificado a la nueva "Moscú" espiritual.
"Moscú", en el lenguaje profético, no representaría solo una ciudad: simboliza el corazón del sistema ideológico que extiende "los errores de Rusia" de los que habló la Virgen de Fátima, incluso si actualmente Rusia ya no dirige el proceso como antes. Estos errores ya no se presentan sólo bajo la forma del comunismo ateo clásico, sino también bajo las formas modernas de negación de Dios: relativismo moral, destrucción de la familia, culto al Estado, disolución de la identidad humana, y ahora, posibles conflictos armados renovados.
Así, cuando vemos que la figura del Papa actual es promovida, exaltada, instrumentalizada y aplaudida por esas mismas estructuras ideológicas que son herederas de los "errores de Rusia", podemos decir que el viaje a "Moscú" ya ha tenido lugar, de forma mística y simbólica.
Ahora, si en algún momento próximo un Papa viajara físicamente a Moscú —lo cual sigue siendo posible y sería un signo clarísimo—, eso no haría sino corroborar físicamente un proceso que espiritualmente ya está en marcha. La profecía sería, como muchas veces ocurre, doblemente cumplida: primero de modo espiritual, luego quizá de modo literal.
En este sentido, el hecho de que Europa esté de nuevo al borde de una gran guerra, que el catolicismo estén siendo demolido sistemáticamente desde dentro, y que las potencias mundiales estén alineadas para el colapso, muestra que estamos exactamente en el momento descrito en Garabandal: el tiempo previo al Aviso, al Gran Milagro, y a la purificación dolorosa, si el mundo no se convierte.
Conclusión: estar despiertos
Hoy más que nunca, se cumple la palabra del Señor: "Velad y orad, porque no sabéis en qué día vendrá vuestro Señor" (Mt 24,42). No basta rezar; es necesario velar, estar atentos, discernir. No basta ocuparse del trabajo diario; es necesario reconocer el momento de la visitación divina.
Dios no abandona a su pueblo. La Virgen sigue acompañando y guiando a los humildes, a los pequeños que, como Simeón y Ana en el Templo, saben reconocer al Mesías en medio de la oscuridad. No importa cuán oscura parezca la noche: la victoria pertenece a Cristo, y su triunfo será más glorioso cuanto más intensa sea la batalla que preceda al amanecer.
La verdadera prudencia hoy es mantenerse en la fe íntegra, en la doctrina católica sin diluir, en la unión profunda con María, y en una alerta serena y perseverante. Así pasaremos la prueba, y seremos testigos del día en que el Inmaculado Corazón de María triunfe, tal como lo ha prometido en Fátima, Garabandal y en todas sus visitas maternas a este mundo que, tantas veces, no sabe reconocer la hora de la gracia.
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