14.4.25

Lo que Jesús escribió en el suelo en el episodio de la Mujer Adúltera

 El episodio de la mujer adúltera ocurre en el Templo de Jerusalem, según San Juan, poco después del amanecer, donde Jesús estaba enseñando cuando los escribas y fariseos le interrumpen llevando a la mujer sorprendida en adulterio.

Aunque no se dice con precisión, por las costumbres de enseñanza de los rabinos y la descripción general, se puede deducir que probablemente tuvo lugar en uno de los patios exteriores del Templo, muy posiblemente en el patio de las mujeres, o en una zona exterior del patio de los gentiles, donde Jesús podía enseñar y ser interrumpido por los fariseos ante una multitud que era el lugar más amplio y accesible para el público general (hombres y mujeres judíos). Este era un lugar común para predicaciones públicas, ya que los patios interiores estaban más restringidos

Si el suelo era de piedra, ¿cómo pudo escribir Jesús en él sólo con los dedos?

Uno de los detalles más sugerentes que suelen pasarse por alto es la posibilidad física del gesto de escribir. El evangelista dice que Jesús escribe en el suelo, pero si el episodio ocurre en el Templo, donde el suelo es de piedra, ¿cómo pudo escribir algo visible? Una observación más atenta podría considerar que el viento –de efecto normal en los patios descubiertos del Templo- habría traído suficiente polvo (montes como el de los Olivos están enfrente mismo de Jerusalem) como para cubrir las losas y permitir trazar signos. Esta imagen, lejos de ser anecdótica, es altamente simbólica: el polvo, signo de lo efímero, del pecado y de la humanidad caída, sirve de soporte para que Dios escriba. Ya no se trata de una Ley grabada en piedra, como con Moisés, sino de un juicio divino trazado en el polvo, que puede ser borrado. Esto revela la nueva lógica del Evangelio: la misericordia como posibilidad de regeneración, pero también como urgencia de conversión.

Incluso en el lugar más sagrado de la religión judía hay polvo, hay materia, hay debilidad humana. El polvo, símbolo ancestral del pecado, de la mortalidad y de la imperfección (“polvo eres…”), sirve de lienzo para que Jesús, el Verbo hecho carne, escriba. Es una imagen potente del modo en que Dios se encarna y actúa incluso en lo impuro, en lo cotidiano, en lo frágil. La escena no solo recuerda a Moisés recibiendo la Ley escrita por el dedo de Dios en piedra, sino que muestra a Jesús, Dios mismo, escribiendo ahora no en piedra, sino en polvo, en lo pasajero, en lo que puede ser borrado: una imagen de misericordia frente a la antigua rigidez.

Jesús no responde de inmediato a los fariseos. Predicando tenía que estar de pie, pero para escribir ha de haberse agachado o sentado. Y lo que escribe no podían ser garabatos ni enigmas místicos como suele suponerse, tenían que ser palabras claras y duras acordes al momento como “Usurero”, “Fornicador”, “Blasfemo”, “Adúltero”, “Ladrón”… Las escribe, puede borrarlas con el pie, y volver a escribir en otro punto, el suelo es como una pizarra de aula. Lo hace como quien sabe perfectamente lo que hay en el corazón humano, como quien acusa sin pronunciar un juicio audible. Es una acusación silenciosa, individual, directa, a los acusadores no a la mujer. Cada palabra parece dirigida a alguien del grupo, sin necesidad de que se diga quién es. La culpa se revela sola. Los acusadores, uno a uno, empiezan a retroceder. Y aquí tuvo que tener lugar otro detalle extraordinario que suele olvidarse: no es simplemente la frase de tirar la primera piedra lo que les hace huir, tiene que ser lo escrito lo que los desarma, y sobre todo las palabras y la mirada de Jesús. Su rostro es como el de un rey en su trono, para hablar ha vuelto a ponerse de pie, con una figura que se eleva desde el suelo y su mirada penetra como dos puñales. Su sola presencia, su anterior silencio majestuoso, su severidad implacable, bastan para descomponer la falsa seguridad de los hipócritas. Jesús no sólo juzga con palabras, sino con la intensidad de su mirada, con el peso de su santidad, que hace que cada hombre se confronte con su propia miseria. Su sola presencia empuja físicamente a los acusadores hacia atrás, minando su agresividad con una fuerza espiritual irresistible.

Cuando por fin Jesús pronuncia su famosa sentencia -“Quien de vosotros esté sin pecado, que tire contra ella la primera piedra”-, lo hace desde esta posición de majestad, de juicio. Pero también de misericordia. No condena a la mujer, pero tampoco la exonera con liviandad. Y este es otro aspecto profundamente importante a subrayar: Jesús no le da la bendición ni le ofrece su paz. No le dice “tus pecados te son perdonados” como a otros pecadores. Sólo le dice: “Vete, y no peques más”. ¿Por qué? Porque aún no hay en ella un verdadero arrepentimiento, de momento sólo hay vergüenza, humillación, miedo. Pero no aún la ruptura interior con el pecado. Jesús lo percibe y por eso actúa con una prudencia pedagógica exquisita. Le da tiempo. Le señala el camino. La levanta con la mano, como diciéndole: ahora te toca a ti caminar hacia tu redención, a pedir perdón a su marido y a no volver a pecar con otro hombre. Le muestra el amor de Dios, pero no le impone un perdón que todavía no ha pedido.

Lo que esta narración ofrece no es solo una escena conmovedora de perdón y justicia, sino un modelo completo de cómo actúa la verdadera misericordia divina: con conocimiento profundo del corazón humano, con firmeza contra el pecado, pero ternura hacia el pecador, con tiempo, con respeto por los procesos internos del alma. Es una teología encarnada en una mirada, en un gesto, en un silencio. Jesús aparece no solo como el Salvador, sino como el Médico, el Juez, el Maestro, el Amigo. Y al mismo tiempo, muestra que no todos quieren ni aceptan ser salvados. Algunos, como Judas, prefieren seguir juzgando. Otros, como la mujer adúltera, pueden tener una oportunidad… si la saben aprovechar.

El comentario exegético tradicional sobre el episodio de la mujer adúltera

Se suele mantener dentro de los márgenes muy limitados de la erudición clásica. Se ofrece una interpretación del gesto de Jesús al escribir en el suelo con base en referencias patrísticas y algunas hipótesis simbólicas: que remite al versículo de Jeremías donde se dice que los que abandonan al Señor “quedan inscritos en el polvo”, que es como una analogía de una costumbre procesal romana en la que el juez anotaba la sentencia antes de pronunciarla, o que simplemente el gesto de escribir es una pausa reflexiva. También se recoge la posibilidad de que Jesús estuviera escribiendo los pecados de los acusadores, pero no se atreven a afirmar ninguna opción con claridad.

Este enfoque, aunque piadoso y respetuoso, adolece de una cierta frialdad interpretativa y de falta de profundidad psicológica y espiritual. Limita la escena a una especie de discusión jurídica y moral abstracta, sin adentrarse en la densidad dramática y mística que el pasaje puede encerrar. Hay una serie de elementos que podrían enriquecer esta lectura si se incorporaran otros niveles de comprensión, incluso sin necesidad de recurrir a fuentes explícitamente místicas, pero sí abriéndose a una visión más integral del texto.

Jesús se manifiesta como juez ante los acusadores

La escritura de Jesús no era una pausa neutra, ni menos un fingir indiferencia despectiva, sino una acción cargada de intención, una forma de juicio no verbal que interpelaba directamente a cada conciencia. No es Jesús quien acusa con la boca, sino quien deja que el corazón de cada uno escuche su propia condena escrita en el polvo.

Pero más aún que sus palabras escritas, es su mirada la que sacude el alma de los presentes. En la exégesis tradicional se destaca la condescendencia de Jesús, su mansedumbre, su capacidad de acoger a la pecadora. Pero suele olvidarse que antes de la dulzura hubo una severidad luminosa. Jesús se alza, como un rey en su trono, y su mirada atraviesa a cada uno de los acusadores con tal fuerza que no pueden sostenerla. Se retiran cabizbajos, vencidos no por un razonamiento, sino por la presencia de una santidad que los pone en evidencia. Es una escena de juicio, pero un juicio silencioso, terrible, y a la vez lleno de dignidad.

La reacción de Jesús frente a la mujer también suele interpretarse de modo algo apresurado. Se dice que la perdonó, que la salvó. Y es cierto que no la condenó, pero tampoco la bendijo ni le dio la paz, como hizo en otras ocasiones con personas arrepentidas. Aquí hay una sutileza decisiva: Jesús percibe que en esa mujer aún no ha nacido un arrepentimiento profundo. Está humillada, está llena de vergüenza, tal vez de miedo, todavía no ha tenido tiempo de separarse del todo de su pecado. Por eso le dice simplemente: “Vete, y no peques más”. Le da tiempo, le da espacio, le abre un camino. Es una pedagogía divina que respeta los tiempos interiores del alma. No fuerza, no condena, pero tampoco absuelve a la ligera.

Esta mirada más profunda, que se puede desarrollar incluso sin nombrar fuentes místicas ni romper con la tradición, abre una comprensión más rica del Evangelio: una comprensión donde la misericordia y la justicia no se excluyen, donde Jesús no es simplemente un sabio entre otros, sino un Dios que sabe mirar, escribir y callar con el poder de transformar los corazones.

Jesús escribe los pecados, no los pecadores, no es difamación

Una posible objeción al relato ampliado del episodio de la mujer adúltera es la idea de que Jesús no habría expuesto los pecados de los acusadores en público, ya que esto sería difamación y Jesús no puede pecar, por eso la duda de que pudiera haber escrito algo significativo. Esta crítica parte de una sensibilidad moderna que valora la privacidad de la conciencia y condena la denuncia pública de las faltas personales. Sin embargo, esta objeción se disuelve al analizar con más detenimiento tanto el contexto de la escena como la naturaleza del acto de Jesús.

En primer lugar, Jesús no identifica en ningún momento a personas concretas. Escribe palabras en el polvo -“usurero”, “fornicador”, “adúltero”, “blasfemo”, “ladrón”—-pero no las asocia con nombres. No dice “tú eres esto” o “ése es tu pecado”. El acto es deliberadamente silencioso y anónimo. Cada palabra escrita en el suelo puede ser leída por todos, pero sólo quien tiene ese pecado en su conciencia se sentirá interpelado. Es decir, no hay una acusación explícita a pesar de las palabras, sino una revelación interior que sólo afecta a quien reconoce en sí mismo la falta escrita. La escena no es una exposición pública, sino una especie de juicio íntimo realizado en medio de una multitud. Jesús respeta el secreto de cada conciencia, incluso mientras la sacude con fuerza.

Además, Jesús no actúa como un maestro humano que juzga, sino como el Hijo de Dios que conoce los corazones. En varias partes del Evangelio se dice que Jesús “sabía lo que hay en el hombre” y que “no necesitaba que nadie le informara” sobre lo que había en las almas. Como tal, tiene autoridad divina para revelar verdades que no están al alcance del juicio ordinario. Su palabra no es una denuncia, sino una iluminación. No hay injusticia ni calumnia en su gesto, porque Él no actúa movido por la ignorancia ni por la ira, sino por la verdad y la misericordia. El juicio de Dios no es difamación, sino verdad manifestada con justicia.

Por otro lado, es importante considerar que quienes exigen el juicio contra la mujer son ellos mismos personajes públicos que han hecho una acusación escandalosa en voz alta, en un lugar sagrado y ante muchas personas. Vienen a Jesús con intención de atraparlo, presentándose como jueces sin mancha. Ante esta actitud soberbia y teatral, Jesús responde con una acción proporcional: no los desenmascara por nombre, pero sí pone frente a ellos el espejo de sus propias conciencias. Es una corrección directa, pero sin violencia; firme, pero sin exhibición cruel. No hay venganza, sino pedagogía. El pecado que se señala no es simplemente moral, sino también hipócrita, y la hipocresía —como en tantas páginas de los profetas— merece corrección visible. Jesús nunca humilla al pecador humilde, pero sí expone la falsedad del que se erige en juez mientras oculta su propia corrupción.

Tampoco se puede ignorar que la intención de Jesús no es avergonzar, sino conducir al arrepentimiento. El gesto de escribir, el silencio, la mirada penetrante, todo está dirigido a provocar un proceso interior, no una humillación exterior. Y de hecho, ese efecto se produce: los acusadores se marchan, uno a uno, en silencio, con la cabeza baja y venían con ira dispuestos a atropellar dialécticamente a Jesús. Ninguno protesta por sentirse injustamente señalado. Todos comprenden —o más bien, sienten— que no tienen derecho a lanzar la piedra. La escena logra así su propósito: desarma la agresividad y abre paso a la misericordia, sin necesidad de escarnio público.

Desde una perspectiva bíblica, también se puede recordar que Jesús, como los profetas antes que Él, denuncia públicamente el pecado cuando este es obstinado y causa daño a otros. No por deseo de humillar, sino por necesidad de liberar. Ya había llamado “sepulcros blanqueados” y “raza de víboras” a los fariseos en otras ocasiones, y no porque los odiara, sino porque intentaba sacudirlos de su ceguera espiritual. En este caso, su denuncia no es verbal, sino escrita. No hay voces alzadas, solo un dedo que traza palabras en el polvo, y unos ojos que miran con una intensidad imposible de sostener.

No hay que olvidar que Jesús no vino a aplastar a los pecadores, sino a salvarlos. Incluso cuando escribe palabras duras, lo hace para ofrecer a cada alma la posibilidad de convertirse. Su juicio no condena sin remedio: revela, sacude, interpela… pero siempre con la intención de sanar. No hay crueldad en su gesto, sino una misericordia severa y luminosa, que sabe cuándo hablar, cuándo callar y cuándo escribir. Lejos de incurrir en difamación, Jesús actúa con una sabiduría que respeta el misterio de cada alma y, al mismo tiempo, revela la verdad que cada uno necesita para salvarse.

 

Qué pudo explicar Jesús a los discípulos en privado sobre la escena vivida

Tras el episodio, Jesús tuvo que ser preguntado por sus discípulos. Muy bien pudo explicarles que hay almas que necesitan tiempo, que no todas sanan de golpe, que condenar prematuramente puede hacer más daño que bien. Un auténtico guía espiritual debe ser austero consigo mismo y paciente con los demás. Debe parecerse a Dios, no a los jueces duros que alejan con el miedo en vez de atraer con el amor. El maestro del espíritu es como el médico que no solo cura, sino que acompaña, que escucha, que espera. Y Jesús dejaría claro que el perdón no siempre nace después del arrepentimiento explícito: a veces, es el perdón mismo lo que despierta el arrepentimiento verdadero.

Les tuvo que revelar aún más claramente el contraste entre su visión y la lógica humana. Judas Iscariote como fariseo y quinta columna, mantendría la mentalidad legalista, incapaz de entender la misericordia que no exige arrepentimiento previo visible. Para él, Jesús actuó en contra de la Ley. No comprende que el perdón, en el corazón de Dios, no se da solo como recompensa al arrepentimiento, sino también como semilla que puede generar ese arrepentimiento. Jesús mismo lo explica con serenidad: no fue un perdón pleno, como el que ofreció a María Magdalena, sino un espacio abierto, una oportunidad. Jesús sabe que no todas las almas se sanan de golpe. Algunas lo hacen lentamente, por etapas, con recaídas. Exige entonces a sus discípulos dos cualidades: austeridad personal sí pero también misericordia paciente. Solo así podrán ser auténticos maestros del espíritu. Si condenan con dureza, si infunden miedo en lugar de confianza, o si se alinean con los hipócritas acusadores no ayudarán al alma pecadora a volverse a Dios, sino que la empujarán nuevamente a sus antiguas cadenas.

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