31.7.26

Aceptar sexuación en Adan y Eva antes de la caída implica aceptar la evolución

Siempre se ha atribuido a Adán y Eva una anatomía sexual idéntica a la actual, pero hoy sabemos que la anatomía sexual es un resultado de la evolución en el tiempo y eso a su vez es incompatible con el hecho de que sean los primeros humanos. Desde luego, siempre se puede sostener que  Dios creó directamente dos cuerpos aptos para engendrar sin evolución aunque les ponga marcaje hoy reconocido como evolutivo. Sin embargo, esta salida plantea una dificultad más profunda, ya que un cuerpo se explica tanto por la lógica interna de sus órganos como por el orden al que pertenece. La sexuación humana forma parte de un sistema donde cada sexo se entiende en relación con el otro y con su descendencia, por eso, si se atribuye esta misma estructura al estado preternatural, se otorga a los primeros padres una anatomía cuyo sentido remite a una historia de reproducción continua. Se puede apelar a la creación directa explica esos órganos como inmediatamente creados, pero eso no responde a por qué poseen tal configuración en un sujeto que carece de progenitores. La dificultad estriba en que su cuerpo aparecería cargado de una función natural que presupone la reproducción, la herencia y la continuidad poblacional.

Así, la tesis convencional no suprime la huella evolutiva de la anatomía, pero deja íntegra la forma corporal que dicho proceso hace inteligible. Por eso, proyectar nuestra biología sobre el Edén implica admitir que Dios creó un cuerpo que reproduce los rasgos de un orden que Adán jamás recorrió. La cuestión estriba en si resulta coherente que su cuerpo preternatural llevara desde el comienzo una forma orgánica cuyo sentido pertenece a la generación y al reemplazo de los individuos. Si la reproducción sirve para mantener la vida de una población, su presencia en un estado donde la muerte no domina exige dar una explicación. Proyectar nuestra sexualidad sobre el Edén introduce la lógica de una naturaleza que se conserva mediante la sustitución de sus miembros. Recurrir a la pureza moral del acto no resuelve este problema biológico, porque permanece un sistema corporal cuyo sentido pertenece a una humanidad mortal.

Nuestra hipótesis problematiza esa discordancia y quiere darle una solución. Si Adán fue creado bajo un estado preternatural, su cuerpo no tenía por qué reproducir la organicidad propia de una población evolutiva; y así sólo la caída explicaría el paso a ese otro régimen, donde el cuerpo de Adán fue adaptado a la biología que Dios había desarrollado previamente en el orden natural para otros seres; no es que Dios no pueda obrar sin condiciones, sino que Dios lo que hace lo hace con orden y propiedad por eso a un estado preternatural como el de Adán le corresponde un cuerpo según ese estado, no según un estado animal y el hecho de que lo haya creado a partir del barro no indica que ese barro sea materia en sentido craso, puesto que hay muchos planos de materia incluso invisibles.

Esta distinción evita hacer de Adán un individuo surgido dentro de una población evolutiva y evita atribuirle una anatomía que no le corresponde. Quienes proyectan nuestra sexuación sobre el Edén colocan en Adán una estructura que solo la evolución explica. Por tanto, la pregunta de fondo es si la corporeidad originaria debe pensarse desde la biología caída o si esta biología es la traducción posterior de una vocación dada a otros seres.

Por qué esta hipótesis no es puritana ni gnóstica

Esta propuesta podría recibir la acusación de puritanismo por situar la reproducción sexual sólo tras la caída, o de gnosticismo por distinguir entre la corporeidad edénica y el cuerpo biológico. Ninguna de las dos objeciones sostiene un análisis detenido. No hay puritanismo porque la biología sexual pertenece a una creación que sigue siendo obra de Dios. Cuando Adán y Eva entran en este régimen corporal desde el anterior prternatural, reciben una forma de vida buena en sí misma, aunque para ellos posea un carácter penitencial por corresponder a la pérdida de un estado superior. El trabajo de la tierra es bueno, aunque quede unido a la fatiga, y la unión sexual es digna, aunque pertenezca a una condición ligada a la transmisión de una vida mortal. Por eso la tesis permite entender el matrimonio como el medio donde Dios une el amor personal y la fecundidad. La respuesta de Cristo a la pregunta de los saduceos sobre la mujer que fue viuda siete veces y su destino en el más allá, confirma esta temporalidad, porque en la resurrección no habrá matrimonio, aunque permanecerá la persona corporal.

Tampoco existe gnosticismo, dado que la tesis no opone un espíritu bueno a una materia mala. El cuerpo edénico es real, mientras que la fecundidad originaria implica una participación efectiva de la carne. El gnosticismo considera la materia como caída por sí misma, mientras que aquí la materia procede de Dios y Cristo salva al hombre mediante la Encarnación. La diferencia entre el cuerpo edénico y el caído introduce dos estados posibles de una misma persona corporal. Adán sigue siendo el mismo sujeto cuando entra en la biología mortal, del mismo modo que resucitará con su propio cuerpo. La hipótesis sostiene que una forma corporal buena se convierte para Adán en el régimen correspondiente a su pecado. El puritanismo sospecha del placer por considerarlo impuro, mientras que esta tesis afirma que el placer se integra en el amor. La diferencia está en que el sexo no recibe la última palabra sobre la persona, pues constituye un bien temporal dentro de un destino llamado a una vida corporal más alta.

 

La objeción del desplazamiento del problema

Un crítico que se molestase en serlo puede decir: "Si la anatomía sexual y la dotación genética actual son el resultado de millones de años de mutaciones y recombinaciones en una población, cuando Dios 'adapta' o 'readecua' el cuerpo de Adán tras la caída a ese régimen biológico, le está infundiendo un genoma que porta la firma, las mutaciones y la información de unos antepasados que Adán jamás tuvo. Por mucho que esto ocurra después de la caída y no en el Edén, sigue existiendo una grieta causal: se dota a un sujeto de un código genético y una biología cuya estructura interna sigue remitiendo a una historia de la que él no procede. Se ha salvado la pureza del Edén, pero el cuerpo caído de Adán sigue siendo un 'efecto sin su causa histórica' y carece de verdadera originación evolutiva."

Podemos acudir a la metáfora del edificio derruido como intuición para resolver esta paradoja. Si el estado edénico se derrumba por el pecado, Dios no aniquila a la persona, sino que rescata las partes fundamentales de esa arquitectura originaria —la persona corporal, la inteligencia y la capacidad de amar al mismo Dios— para integrarlas en una nueva construcción levantada sobre los materiales y leyes del orden natural evolutivo. Para explicar cómo se justifica la presencia de la genética, los genes de herencia y la dotación cromosómica en un sujeto que carece de antepasados sin caer en un fraude biológico, la hipótesis debe abordar las siguientes tres claves teológicas y metafísicas:

En primer lugar, es necesario entender que el genoma no funciona como una memoria de antecedentes familiares, sino como la herramienta orgánica de la especie. La objeción presupone que tener genes equivale a portar un certificado de nacimiento de unos padres inexistentes. Sin embargo, desde la biología de poblaciones, la información genética es simplemente el sistema operativo que permite la viabilidad de la vida corporal en un entorno físico y mortal. Al adaptar el cuerpo de Adán tras la caída, Dios no le fabrica una biografía genética falsa, sino que le otorga la arquitectura biológica funcional y estable que la evolución providencial ya había desarrollado en el orden extraedénico. Adán recibe los genes como el equipamiento operativo indispensable para mantenerse con vida, defenderse de la enfermedad y posibilitar la transmisión de la naturaleza humana.

 

Objeción de concordismo forzado y literalismo

 

Un académico podría calificar esta postura de concordismo refinado, cercano al creacionismo de diseño inteligente, pero cabe precisar que el creacionismo protestante tuerce los datos de la ciencia para encajar de manera forzada una lectura literalista del texto sagrado. Nuestra propuesta realiza el camino inverso: asume con pleno rigor la biología evolutiva y exige a la teología que sea coherente con ella. No se utiliza a Dios para rellenar los vacíos de la ciencia ni se niega que la selección natural haya moldeado la anatomía reproductiva en la historia natural; al contrario, se respeta esa historia en su orden propio y se evita el verdadero vicio concordista, que consiste en proyectar las estructuras de la biología evolutiva actual sobre una condición originaria donde la muerte y la generación masiva aún no gobernaban.

Por su parte, la crítica derivada de la exégesis simbólica o histórico-crítica sostiene que Adán y Eva son figuras etiológicas y que el relato del Edén utiliza la sexualidad como mero recurso expresivo para hablar de la alteridad y de la inocencia, por lo que examinar la fisiología originaria supondría un error de categoría. Sin embargo, aunque el lenguaje bíblico sea figurativo, el dogma cristiano exige la realidad histórica de un acontecimiento originante de caída y de un cambio sustancial de estado. Si se disuelve al primer hombre en un símbolo poético, la teología queda desacreditada para explicar cómo el mal y la corrupción entraron en la historia sin atribuirselos directamente al acto creador de Dios. El símbolo teológico presupone un sustento ontológico; si hubo un paso real de la gracia a la caída, ese paso debió traducirse en un régimen corporal acorde con la nueva situación del sujeto.

Por último, si se invoca el célebre principio de Ludwig Wittgenstein según el cual conviene callar sobre aquello de lo que no se puede hablar, se alega que la Escritura no detalla la anatomía edénica y que cualquier conjetura sobre ella incurre en una especulación ilegítima. La respuesta a esta reserva epistemológica reside en distinguir entre la descripción positiva de un misterio y la denuncia de una contradicción formal. La hipótesis no pretende redactar un manual de anatomía invisible ni describir con detalle fáctico la carne preternatural; se limita a señalar la incoherencia lógica que supone atribuir a los primeros padres un sistema corporal cuya inteligibilidad depende por entero de la muerte, la herencia y la sucesión de generaciones. No se traspasa el límite de lo revelado para inventar un cuerpo, sino para demostrar que el cuerpo caído no puede ser el molde del cuerpo originario.

En segundo lugar, Adán no debe ser visto como el eslabón final de una cadena evolutiva, sino como el punto cero o fundador de la variabilidad genética humana. Los organismos en la naturaleza acumulan mutaciones a lo largo del tiempo, pero en el caso de Adán, al ser introducido directamente por Dios en el régimen biológico existente, su genoma no refleja el pasado, sino que capacita el futuro. Dios infunde en el primer hombre una constitución genética plena y diversa, adaptada al estándar de la especie que habitaba el mundo exterior, haciéndolo capaz de inaugurar una verdadera historia de transmisión biológica. Por tanto, Adán no recibe una herencia previa, sino que se convierte en el principio originante de la herencia para toda su descendencia.

Por último, la sumisión a las leyes de la genética cumple una función teológica central en la condición caída, al actuar como el nuevo cauce de solidaridad entre los hombres. Al perderse la cohesión espiritual preternatural por causa del pecado, la unidad de la humanidad pasa a realizarse a través del vínculo de la carne y de la sangre. La genética se convierte en el mecanismo biológico mediante el cual se transmite la fragilidad de la condición mortal y, al mismo tiempo, en el medio que articula a la especie como una sola familia de sangre. Esto resulta decisivo para la historia de la salvación, pues esa misma cadena genética real es la que permitirá más adelante la Encarnación del Verbo en la carne de María para redimir a la humanidad desde su propia biología.

De este modo, se demuestra que Dios no falsifica la genética del primer hombre. La evolución previa en el mundo natural preparó el código biológico de la especie humana; pero tras la caída, Dios asume la persona de Adán y la ajusta a ese molde preexistente. Sus genes no están ahí para recordar una ascendencia que jamás tuvo, sino para posibilitar el destino biológico de los hijos que de él nacerán.

 

 


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