31.7.26

Evolución, Edén y caída: hasta dónde podemos llegar sin herejía


Esta hipótesis intenta reunir cuestiones que suelen estudiarse por separado: la evolución providencial, la singularidad de Adán, la corporeidad edénica, la aparición de la reproducción sexual, la transmisión del pecado original y la recapitulación de la humanidad en Cristo.

La hipótesis que aquí se propone puede producir de inicio la impresión de una construcción demasiado aventurada. Distinguir entre una humanidad universal surgida dentro de la evolución providencial y un Adán edénico creado inmediatamente por Dios; sostener que la sexuación biológica pertenece al régimen posterior a la caída; interpretar la fecundidad originaria como una participación corporal en una acción divina; y entender que, tras el pecado, Dios introduce a Adán y Eva en una organicidad ya existente en la creación evolutiva parece acumular demasiadas innovaciones sobre unos capítulos bíblicos de por sí misteriosos.

Esa objeción merece ser tomada en serio. Existe siempre el peligro de que la exégesis intente llenar los silencios de la Escritura mediante llenados imaginativos, hasta convertir una intuición en una historia completa cuya coherencia interna sustituya a la demostración. La tesis debe, por tanto, renunciar desde el comienzo a presentarse como una reconstrucción cierta de los acontecimientos, no sabemos cómo era exactamente la corporeidad edénica, cómo habría tenido lugar la generación sin reproducción sexual ni mediante qué procesos la caída introdujo a los progenitores en nuestra biología mortal.

Pero reconocer esos límites no obliga a renunciar a toda elaboración. Hay ocasiones en las que varias dificultades independientes parecen reclamar una articulación común; la fuerza de una hipótesis no procede entonces de que cada una de sus piezas pueda demostrarse aisladamente, sino de que permite comprender conjuntamente hechos que, bajo las explicaciones habituales, quedan separados o unidos mediante soluciones parciales.

Aquí se intenta reunir la evolución, la singularidad de Adán, la corporeidad edénica, la caída, la aparición de la sexuación generativa, la transmisión del pecado original, la coexistencia inicial de órdenes humanos distintos, el papel de Caín, el diluvio y la recapitulación final en Cristo.

Y vamos a confrontar documentos de Pío XII y a Juan Pablo II en todo esto, aunque no se referían primariamente a lo que venimos discutiendo, pero si los presentamos como fuentes de objeción magisterial posible. El primero quería impedir que la aceptación de la evolución destruyera al Adán individual y el pecado original. El segundo quería rescatar el significado personal, esponsal y fecundo del cuerpo sexuado frente a su reducción al placer y a la disponibilidad arbitraria. Sus afirmaciones deben ser respetadas dentro del propósito para el que fueron formuladas, pero no necesariamente convertidas en descripciones exhaustivas de una cuestión que ninguno de ellos o sus redactores enfocó directamente.

El espacio dejado por Humani generis

Humani generis mantiene dos afirmaciones que deben permanecer unidas. La evolución corporal puede ser objeto de estudio, siempre que el alma espiritual sea reconocida como creación inmediata de Dios. Al mismo tiempo, debe conservarse un Adán individual, responsable de un pecado real que alcanza por generación a toda la humanidad.

La encíclica impide que el espacio entre ambos extremos se llene mediante la solución poligenista más fácil: no puede afirmarse que Adán sea simplemente una población de primeros hombres, ni que la humanidad actual proceda de varios troncos independientes, algunos de los cuales quedarían fuera de su descendencia y del pecado original.

Sin embargo, el documento no explica cómo puede funcionar el modelo positivo. Si la evolución corporal se toma en serio, no produce normalmente un único individuo que aparezca aislado de una población y pueda ser señalado como el primer organismo humano absoluto. La evolución trabaja mediante generaciones, variaciones, cruzamientos y poblaciones. La aparición de un cuerpo idéntico al nuestro supone una historia reproductiva anterior, y la diferenciación sexual sólo resulta inteligible dentro de una especie compuesta por machos y hembras capaces de engendrar.

La fórmula según la cual la evolución habría preparado el cuerpo de Adán y Dios le habría infundido el alma parece sencilla, pero encierra una dificultad. Si ese cuerpo perteneciera realmente a una población evolutiva, Adán deja de ser corporalmente singular. Si Dios lo fabrica de manera aislada con anatomía y fisiología sexual idénticas a las nuestras, ese cuerpo reproduce de forma instantánea una organicidad cuya razón biológica presupone una historia poblacional que él nunca habría vivido.

La encíclica advierte el peligro doctrinal del poligenismo, pero no desarrolla las consecuencias antropológicas de admitir la evolución, que no es que la admita sino que no pone trabas a que se investigue. Establece un límite preventivo: evolución investigable, poligenismo inadmisible, Adán individual necesario, pecado original universal. No ofrece una teoría exhaustiva sobre el modo de conectar esos elementos.

La hipótesis aquí defendida intenta ocupar precisamente ese espacio sin convertir la evolución en origen del Adán edénico ni disolver a Adán en una mera noción simbólica.

El ’adam universal de Génesis 1

Génesis 1 presentaría al ’adam universal, una humanidad cuyos cuerpos surgen dentro del despliegue evolutivo de la vida. Este proceso nunca sería independiente de Dios, la evolución constituiría una de las formas mediante las que la providencia conduce la creación material, no un poder autosuficiente capaz de producir por sí solo la espiritualidad.

En un momento querido por Dios, aquellos vivientes reciben alma racional y se convierten en verdaderos hombres. Poseen libertad, conciencia, imagen divina y destino eterno. La continuidad corporal con formas anteriores no elimina la novedad espiritual, porque el alma no emerge de la materia: es creada inmediatamente por Dios.

Esta humanidad vive bajo la condición biológica ordinaria de los vivientes superiores. Existe como macho y hembra, se reproduce sexualmente, nace, envejece y muere. Su cuerpo contiene registros de una historia animal previa: morfología simiesca, manos capaces de manipulación, estructuras orgánicas heredadas y una sexualidad inserta en la supervivencia poblacional.

Su prueba ante Dios se corresponde con la luz que ha recibido. No conoce al Creador mediante convivencia manifiesta ni por una palabra escuchada directamente. Debe remontarse desde la creación visible hasta su Autor, reconocer mediante los sentidos y la razón que existe un Ser supremo, obedecer la ley inscrita en la conciencia y evitar quedar absorbida por la pura animalidad de los impulsos.

No es una humanidad sin Dios, pero su conocimiento es natural y deductivo. Puede alcanzar al Creador como principio y fundamento; todavía no guarda memoria de Dios como presencia amorosa, interlocutor y Padre conviviente.

El Adán edénico de Génesis 2

Dado que Génesis 2 presenta una intervención de carácter singular, el Adán edénico no surgiría de aquella población preexistente ni constituiría uno de sus individuos elevados a una mera función representativa, sino que Dios lo plasma inmediatamente en un ámbito propio, dotándolo de una corporeidad proporcionada a un estado semiglorioso.

Puesto que ese cuerpo es auténticamente humano sin que por ello deba identificarse con nuestro organismo actual, la circunstancia de que la tradición artística haya representado a Adán como un varón anatómicamente idéntico a nosotros —debido a la necesidad iconográfica de hacer reconocible la figura humana— no nos obliga a suponer que el hombre originario poseyera desde su creación la misma fisiología sexual, generativa y mortal que caracteriza al ser humano tras la caída.

En la medida en que Adán y Eva poseen una verdadera diferencia personal, complementariedad, amor y vocación fecunda, su capacidad de transmitir la vida no se encontraría estructurada todavía según el mecanismo sexual de orden animal; de este modo, lo masculino y lo femenino existirían in nuce, en cuanto orientación recíproca, capacidad de donación y disposición para participar en el surgimiento de nueva vida, sin que por ello estuviesen desplegados bajo la organicidad reproductiva que hoy experimentamos.

Dado que el conocimiento de Dios distingue decisivamente este orden edénico del ámbito universal, Adán no se ve en la necesidad de deducir la existencia del Creador a través del cosmos visible, por cuanto Dios mismo se le manifiesta, le habla, le encomienda una tarea, le impone una prohibición y se le ofrece como presencia amorosa; así, la prueba a la que se somete el hombre no consiste en elevarse desde las criaturas hasta una causa suprema, sino en mantener la fidelidad hacia Aquel a quien ya conoce de forma directa.

En tanto que ambos órdenes son plenamente humanos y comparten la posesión de un alma espiritual, estos no se hallan sin embargo bajo el mismo estatuto histórico y salvífico; mientras el primero discurre bajo la luz natural del conocimiento, el segundo se desenvuelve bajo una manifestación inmediata; al tiempo que el uno permanece sometido a la muerte biológica, el otro participa de una dotación de carácter preternatural; y en tanto que el primero debe descubrir al Creador mediante sus obras, el segundo convive con Él en calidad de interlocutor y Padre.

En definitiva, aun cuando se afirme la unidad esencial de la naturaleza humana, esta no equivale de ningún modo a una igualdad absoluta en su estado originario.

La generación querida por Dios

La fecundidad edénica habría debido producirse por mediación divina. Adán y Eva participarían corporalmente en la aparición de la descendencia, pero la vida nueva no resultaría de una cópula ni de un mecanismo reproductivo que pudiera parecer autónomo. Dios conservaría manifiestamente la iniciativa vivificante.

La concepción de Cristo ofrece una analogía, aunque no permita reconstruir exactamente el modelo originario. Jesús recibe verdadera carne de María y es realmente hijo suyo, pero su concepción tiene lugar por obra del Espíritu Santo, en virginidad y sin intervención sexual. La ausencia de cópula no elimina la transmisión carnal ni convierte la maternidad en apariencia.

Esto permite distinguir generación corporal y reproducción sexual. La criatura puede aportar verdaderamente su carne mientras la aparición de la vida depende de una acción inmediata de Dios.

El plan originario habría unido amor, donación, cuerpo y fecundidad sin introducir a los progenitores en el régimen reproductivo animal. No habría existido puritanismo ni desprecio del cuerpo, porque la donación sería plenamente corporal. Tampoco habría existido autonomía biológica, porque cada nueva vida aparecería manifiestamente como don divino.

La fecundidad sería participación, no apropiación.

«Seréis como dioses»

Desde esta perspectiva, la tentación de «seréis como dioses» adquiere también una dimensión generativa. No se reduciría a decidir autónomamente qué es el bien y qué es el mal, aunque esa pretensión permanezca en su centro. Incluiría la apropiación del poder de dar vida, el deseo de convertirse en principio autosuficiente de una descendencia y la voluntad de poseer como capacidad propia aquello que debía recibirse continuamente de Dios.

Adán y Eva quieren abandonar el régimen del don. Aspiran a una potestad que parezca residir en ellos mismos. La consecuencia se ajusta irónicamente a la elección: entran en una corporeidad donde el hombre y la mujer parecen poseer la capacidad de producir vida mediante sus propios actos. Pero obtienen ese poder bajo la forma de penitencia.

La generación queda ligada a deseo, cópula, concepción, dolor, parto, herencia y muerte. Dan vida, pero transmiten una vida mortal. Engendran descendientes, pero los introducen en una naturaleza privada de la dotación originaria. Lo que parecía autonomía se convierte en dependencia biológica; lo que parecía divinización se transforma en propagación de la condición caída.

El pecado contiene así su propia pena. El hombre quiso apropiarse de la vida y queda obligado a perpetuarla mediante una carne sometida a la muerte.

El tránsito a la organicidad sexual

Aquí aparece el misterio ante el cual la hipótesis debe detenerse. No sabemos cómo una corporeidad preternatural pudo transformarse en nuestra biología sexual. No poseemos datos para describir la aparición de órganos, funciones, herencia genética o procesos embrionarios. Presentar una mecánica precisa equivaldría a sustituir la teología por una fantasía pseudocientífica.

Podemos, sin embargo, reconocer la dirección del acontecimiento. Adán y Eva pierden una corporeidad sostenida por una dotación semigloriosa y entran en el régimen biológico de generación, desgaste y muerte. La caída afecta a la persona entera y modifica su modo corporal de existir.

La organicidad sexual a la que descienden no era una creación extraña ni una improvisación posterior de Dios. Existía ya dentro de la evolución providencial y en la humanidad universal. Dios introduce a los progenitores caídos en una modalidad de cuerpo que Él mismo había desarrollado a través de la naturaleza.

Puede hablarse, con cautela, de un préstamo entre órdenes. Dios no copia algo ajeno, porque es autor de ambos. Toma para el Adán caído una organicidad ya presente en su creación: diferenciación sexual, reproducción, herencia y mortalidad. Lo que constituía la condición natural de la humanidad universal pasa a ser para Adán la forma corporal de su pérdida.

El Adán edénico no procede de la evolución, aunque después de la caída asuma un cuerpo cuyo régimen ha sido preparado en el orden evolutivo. Así se conserva su creación inmediata sin tener que atribuirle desde el comienzo una anatomía que presupondría una ascendencia biológica inexistente.

No conocemos el mecanismo de ese tránsito. Sabemos únicamente que Dios es autor tanto del cuerpo preternatural como de la biología asumida después, y que la identidad personal de Adán permanece a través de la transformación.

La transmisión del pecado original

Una vez introducido en la organicidad sexual, Adán engendra dentro de su estado caído. La generación ya no transmite únicamente materia corporal; comunica la naturaleza humana tal como existe en el progenitor: privada de la dotación originaria y sometida a concupiscencia, sufrimiento y muerte.

Aquí encuentra su sentido la transmisión del pecado original por generación. No es una enseñanza equivocada aprendida socialmente ni una culpa personal imputada arbitrariamente a los hijos. Es la recepción de una humanidad real en el estado en que ha quedado su fuente.

La reproducción sexual se convierte así en el cauce de propagación de la condición adánica. Cada descendiente recibe verdadera vida, pero la recibe dentro del régimen elegido por el primer padre. La fecundidad que parecía dar al hombre autonomía reproduce sin cesar la prueba de que no puede darse a sí mismo una vida íntegra.

La generación transmite la vida y simultáneamente revela su incapacidad para vencer la muerte.

El punto exacto de Humani generis

La objeción de Humani generis parece recaer sobre la hipótesis porque, exige negar que después de Adán, existirían verdaderos hombres no descendientes de él: los pertenecientes a la humanidad universal. Pero esa aplicación exige a su vez presuponer que todo ser humano con alma pertenece ya al mismo orden histórico y salvífico que el Adán edénico.

Precisamente nuestra propuesta niega esa equivalencia sin negar la humanidad de ninguno.

El ’adam universal y el Adán edénico poseen alma racional, pero han sido creados para obtener el Cielo mediante pruebas distintas. Los primeros deben reconocer a Dios mediante el mundo visible; el segundo debe obedecer al Dios que conoce por presencia. Los primeros viven desde su origen dentro de la biología mortal; Adán entra en ella como consecuencia de una pérdida. Los primeros conocen un Ser supremo mediante la razón; Adán conserva la memoria del Dios conviviente, creador y Padre.

La encíclica no estaba examinando la posibilidad de varios estados humanos, sino rechazar la conclusión del poligenismo para conciliar a Adán con la ciencia. Quería impedir que Adán fuera convertido en una población, que la caída dejara de ser un acto individual o que permanecieran linajes humanos actuales fuera de la transmisión del pecado original.

Nada de eso ocurre aquí, Adán sigue siendo individuo, su caída es personal y toda la humanidad posterior al diluvio queda comprendida en su descendencia.

La frase sobre «verdaderos hombres» conserva todo su peso ontológico, pero no resuelve por sí misma la diversidad de estados bajo los que una misma naturaleza puede ser creada y probada. La encíclica establece un límite doctrinal frente al poligenismo conocido; no ofrece una definición exhaustiva de cualquier humanidad posible antes de la unificación histórica bajo Adán.

No se elude a Pío XII mediante un cambio de palabras. Se sostiene que su detente preventivo respondía a una solución distinta: muchos primeros padres equivalentes, una población convertida en Adán colectivo o varias genealogías humanas destinadas a continuar hasta el presente.

Hijos de Dios e hijas de los hombres

Después de la caída, Adán conserva la memoria del Dios personal, aunque esa memoria esté atravesada por la desobediencia. La humanidad universal mantiene su conocimiento natural del Creador, pero no ha vivido la experiencia del Edén.

Caín introduce el contacto entre ambas historias. No lleva a la humanidad universal alma, racionalidad ni la primera intuición de un Ser supremo. Lleva la noticia de un Dios que habla, recibe sacrificios, advierte, juzga y protege. Sin embargo, esa revelación llega contaminada por el fratricidio y la rebelión consciente.

Su entrada produce dos transmisiones diferentes. Por generación, los descendientes nacidos de las uniones quedan incorporados al tronco adánico y reciben el pecado original. Por cultura, enseñanza e imitación se extienden la violencia, la autonomía y una memoria religiosa deformada.

La humanidad universal, inicialmente ruda y estrechamente ligada a la animalidad corporal, adquiere una capacidad nueva para rebelarse contra un Dios conocido históricamente. La ciudad, la técnica y el poder quedan entonces expuestos a una voluntad que no sólo ignora, sino que conoce y rechaza.

La línea de Set conserva de manera más fiel la memoria del Dios conviviente. La unión posterior entre las historias humanas produce una confluencia desordenada que Génesis 6 expresa mediante los hijos de Dios, las hijas de los hombres, los gigantes y la expansión de la violencia.

El diluvio clausura aquella configuración. Desaparece la humanidad universal que permanece fuera del tronco adánico y sobrevive Noé, descendiente de Set. Desde entonces toda la humanidad histórica es genealógicamente adánica, transmite por generación el pecado original y conserva de manera fragmentaria la memoria del Dios personal.

Así se cumple aquello que Humani generis quiere proteger: la humanidad actual tiene un único primer padre bajo el orden de la caída y necesita universalmente la redención.

Objeción posible basada en Juan Pablo II

La segunda gran objeción procede de las catequesis de Juan Pablo II sobre la teología del cuerpo dada en una audiencia general de Juan Pablo II del 21 de noviembre de 1979, titulada:«El significado de la unidad originaria del hombre»

El Papa interpretaba Génesis 2,24 —«serán los dos una sola carne»— como referencia al acto conyugal y afirma que la masculinidad y la feminidad permiten someter toda la humanidad a la bendición de la fecundidad.

La tesis aquí propuesta acepta la verdad de esa enseñanza dentro de la condición histórica. El acto conyugal puede realizar una verdadera unidad personal y corporal, el sexo no es una función arbitrariamente disponible para el placer y su sentido exige amor, donación, fidelidad y apertura a la vida.

Pero el propósito de Juan Pablo II era moral, pastoral y personalista. Quería rescatar la sexualidad de su reducción moderna a consumo, técnica y satisfacción, no pretendía reconstruir la fisiología del cuerpo edénico ni responder a la dificultad de armonizar evolución poblacional, creación inmediata de Adán y pecado original.

Su afirmación tampoco convierte la sexualidad generativa en elemento absoluto de la persona. Cristo enseña que en la resurrección los hombres no tomarán marido ni mujer, el matrimonio y la generación pertenecen a este siglo, porque responden a una humanidad sometida a nacimiento y muerte. Lo que permanece es la persona corporal, su historia, el amor verdadero y la comunión alcanzada. No permanece la necesidad de engendrar nuevos individuos para sustituir a quienes mueren.

Por eso la sexualidad puede ser verdadera, digna y providencial sin constituir la forma eterna de la corporeidad humana.

La fecundidad anterior al sexo

Aun cuando la afirmación de que Adán y Eva estaban llamados a ser una sola carne deba conservarse, esto no exige que proyectemos sobre su estado originario la fisiología completa que hoy conocemos. Puesto que la unidad corporal y la vocación fecunda existían verdaderamente en el diseño inicial, su realización concreta bien pudo depender de una acción divina que no requería de la cópula orgánica.

Si bien la masculinidad y la feminidad ya se hallaban presentes como complementariedad personal y potencia de donación, no se encontraban aún estructuradas bajo el aparato sexual que caracteriza a la naturaleza animal. De este modo, el sexo que hoy experimentamos solo existía in nuce, en cuanto que se hallaba contenido espiritualmente en la orientación mutua de los esposos, aunque no se hubiera desplegado todavía como un mecanismo reproductivo autónomo.

Solo después de que la caída tuviera lugar, esa potencialidad soterrada pasó a realizarse mediante la biología de la que toda la humanidad ya participaba. Dado que el amor, la fecundidad y la reproducción quedaron desde entonces entrelazados por la vía sexual, Dios convirtió esta última en un cauce bueno dentro del orden caído, a pesar de que quedara irreversiblemente sometida a la concupiscencia, al dolor y a la muerte.

Lejos de que esto suponga despreciar el sexo como si entrañase alguna impureza, la hipótesis permite reconocer que la sexualidad constituye una forma providencial para rescatar la dimensión corporal del amor y de la vida una vez que el régimen originario se hubo perdido. Al asumir esta organicidad, el matrimonio la eleva y la disciplina, devolviendo a la reproducción de corte animal una configuración profundamente personal, fiel y sacramental.

Así, mientras que Juan Pablo II logra salvar el significado humano del sexo dentro del desarrollo de la historia, esta propuesta se interroga por la articulación de aquel orden que precedió al inicio de la historia misma.

Un detente preventivo, no una descripción exhaustiva

En este sentido, las enseñanzas de Pío XII y Juan Pablo II desempeñan funciones comparables. Pío XII pone un límite frente a la disolución evolucionista de Adán: la ciencia puede estudiar el cuerpo, pero no destruir al primer padre, la caída individual ni la propagación del pecado original. Juan Pablo II pone un límite frente a la disolución hedonista del sexo: el cuerpo sexuado no puede ser separado de la persona, del amor, de la fidelidad y de la fecundidad.

Ambos detentes son doctrinalmente necesarios, pero ninguno responde a la intuición concreta que aquí se desarrolla. Pío XII no investiga dos órdenes humanos con estatutos diferentes ni Juan Pablo II enseña sobre una corporeidad presexual cuya fecundidad dependiera inmediatamente de Dios.

Sus textos no deben ser forzados para afirmar lo que no pretendían afirmar, pero tampoco deben ser ignorados. Fijan verdades que la hipótesis viene obligada a conservar: Adán individual, pecado transmitido por generación, dignidad del cuerpo, verdad del amor conyugal y bondad de la fecundidad.

La concepción virginal y el nuevo Adán

Dado que la concepción de Cristo ilumina retrospectivamente la cuestión de la carne, en este acontecimiento se manifiesta una humanidad verdadera que procede de una mujer, aun cuando prescinda por completo de la reproducción sexual. En la medida en que la vida no brota aquí de una cópula ni de una autonomía generativa, esta surge directamente por la acción del Espíritu Santo y a través de la participación corporal de María.

Puesto que esto no demuestra de forma matemática cómo habría sido la fecundidad en el Edén, la Encarnación sirve para señalar que la generación humana y la sexualidad no se encuentran vinculadas por una necesidad metafísica absoluta. En tanto que Dios puede suscitar una descendencia carnal auténtica mediante la cooperación virginal, queda probado que la biología caída no agota las posibilidades de la creación.

Al ingresar en la historia como el nuevo Adán, Cristo inaugura la restauración sin replicar el régimen ordinario de la generación posterior a la caída. Si bien asume nuestra misma carne, no la recibe bajo la modalidad de causalidad sexual a través de la cual se transmite el pecado original.

En la medida en que en su persona convergen ambas trayectorias, Cristo no solo satisface la aspiración natural del ’adam universal que buscaba al Creador a través del cosmos, sino que restaura la filiación que el Adán edénico había extraviado. Puesto que conduce la carne mortal hacia la resurrección, muestra con ello que el destino definitivo del cuerpo no consiste en perpetuarse mediante la reproducción, sino en ser transfigurado dentro de la comunión con Dios.

De este modo, puesto que el principio y el fin de la historia se iluminan mutuamente, cabe deducir que antes de la caída existió una corporeidad fecunda sostenida por la acción divina, así como después de la resurrección perdurará una corporeidad gloriosa en la que ya no habrá matrimonio ni generación. Entre estos dos polos se despliega el tiempo intermedio en el que se inscriben el sexo, la reproducción, el pecado original y la muerte.

La fuerza de una hipótesis arriesgada

Aunque la propuesta siga siendo arriesgada en la medida en que no puede presentar sus conclusiones como datos bíblicos explícitos —puesto que el Génesis no describe anatómicamente el cuerpo edénico, no explica el mecanismo de su transformación ni afirma de forma directa que la tentación incluyera la apropiación de la capacidad generativa—, la hipótesis adquiere una fuerza notable al lograr que diversas piezas encajen armónicamente sin necesidad de anularse entre sí.

Dado que la evolución conserva su carácter poblacional y sexuado sin que ello obligue a fabricar artificialmente un único primer hombre, Adán permanece como un individuo creado de forma inmediata, evitando así que la corporeidad edénica quede reducida a una réplica inexplicable de nuestra biología evolutiva. En la medida en que la caída afecta verdaderamente a la carne y no a un mero plano jurídico, la sexuación actual se revela como el ingreso en una organicidad providencial preexistente, de modo que la fecundidad originaria permanece vinculada al don divino mientras la reproducción caída expresa la apropiación aparente de la vida.

Puesto que el pecado original pasa a transmitirse por generación desde el momento en que Adán ingresa en ese régimen, la humanidad universal y la edénica pueden reconocerse como plenamente humanas sin que por ello se las equipare en conocimiento, prueba o estado inicial. Al tiempo que la figura de Caín explica el punto de contacto entre el conocimiento natural y la memoria revelada que ya se hallaba corrompida, el diluvio actúa cerrando esa pluralidad anterior para dejar paso a una humanidad enteramente adánica. Finalmente, en tanto que la concepción virginal atestigua que la carne puede transmitirse al margen de la cópula, la resurrección viene a confirmar que la sexualidad generativa posee un carácter temporal y que el destino último del cuerpo trasciende la mera reproducción.

En definitiva, aun cuando la coherencia del conjunto no baste por sí sola para demostrar la verdad de cada una de sus partes, resulta de un valor insoslayable el que cuestiones de semejante complejidad puedan articularse bajo una arquitectura común que respete la evolución, la singularidad de Adán, la doctrina del pecado original, la bondad del cuerpo, la dignidad del matrimonio y la centralidad absoluta de Cristo.

Hasta dónde podemos llegar

Dado que la hipótesis debe detenerse allí donde comienzan los mecanismos que la acción divina mantiene en la reserva —no porque revistan un carácter secreto en sí mismos, sino por respetuosa atención al kairós de esa misma acción—, el discurso puede afirmar ciertamente la existencia de una transformación corporal, aun cuando no le sea dado explicar su proceso concreto; puede proponer que la fecundidad edénica dependía directamente del don de Dios, aunque resulte incapaz de describir la forma exacta en que la carne de Adán y Eva participaba en ella. De este modo, por más que resulte legítimo hablar de un préstamo entre órdenes providenciales, la reflexión teológica no puede traducir esa relación a términos de genética, anatomía o cronología científica.

En la medida en que este límite no constituye una concesión vergonzante sino que forma parte inherente del método, la teología puede reconocer relaciones, conveniencias y rumbos de sentido sin pretender penetrar por entero en el misterio.

Puesto que sabemos con certeza que Dios es el autor tanto del proceso evolutivo como del Adán edénico, así como que la caída alcanza a la persona en su totalidad; en tanto que constatamos que la humanidad actual se reproduce sexualmente, transmite el pecado original y permanece sometida a la muerte; y dado que profesamos que Cristo nace de forma virginal, resucita corporalmente y anuncia un estado futuro en el que ya no habrá matrimonio, entre estas certezas fundamentales se despliega un espacio intermedio que la Revelación ha rehusado describir en términos técnicos. Es precisamente ese ámbito el que la hipótesis busca iluminar, huyendo de la pretensión de dar el problema por cerrado.

Por todo ello, la conclusión última reside en haber mostrado que la creación evolutiva y la creación inmediata de Adán bien pueden pertenecer a dos órdenes providenciales distintos; que la caída pudo desencadenar la inserción del segundo en la biología del primero; que la sexuación actual puede ser buena sin haber constituido el plan corporal originario; y que Cristo restaura, en fin, una humanidad cuyo destino definitivo no se halló jamás en la autonomía de la carne, sino en la recepción filial de la vida de Dios.

Temas: evolución y cristianismo, Adán y Eva, pecado original, Humani generis, Pío XII, Juan Pablo II, teología del cuerpo, Génesis 1, Génesis 2, corporeidad edénica, monogenismo, poligenismo y concepción virginal.

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