La publicación de la tercera parte del secreto de Fátima por el Vaticano en el año 2000 pareció cerrar definitivamente una discusión que se había prolongado durante décadas. La Congregación para la Doctrina de la Fe presentó el manuscrito de sor Lucía, reprodujo sus cuatro páginas y declaró que aquel era el texto íntegro que la vidente había escrito por orden del obispo de Leiria el 3 de enero de 1944. Sor Lucía reconoció personalmente el documento y confirmó que era su letra.
Años después apareció, sin embargo, otro escrito que también remitía al 3 de enero de 1944 y que contenía una escena mucho más directamente catastrófica: una punta semejante a una llama se desprende, toca el eje de la Tierra y provoca un estremecimiento durante el cual quedan sepultadas montañas y poblaciones, mientras el mar, los ríos y las nubes salen de sus límites. El texto fue dado a conocer por las carmelitas de Coímbra en la biografía Un camino bajo la mirada de María, elaborada a partir de documentos personales de sor Lucía.
La aparición de este pasaje hizo inevitable una pregunta: si el Vaticano publicó en 2000 todo el tercer secreto, ¿qué lugar ocupa esta visión de 1944 y por qué no figuraba en el sobre entregado al obispo?
El escrito destinado al obispo
La tercera parte del secreto se refiere propiamente a la visión recibida por los tres pastorcillos el 13 de julio de 1917. En ella aparece un ángel con una espada de fuego cuyas llamas parecen capaces de incendiar el mundo, aunque son apagadas por el resplandor que la Virgen proyecta desde su mano. Después se contempla a un obispo vestido de blanco, reconocido por los videntes como el Papa, que atraviesa una ciudad medio destruida y sube, acompañado por obispos, sacerdotes, religiosos y fieles, hacia una gran cruz. Allí todos son muertos por soldados, mientras dos ángeles recogen la sangre de los mártires.
En 1943, el obispo de Leiria ordenó a sor Lucía que pusiera esta tercera parte por escrito. Ella encontraba una dificultad interior extraordinaria, sí podía redactar otras cosas, pero era incapaz de escribir aquello que se le pedía. El 3 de enero de 1944 volvió a intentarlo sin conseguirlo y acudió a la capilla para pedir a Jesús que le mostrase cuál era la voluntad de Dios.
Según el relato posteriormente conservado en sus escritos personales, sintió entonces que una mano maternal la tocaba en el hombro y vio a la Virgen, que le dijo:
«No temas, Dios quiso probar tu obediencia, fe y humildad; queda en paz y escribe lo que te mandan, pero no lo que te es dado entender de su significado».
Sor Lucía pudo entonces redactar la visión de 1917. Ese es el manuscrito fechado en Tuy el 3 de enero de 1944, entregado al obispo dentro de un sobre y publicado íntegramente por la Santa Sede en el año 2000. Cuando el Vaticano afirmó que no quedaba sin publicar ninguna parte del secreto, se refería a ese documento concreto, no a la totalidad de los diarios, cartas y experiencias espirituales que sor Lucía había escrito a lo largo de su vida.
Lo que recibió además en 1944
Después de las palabras de la Virgen, el relato de sor Lucía continúa:
«Sentí el espíritu inundado por un misterio de luz que es Dios, y en Él vi y oí: la punta de la lanza, como llama que se desprende, toca el eje de la Tierra. Ella se estremece: montañas, ciudades, villas y aldeas con sus habitantes son sepultadas. El mar, los ríos y las nubes salen de sus límites, se desbordan, inundan y arrastran consigo en un torbellino casas y gente en número que no se puede contar. Es la purificación del mundo por el pecado en que está sumergido. El odio y la ambición provocan la guerra destructora».
No estamos ante una página arrancada del manuscrito oficial. Tampoco parece una mera reflexión personal mediante la cual Lucía explicase racionalmente lo que significaban el Papa, la montaña o la ciudad destruida. Ella emplea las palabras «vi y oí», propias de una nueva experiencia visionaria. La iluminación de 1944 posee imágenes nuevas, describe acontecimientos ausentes del texto de 1917 y establece entre ellos una relación causal.
La forma más exacta de denominarla sería, por tanto, visión complementaria acerca del alcance del secreto. Es complementaria porque fue recibida mientras Lucía vencía su dificultad para escribir la tercera parte y porque retoma su elemento ígneo. Es una experiencia distinta porque introduce la lanza, el eje terrestre, el estremecimiento y la alteración de las aguas. Es explicativa porque parece mostrar el fondo material de la destrucción contemplada en 1917, aunque no interprete uno por uno los símbolos del manuscrito oficial.
Por qué pudo escribirla si se le había dicho que no lo hiciera
La orden recibida no parece haber sido una prohibición perpetua de comunicar la iluminación. Su sentido depende de la pregunta que Lucía estaba planteando en aquel momento: si debía obedecer al obispo y redactar la tercera parte del secreto.
La Virgen le manda que escriba «lo que te mandan», es decir, aquello que el obispo le había pedido: la visión recibida en 1917. Al mismo tiempo le indica que no introduzca en ese documento «lo que te es dado entender de su significado». Se establece así una distinción entre el testimonio original destinado al sobre y la iluminación recibida veintisiete años después.
Por eso sor Lucía pudo relatar posteriormente, en un contexto autobiográfico, lo sucedido durante aquella tarde: su imposibilidad de escribir, la ayuda recibida, la visión complementaria y la paz que siguió. Al hacerlo no modificaba el manuscrito del secreto ni añadía retrospectivamente una cuarta parte al mensaje de 1917. Dejaba constancia de una experiencia distinta, ligada a las circunstancias en que consiguió escribirlo.
Dos visiones relacionadas, aunque no idénticas
La visión de 1917 y la iluminación de 1944 pertenecen al mismo registro apocalíptico, pero su contenido no coincide. La primera se concentra en la pasión de la Iglesia dentro de un mundo destruido y la segunda se concentra en la convulsión física de la Tierra y en la guerra que la acompaña.
La iluminación de 1944 no explica directamente quién es el obispo vestido de blanco ni qué representan la montaña y la ciudad en ruinas. Su función parece más amplia: mostrar qué clase de catástrofe puede haber dejado el escenario por el cual avanza la Iglesia martirial.
La relación entre ambas podría expresarse así: la visión de 1917 muestra la destrucción desde el punto de vista espiritual e histórico de la Iglesia, mientras que la iluminación de 1944 muestra su posible trasfondo físico y geofísico.
También existe una continuidad entre la espada y la lanza. En 1917, el ángel sostiene una espada de fuego que emite llamas dirigidas hacia el mundo, pero estas son apagadas antes de alcanzarlo. En 1944, la punta de una lanza, semejante a una llama, se desprende y toca el eje de la Tierra. Espada y lanza no son exactamente el mismo objeto visionario, pero ambas comparten la figura del arma, el carácter ígneo, la dirección hacia la Tierra y la capacidad de desencadenar una destrucción general.
La diferencia principal consiste en que la visión de 1917 representa una amenaza contenida, mientras que la de 1944 muestra ya el contacto y sus consecuencias. La primera deja suspendida la acción; la segunda desarrolla una cadena completa: desprendimiento, contacto, estremecimiento, hundimiento y desbordamiento.
La iluminación podría relacionarse además con la afirmación de la segunda parte del secreto según la cual «varias naciones serán aniquiladas». La visión de 1917 no explica el modo material de esa aniquilación. El texto de 1944, al reunir guerra, sepultamientos e invasiones de las aguas, parece mostrar la extensión que podría alcanzar el castigo anunciado en el conjunto del mensaje de Fátima.
Una visión de apariencia especialmente material
El carácter simbólico resulta evidente en la procesión de mártires que asciende hacia la cruz. En cambio, la iluminación de 1944 presenta una estructura más próxima a la descripción de un fenómeno físico. Sus verbos no se limitan a evocar valores religiosos: algo se desprende, toca el eje, hace estremecer la Tierra, sepulta poblaciones y provoca que las aguas salgan de sus límites.
Esto no obliga a interpretar la lanza como un arma material con esa forma. La punta semejante a una llama puede ser la traducción visionaria de un fenómeno cuya naturaleza Lucía no podía conocer ni nombrar, lo decisivo es que los efectos forman una sucesión causal reconocible.
La imagen del agente puede ser analógica, mientras que el acontecimiento representado puede ser material. Una estructura celeste, ígnea, eléctrica o plasmática podría aparecer ante la vidente como una lanza o una llama, del mismo modo que una interacción invisible con la rotación o el equilibrio terrestre podría ser mostrada como un contacto con el eje. El lenguaje visionario adaptaría una realidad inaccesible a las formas de representación de quien la recibe.
Por esa razón resulta legítimo buscar una base física para la escena. No se trata de traducir automáticamente «lanza» por una cuerda de flujo magnético ni de afirmar que sor Lucía describió con anticipación una teoría geofísica. Se trata de comprobar si existe algún mecanismo capaz de reunir las condiciones impuestas por el relato: un fenómeno direccional con aspecto ígneo, una interacción con la Tierra, una transferencia de energía o momento, una perturbación global de los esfuerzos tectónicos, el descenso o colapso de bloques continentales y la consiguiente invasión de las aguas.
Si esa cadena resulta físicamente posible, aunque requiera condiciones extremas y todavía hipotéticas, la visión deja de poder ser descartada como una suma arbitraria de imágenes inconexas. La plausibilidad no demuestra su origen sobrenatural ni permite fechar su cumplimiento, pero muestra que podría referirse a una catástrofe material coherente.
Lo que quiso decir el Vaticano al negar una «película anticipada»
El comentario teológico publicado en 2000 por el cardenal Joseph Ratzinger afirma:
«El futuro no está determinado de un modo inmutable, y la imagen que los niños vieron no es una película anticipada del futuro, de la cual nada podría cambiarse».
Ratzinger no está negando que las visiones puedan corresponder a acontecimientos reales. Está rechazando que presenten una grabación exacta de un futuro inevitable. Lo aclara inmediatamente:
«El sentido de la visión no es el de mostrar una película sobre el futuro ya fijado de forma irremediable. Su sentido es exactamente el contrario, el de movilizar las fuerzas del cambio hacia el bien».
La negación de la «película» se dirige contra el fatalismo. La oración, la penitencia, la conversión y las decisiones humanas pueden cambiar el curso de los acontecimientos. Eso es precisamente lo que representa en 1917 el resplandor de la Virgen apagando las llamas: la amenaza es real, pero su cumplimiento no está cerrado.
Ratzinger explica además que las visiones no son «simples fotografías del más allá». La percepción recibida pasa por las capacidades, imágenes y límites culturales del vidente. Sin embargo, añade que no se trata de una fantasía subjetiva, sino del fruto de «una real percepción de origen superior e interior». La imagen es simbólica porque traduce una realidad suprasensible, no porque carezca necesariamente de referente.
El propio comentario vaticano relaciona la espada de fuego con una posibilidad material:
«La perspectiva de que el mundo podría ser reducido a cenizas en un mar de llamas hoy no es considerada absolutamente pura fantasía: el hombre mismo ha preparado con sus inventos la espada de fuego».
De todos modos la iluminación de 1944 muestra que «espada», «lanza», «fuego» y «llama» no tienen por qué designar literalmente un arma ni una combustión mundial. Son formas analógicas mediante las cuales se hace visible un agente direccional y energético. Su efecto principal no consiste en quemar la superficie, sino en tocar el eje, estremecer la Tierra, sepultar poblaciones y sacar las aguas de sus límites. La lectura nuclear de Ratzinger explica la responsabilidad humana y la guerra destructora, pero resultaría insuficiente para explicar la secuencia geofísica que sor Lucía afirma haber visto y oído en 1944.
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